Mi teléfono sigue en mis manos.
Lo tengo en la pantalla de contactos, justo sobre Mamá, pero no puedo presionar el botón. Cada vez que acerco el dedo, mi estómago se hace un nudo, como si estuviera a punto de activar una alarma nuclear en mi casa.
Siento el peso de la mirada de Scott y pareciera que intenta leer mis pensamientos. Ojalá no pueda leerlos, porque son un desastre.
— ¿Vas a llamarla? —pregunta al fin.
Me paso una mano por el cabello. —No lo sé.
— ¿Por qué te da miedo? —insiste, ladeando la cabeza.
Respiro profundo y exhalo lento. —Porque… —mi voz sale tan baja que casi me da vergüenza— porque van a pensar que es culpa mía. Que no sigo instrucciones. Que no presto atención. Que soy distraída. —Trago saliva—. Y… no quiero que me quiten más cosas.
Scott me mira un segundo, como si sus ojos fueran una linterna explorando mis inseguridades. No me molesta. De hecho se siente casi bien.
—No es tu culpa —dice—. De verdad, Seraphine. Nadie normal piensa que quedarse atrapado en la escuela porque el bus se fue sin ti es culpa tuya.
—Mis papás no son "nadie normal". —Intento sonreír, pero solo me sale una línea triste.
Él se recarga en la pared y suspira. —Bueno… al menos no eres la única abandonada. —Se señala con el pulgar—. Yo también soy parte del club “Nuestros profesores no saben contar”.
Me sale una risa suave. —Un club muy exclusivo.
—Obvio —dice, levantando la barbilla—. Solo aceptamos gente con habilidades especiales: estar en el lugar correcto en el momento incorrecto, o algo así.
—Sí, suena totalmente útil —murmuro, sarcástica.
Scott sonríe de lado.
Esa sonrisa. Esa que hace que una parte de mí sienta mariposas, otra sienta culpa por sentirlas y otra sienta miedo por sentirlas.
Un desastre interno, básicamente.
—Si te sirve de algo… —continúa— yo tampoco quiero llamar a nadie todavía.
Lo miro con sorpresa. — ¿Por qué no?
—Porque no quiero estar con mi mamá en ese lugar—dice sin adornos, sin rodeos—. Porque… prefiero estar aquí, supongo.
Oh.
— ¿Aquí, aquí? —Pregunto— ¿Conmigo?
Él hace una pausa, luego lo dice: —Sí. Contigo.
Mi corazón hace un salto raro. —Scott… —empiezo, pero no sé qué quiero decir.
— ¿Qué? —pregunta.
—Nada —digo, bajando la mirada— Solo… gracias.
Se queda en silencio un momento. —Podemos esperar un poco más. Hasta que te sientas lista.
Lo dice así, como si su paciencia fuera infinita. Como si yo no fuera una carga. Como si mi miedo no fuera algo ridículo.
Muerdo mi labio para no sonreír demasiado.
No quiero que piense que soy una niñita impresionable que cae por un gesto amable.
Aunque… ah, qué complicado no caer.
—Oye —dice de pronto— al menos dime, ¿Qué ibas a hacer en el viaje? ¿Cuál era tu plan secreto para el fin de semana perfecto mirando meteoros?
Ruedo los ojos. —No tenía un plan secreto.
—Claro que sí —dice él—. Todo el mundo hace un plan, aunque sea tonto. Yo… —se detiene, pero lo veo sonreír— Yo iba a juzgar a todos mientras que probablemente, me sentiría igual de impresionado.
— ¿De verdad? —pregunto entre risas.
Se encoge de hombros. —Sí.
—Eso es tan ridículo, podrías solo disfrutar las cosas sin juzgar a los demás —afirmo.
—Sí podría, pero creo que es más divertido así —murmura—. Entonces tu plan, ¿Pedir un deseo? ¿Escaparte para siempre de la opresión de tus padres? ¿Intentar contactar a los extraterrestres?
Me abrazo a las rodillas. —Mi plan era… ver el cielo. Solo eso. Y no pensar en nada.
Scott hace una pausa. —Creo que podemos hacer eso igual.
— ¿En medio de un pasillo oscuro?
—Cuando salgamos —dice—. Todavía está el cielo ahí afuera, ¿sabes? No desaparece porque tengamos mala suerte.
—Creo que el universo no nos quiere mucho hoy —susurro.
—Bueno… —Scott me empuja suavemente con el hombro— aquí entre nosotros, yo tampoco quiero mucho al universo. A veces hace estupideces.
Sonrío de lado. —Como dejarnos abandonados.
—Exacto —responde—. Te voy a recomendar algo, Seraphine. Tienes que ser fatalista.
Chasqueo la lengua. — ¿Qué?
Asiente, acomodándose un poco. —Si te pones a pensar, todos esos supuestos videntes o como se les llame a la gente que predice el futuro, son fatalistas. Seguramente hay un par que ha dicho alguna profecía como “y serán felices” pero la mayoría son de terremotos, crisis económicas y muerte.
Niego, juntando las cejas. — ¿Ser pesimista es tu estrategia?
Se pasa la mano por el cabello. —No… bueno, más o menos. Antes no lo era pero ahora sí, digo, es más fácil ver el peor escenario posible y enfrentarlo que creer que el mundo es perfecto y todo te saldrá bien.
Tuerzo la boca. —Eso no es agradable, no puedes vivir la vida así.
Suelta una carcajada. —Pues sí la vivo así. Mira, es verdad, el mundo tiene la tendencia a tener días malos, no buenos. La excepción a la regla son esos días agradables, pero la mayoría de las personas tienen vidas malas.
Inclino el rostro. —Supongo que sí, Scott pero también supongo que… no puedes vivir así. No sé, digo, ¿Qué hay de malo en esperar algo bueno?
Rueda los ojos. —Que te decepcionarás —me señala—. Tú estás aquí ahora, ¿Imaginaste que esto iba a suceder? ¿Qué ibas a tener un día malo cuando lo único que querías ira acompañar a todos en un viaje escolar?
No respondo, solo bajo la mirada.
Scott se queda en silencio un momento, luego aclara la garganta. —Pero… supongo que a veces, incluso en lo malo hay cosas menos malas —respira profundo—. Como ahora, digo, pude haberme quedado con alguien molesto o, lo que sea.
Levanto los ojos a él, de nuevo. — ¿Estás intentando decir que estar conmigo no es malo? ¿Es bueno?
Bufa. —No dije eso.
Intento no sonreír. —Dijiste que es menos malo.
Aprieta los ojos, señalándome. —Es menos malo pero no es bueno, tú eres molesta.
#80 en Joven Adulto
#2541 en Novela romántica
amor secretos familia, romace amistad primer amor, opuestos se atraen
Editado: 25.04.2026