Veo a Seraphine y está sosteniendo su teléfono con un rostro lleno de duda.
Ahora no sé qué hacer. No podemos quedarnos aquí y sería mejor que avisáramos rápido a alguien antes que se haga oscuro pero algo me dice que ella no quiere enfrentar a sus padres.
Quizás, todavía no.
—Oye —hablo—. Um… ¿Tienes frio?
Sí tiene frio, se frota los brazos cada vez que puede. —No, estoy bien.
Veo hacia atrás, hacia la entrada de la escuela. —Quizás deberíamos ir adentro, menos viento.
Ella me mira por un instante y asiente. Se levanta, estira su mano para tomar su bolsa pero le hago una seña para que la deje, yo se la llevo.
Vamos de regreso a la escuela y nos detenemos en una banca de madera, donde nos sentamos y dejo las bolsas a un lado de nosotros. El pasillo está oscuro, levanto la mirada al techo y noto que solo hay una de esas lámparas con dos tubos largos al fondo y ni siquiera sé dónde está el interruptor.
—Lo lamento —susurra.
Giro a verla. — ¿Qué?
Inclina el rostro hacia abajo. —Es mi culpa, si no hubiera ido al baño no estaríamos aquí, no nos hubiéramos quedado aquí. Lo siento, de verdad.
Sonrío de lado. —Seraphine, no fue tu culpa. ¿No crees que es irresponsable que los profesores se hayan ido sin verificar quien faltaba?
Ella sube la mirada a mis ojos. —Tal vez tu mamá se dio cuenta que faltas.
Eso provoca que mis hombros y cuello se tensen. Respiro profundo y me acomodo en la banca, viendo al frente, a la pared pintada de un feo color amarillo pálido. —No lo creo.
Ambos mantenemos el silencio y en mi mente regresa la conversación que tuve con mamá. No había hablado con ella en tantos meses, sin embargo, me seguía sintiendo como la última vez que lo hicimos.
Luego recuerdo la mirada de mamá cuando vio a Seraphine. Ella la conoce, de alguna manera, por alguna razón.
Aclaro la garganta. —Seraphine —junto las manos—. ¿Por qué mi mamá sabia tu apellido?
No me contesta y eso me hace voltear, ella está viendo hacia sus rodillas. Parece un tema sensible pero tiene que ser algo grande, algo que incluso adultos conocen.
— ¿Qué es? —pregunto.
Suspira. — ¿De verdad no sabes?
Me encojo de hombros. —No sé qué se supone que tengo que saber.
Muerde su labio inferior antes de hablar. —Es una larga historia, Scott. De verdad.
Miro hacia el pasillo vacío y las sombras de la oscuridad que ya están formándose. —No creo que tengamos algo más que hacer, tampoco hay alguien aquí que pueda escuchar lo que sea que tengas que decir.
Ella sonríe a medias. —Tienes razón.
Aclaro la garganta. —Si quieres… podemos ir a buscar un mejor lugar donde sentarnos, aunque creo que las aulas están cerradas con llave.
Asiente. —Si…
Señalo hacia arriba. —Deberíamos ir allá donde encontramos el baño, por si, no sé… queremos volver a ir.
Seraphine suelta una pequeña risa. — ¿Quieres volver a ir?
—No pero por si acaso —digo, levantándome—. Vamos.
Afirma con un gesto y se levanta.
Es en este momento donde me doy cuenta que Seraphine confía demasiado en mí. Es una chica y está con un chico que le está pidiendo que se vayan a un área más alejada de la entrada y ella acepta.
¿Por qué confía en mí?
— ¿Qué traes en tu bolsa? —pregunto levantándola.
Suspira. —Solo lo que uso para dormir, una manta extra que mamá insistió que trajera y una crema para el rostro, con otras cosas irrelevantes.
Mientras más caminamos, más oscuro se ve todo. El silencio es tan grande que los ruidos externos de la calle se escuchan mejor que cualquier otro día.
—Qué raro es estar aquí en esta hora —dice en voz baja.
—Sí —contesto, viendo al fondo del pasillo oscuro antes de subir las escaleras—. Solo espero que no haya ratones o cucarachas.
Seraphine se detiene. —Espera, ¿Crees que si hayan?
Sigo subiendo. —Es probable, esos animales siempre salen en la oscuridad.
—Ay no —sube rápido para alcanzarme—. Pero quizás no, quizás se queden afuera.
Sonrío. —Entonces solo tendremos que lidiar con los fantasmas, dicen que por aquí se aparece una niña.
—Cállate —pide, viendo hacia atrás.
Terminamos de subir. — ¿Qué? No me digas que te dan miedo los fantasmas.
Chasquea la lengua. —No… ósea, ¿A quién no?
—No hay fantasmas —afirmo—. Además eso que la escuela se construyó sobre un cementerio solo es un rumor.
— ¿Qué? —Me mira con el ceño fruncido— eso no lo hace mejor.
—No pasa nada —digo, levantando las manos como si pudiera calmar un enjambre invisible—. Solo estoy diciendo que si hubiera fantasmas, este sería el lugar perfecto. Un pasillo oscuro, silencio, dos estudiantes abandonados por todo el mundo…
—Scott… —su voz tiembla apenas, lo suficiente para que yo me sienta un idiota por dos segundos.
—Está bien, está bien —suspiro—. No hay fantasmas. Ni cementerio. Ni nada. Solo exageré porque… no sé, estoy nervioso, supongo.
Eso último me sale sin pensar y me arrepiento al instante.
Ella lo nota. Claro que lo nota. Seraphine siempre nota como si tuviera un radar emocional instalado en la sangre.
— ¿Nervioso por qué? —pregunta.
Me rasco la nuca. —Por… esto. —Señalo la oscuridad, el eco de nuestros pasos, la posibilidad de pasar la noche atrapados aquí y el hecho de que estoy solo con ella, pero obviamente no voy a decir esa parte—. Es raro. Nunca pensé que me quedarían atrapado en la escuela un viernes por la noche.
Ella asiente despacio, mordiéndose la comisura del labio. No sé si lo hace porque está pensando o porque está nerviosa.
O las dos cosas.
Subimos el último escalón y el pasillo de arriba está igual de oscuro, pero al menos la luz del baño queda al fondo como una mancha amarillenta. Camino hacia allá y escucho sus pasos detrás de mí.
— ¿Qué tanto traen esas mochilas? —pregunto para distraerme, porque si no voy a empezar a pensar estupideces.
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Editado: 25.04.2026