Seraphine me hace una seña antes de colocar la llamada en altavoz.
La voz de su madre estalla al instante cargada de preocupación.
— ¿Dónde estás? La escuela llamó. Dicen que no estás en el viaje. Que tampoco está un alumno llamado Scott Corse. Tus compañeros aseguraron que ustedes dos se escaparon. ¿Qué está pasando, Seraphine?
Seraphine cierra los ojos un segundo, luego habla rápido, tratando de ordenarse. —No nos escapamos, mamá. No fue así. Los autobuses se fueron sin nosotros. Estábamos en los baños de arriba… no escuchamos cuando avisaron que ya era hora de salir, ni cuando se fueron. No sabíamos que todos se habían ido hasta que la escuela quedó vacía.
La madre suspira como si un poco de presión se escapara por esa línea telefónica. — ¿Cómo que se fueron sin ustedes? ¿Por qué nadie sabía dónde estaban? ¿Por qué no estaban con su grupo? ¿Y los maestros? Seraphine, ¿Por qué dicen que te fuiste? Ni siquiera sabía que tenías novio.
—No tengo novio, mamá, no nos escapamos —insiste Seraphine, ya desesperada—Mamá, te lo juro, solo fui al baño. Scott estaba conmigo porque… —voltea a verme, buscando ayuda como si mis palabras pudieran arreglar algo— porque no quería dejarme sola arriba. No nos fuimos a ningún lado. No nos escapamos.
—Pero tus compañeros dijeron que escucharon “presente” cuando llamaron sus nombres —agrega la madre, claramente molesta—. La escuela pensó que sí iban en el viaje. ¿Entonces cómo es que nadie los vio?
Respiro profundo y doy un paso hacia el teléfono.
—Señora… soy Scott. Lamento muchísimo el malentendido. Le aseguro que no hubo intención de escaparnos. Solo subimos un momento y no escuchamos el llamado para subir a los autobuses. Cuando regresamos, ya no había nadie.
La mamá guarda un par de segundos de silencio, y casi puedo imaginarla frunciendo el ceño. — ¿Y ahora dónde están?
—En la escuela —responde Seraphine—. Nos quedamos aquí. No salimos, no nos movimos. Estamos esperando por si regresaban. No estamos perdidos.
—Y… ¿por qué decían tus compañeros que ustedes se habían escapado juntos?
—No lo sé —dice Seraphine—. Pero no es verdad, nosotros ni siquiera hemos salido de la escuela.
Tomo aire. —Señora, entiendo por qué está preocupada. Créame, yo tampoco habría permitido que Seraphine se pusiera en riesgo. Solo fue un error. Un descuido.
La madre tarda en responder, pero cuando lo hace, su voz suena menos agresiva y más cansada. —Están bien, ¿verdad? ¿No les pasó nada?
—Estamos bien —dice Seraphine.
—Sí, señora —confirmo—. Estamos juntos. No nos vamos a mover de aquí.
Otro suspiro. Esta vez más largo. —Voy a hablar con la escuela otra vez. No se separen. Voy a ir a la escuela y veré quien puede abrir y Seraphine, llámame después desde tu teléfono normal… no en altavoz.
Ella asiente aunque su mamá no pueda verla. —Sí, mamá.
Y la llamada termina.
Seraphine baja el teléfono lentamente, como si temiera que pudiera vibrar otra vez y traer más problemas encima. La observo, dándole espacio para respirar. Ella se frota los brazos, nerviosa, y yo no puedo evitar decir algo.
—Lo hiciste bien —murmuro.
—Mi mamá cree que me desaparecí con un chico que apenas conozco —contesta ella con una mezcla de risa y angustia.
—Pero te creyó —respondo—. Eso importa más que el resto.
Seraphine me mira, y durante un segundo, todo el caos alrededor parece detenerse. Solo estamos ella, yo y el eco de una escuela demasiado grande para dos personas.
Y aunque no lo digo, siento una necesidad extraña de seguir ahí sentado con ella. De no moverme. De no dejarla sola.
—Supongo que voy a bajar, a esperar a que llegue mamá… —dice, luciendo muy poco emocionada.
Asiento. —Vamos, yo también tengo que salir de aquí.
Suspira. — ¿Por qué crees que dijeron que nos escapamos? ¿Acaso no se dieron cuenta que no estábamos ahí?
—No lo sé, pero creo que solo lo hicieron para molestar —admito y sospecho un poco de mi hermana.
Seraphine bosteza y cubre su boca.
De nuevo tomo su bolsa y la mía para volver a bajar. Salimos de la azotea, cierro la puerta y me sorprende lo oscuro que está ahora. Ya no hay luz colándose por las ventanas y no sé dónde está el interruptor para la los focos.
Atravesamos el pasillo y llegamos a las escaleras, dejo que ella vaya primero y cuando me faltan cuatro escalones para llegar al suelo, mi pie se resbala y caigo sentado sobre las escaleras.
Suelto un insulto.
—Scott —Seraphine se inclina rápido, toma mis brazos. — ¿Te lastimaste?
Nuestras bolsas me están lastimando la espalda, me duelen las piernas y creo que me raspé el brazo pero tampoco es para tanto. —Estoy bien.
—Déjame ayudar —dice, extendiendo sus manos hacia mí.
Las tomo y ella me ayuda a colocarme de pie. Ahora siento un poco más de dolor y arrugo la frente.
— ¿Te duele mucho? —pregunto.
Niego. —Estoy bien, enserio, voy a… —intento estirarme por las bolsas pero los muslos se quejan.
—Yo lo llevo —Seraphine toma su bolsa y la mía, antes que pueda protestar, ya se las ha colgado en los hombros.
—Yo puedo —le digo.
Sacude la mano. —Yo también puedo.
Iba a reclamar pero no creo que vaya a ceder, es un poco necia. —Está bien, gracias.
—Ven —pide—, ¿Puedes caminar?
Asiento aunque sí me duele un poco, sin embargo seguimos avanzando. Me siento mal por no ayudarla con las bolsas pero sin duda, ella también puede.
Llegamos a las otras escaleras y suspiro, solo faltaría que me volviera a resbalar.
—Vamos —Seraphine estira su mano a mí.
Mi corazón pega un salto y lo hago, tomo su delgada mano que está fría pero que ahora, ya no quiero soltar.
Bajamos lento, asegurándonos de que ninguno de los dos caiga. Aquí en el piso de abajo sigue igual de oscuro pero se escuchan más ruidos externos de la calle.
No nos soltamos las manos incluso después de bajar, ni siquiera cuando salimos al estacionamiento de la escuela. No quiero hacerlo, no quiero que este momento termine tan pronto.
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Editado: 25.04.2026