— ¿Dónde están todos? —pregunto al ver el estacionamiento sin personas, solo autos de los demás estudiantes y profesores.
Scott mira a su alrededor. —No… no lo sé.
Mi corazón empieza a acelerarse. —No se pudieron ir, no se fueron sin nosotros, ¿no? Nosotros estábamos en la lista, ¿no pasaron lista? Tenemos que…
—Tranquila —me dice—. Escucha, tranquila. No pasa nada, si se fueron… nada, solo… nos vamos a nuestras casas.
¿Qué?
Bajo la mirada.
Yo no tengo amigas, claramente y por eso, no salgo a ningún lado que no sea con mis padres. Nunca hago nada emocionante y este iba a ser el primer viaje en donde no estaba totalmente atada a mis padres.
Pero ahora solo regresaré a mi casa y les diré que me olvidaron, que Seraphine es irrelevante incluso para los profesores y escuela.
—Sí… —suspiro.
Scott me mira. — ¿Qué te pasa?
Chasqueo la lengua. —Nada, es que… yo quería ir.
Me siento tan tonta por sentir como voy a llorar. Dios, que patética.
— ¿Querías ir? —repite—. ¿Tanto te gustan los meteoros?
Lo fulmino con la mirada. —No es eso… no importa.
Scott suspira y voltea al cielo. —No es como si, los meteoros solo se pudieran ver desde un lugar, ¿no? No lo sé, no sé cómo funciona eso pero el cielo está ahí.
Ruedo los ojos. —Si supongo.
Scott baja su bolsa y la mía al concreto. —Ya dime que te pasa.
Una corriente de viento sopla y me froto las manos. —Sé que es algo tonto pero, mira… yo… no salgo realmente. No hago nada de lo que todos hacen, yo solo quería hacer algo interesante. A veces me siento como si mis padres me sobreprotegen demasiado, sé que ellos solo quieren cuidarme pero…
Scott asiente y luego sus ojos se van a algún punto, lo que sea que esté viendo lo hace fruncir el ceño. —No puede ser.
— ¿Qué? —giro mi rostro para intentar descubrir qué está viendo.
Señala, aun con esa expresión de enojo. — ¡Pusieron la reja! ¡La reja del portón del estacionamiento!
Oh…
Bueno, tiene sentido. La puerta de la escuela seguía abierta pero no iban a dejar el edificio así, así que cerraron el estacionamiento porque se supone que ya no hay nadie aquí.
—Pero… ¿No hay un guardia o alguien? ¿Nadie cuida la escuela en el fin de semana? —pregunto, con un nudo en la garganta.
Él exhala. —No puedo creerlo.
Scott suelta una serie de insultos, se pasa la mano por el cabello y se ve demasiado molesto. Yo también lo estoy, pero sé que puedo llamar a mis padres y…
Y ellos llamaran a la escuela y quizás, les arruiné el viaje a todos.
—Pero… mañana vendrán —digo, intentado mejorar la situación.
Scott me mira como si eso no fuera consuelo. — ¿Y qué hacemos? ¿Saltarnos la barda de cuatro metros?
Me cruzo de brazos. —Podemos… llamar a alguien, ¿no? Tal vez si llamo a mi mamá ella pueda localizar a alguien, quizás alguien que no va en el bus tiene llaves.
Scott asiente. —Supongo, sí, podemos hacer eso.
Saco mi teléfono de mi bolsa y antes de buscar el contacto de mamá, me imagino lo que dirá y lo que hará después.
Nunca más me va a dejar salir.
Nunca más podré ir a nada por el resto del año escolar.
Y no es como si, cuando me gradúe seré libre. En mi caso no es como en las películas, no me voy a ir a otra ciudad a estudiar porque quizás tendré que vivir con mis padres un par de años más y a ellos no les importará que tenga dieciocho.
No es justo, pero es la vida que tengo.
— ¿Todo bien? —pregunta Scott por mi duda.
Asiento. —Sí… si, ahora yo…
—Seraphine —da un paso hacia mí—. ¿No quieres hacerlo? ¿Llamar?
Hago una mueca. —Es complicado.
Él se frota la mandíbula. — ¿Sabes? Quizás se den cuenta que faltamos y regresen, ¿Por qué no esperamos una media hora?
No suena esperanzador, pero es una buena sugerencia.
Nos sentamos en unas escaleras de concreto que llevan a ninguna parte, cada uno con su mochila a los pies. El viento mueve las hojas secas a ratos, como si la escuela estuviera completamente abandonada.
Scott revisa su teléfono por enésima vez, aunque no creo que espere un mensaje.
—Van… ¿quince minutos? —pregunto.
—Doce. —Ni siquiera levanta la vista—. Te juro que llevo la cuenta.
Esbozo una sonrisa, pero se me ahoga un poco. Aún sigo con ese nudo en el estómago, esa mezcla rara entre decepción y vergüenza.
Scott se inclina hacia atrás, apoya las manos en el pavimento. —No sé por qué dejaron la reja así. ¿Quién deja la escuela encerrada con dos estudiantes adentro?
—Probablemente alguien que no quiere que entren a robar —respondo.
—Sí, bueno, eso explica muchas cosas. —Me mira de lado, y su expresión baja un poco la guardia—. Al menos eso nos da seguridad mientas estás tensa.
Me cruza un micro escalofrío y niego rápido. —No estoy tensa.
—Seraphine, literal casi te desmayas cuando pensaste que el bus se fue sin nosotros.
—No fue “desmayarme”. Fue… —hago un gesto vago con las manos— un pequeño momento de pánico, muy pequeño.
—Pequeño —repite él, doblando la palabra como si la analizara—. Ya veo.
Lo dice sin burla y aun así siento que me expone.
Aprieto los labios.
—Hey —dice, más suave de lo que esperaba—, no lo digo como insulto. Solo… no pasa nada.
Miro mis manos, un poco tibias por el frío. —Es que tú no entiendes.
—No, probablemente no, pero… —continúa, mirando hacia la reja—, sí entiendo lo que es querer algo simple y que igual salga mal. Eso pasa más seguido de lo que parece.
Su tono no es amargo, solo real. Me hace sentir menos ridícula.
—Quería ver los meteoros —admito—. Solo eso.
— ¿Puedes verlos igual esta noche? —pregunta.
—No es lo mismo —susurro.
Él inclina la cabeza. —No sé… yo creo que algunas cosas se sienten mejor sin tanta gente alrededor.
— ¿Eso qué significa? —pregunto, medio sonriendo.
—No lo sé —se encoge de hombros—. Sonaba profundo en mi cabeza.
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Editado: 25.04.2026