Es patético como un simple rumor se puede hacer más grande de lo que realmente fue.
Nuestros compañeros siguen hablando del hecho que Seraphine y yo estuvimos a solas en la escuela, dos profesores nos dieron charlas de “no perder la cabeza por las hormonas y pensar en el futuro”, siguen murmurando y si me acerco a hablar con Seraphine, más de una persona nos voltea a ver.
Me dejo caer en la silla frente a la mesa, en la biblioteca. —Estoy harto.
Ella suspira. —No les hagas caso.
Ruedo los ojos. —No es que yo les quiera hacer caso, es que me tienen cansado. ¿Acaso no tienen nada mejor que hacer? Incluso si tú y yo hubiéramos estado aquí haciendo cosas, eso no es de su incumbencia.
Seraphine sonríe y estira su mano para darle unas palmaditas a mi brazo. —Ya, ya, no te enojes.
En estos días ella y yo ya no somos “nada”, ahora sí que somos algo.
¿Qué? No tengo idea.
Somos algo así como amigos, pero los amigos no se miran como yo la veo a ella y no hablan por mensajes hasta la medianoche con el corazón acelerado.
Muevo mi mano para tomar la suya y no se aparta. —No sé cómo tú los aguantas, yo creo que estoy a nada de volver a ganarme un castigo.
—No —ríe—. No tienes que pelearte con nadie, ¿sí? Mejor vamos a buscarte un pasatiempo, ¿Has probado colorear?
Bufo. — ¿Colorear? No tengo cinco años, Seraphine.
Con mi otra mano, juego con sus dedos aun sosteniendo su mano que está siempre fría y es muy suave.
—Pero es relajante, yo lo hago —admite.
Sonrío de lado. —Bueno, no coloreo pero sí me gusta hacer dibujos digitales. Soy un asco en eso, pero me gusta.
Mueve su otra mano para tomar la otra mía. — ¿Ves? Si tienes pasatiempos, haz eso, te relajará.
Bajo la mirada a nuestras manos y quiero preguntarle, “¿Qué estamos haciendo?” pero no lo hago. No quiero que esto termine, aunque sé que lo hará.
Cuando nos vayamos, cuando la escuela termine y ella al fin pueda salir de este edificio y conozca a personas que sepan apreciarla.
— ¿Quieres venir al taller hoy? —le pregunto.
—Sí —contesta rápido—. ¿Sabes? Estaba pensando que quiero llevarle a tu abuela una tarta de limón, ese es mi pasatiempo, hacer tartas.
Sonrío. — ¿Ah, sí? Genial, ahora tú puedes darme postres gratis.
—Solo si tu arreglas mi auto gratis —contesta.
— ¿Y ahora que tiene tu auto? —pregunto, moviendo mis pulgares para acariciar su piel.
Niega. —Nada, pero en el futuro, si es que se arruina,
Sonrío otra vez. —Trato hecho, tú me haces postres y yo te arreglo lo que necesites.
Seraphine me mira a los ojos y yo a los de ella. Contengo la respiración y solo hacemos eso, vernos.
No sé qué pueda estar pensando en este momento, quien sabe. Yo estoy pensando en lo lejos y cerca que estamos al mismo tiempo.
Ella parpadea primero, como si de pronto recordara que estamos en un lugar público, con bibliotecaria incluida.
Retira sus manos despacio.
—Tenemos que terminar el trabajo —dice, pero su voz suena suave.
—Claro —murmuro, aunque ni sé de qué rayos era el trabajo.
Lo único que tengo fresco es la sensación de su piel.
Seraphine abre su cuaderno, pero noto que evita mirarme por unos segundos y eso me da una mezcla extraña entre orgullo y nervios. Como si hubiera logrado algo sin haber hecho nada.
Me inclino hacia adelante y bajo la voz: —Oye.
Ella levanta la mirada, lenta. — ¿Qué?
—Nada —respondo, tontamente—. Solo quería que me vieras.
Rueda los ojos, pero sonríe. —Eres insoportable.
— ¿Pero te caigo bien? —pregunto, arriesgándome.
No sé qué respuesta quiero exactamente, pero igual la busco.
Hace un gesto con el cabeza, ese medio asentimiento que hace cuando no quiere entregar demasiado. —Sí. Me caes bien.
Apoyo el codo en la mesa y me paso una mano por el cabello, intentando reacomodarme. —Que bien, porque tú también me caes bien. Mucho. Lo suficiente como para compartir mis herramientas de primera calidad.
—Tu ego es increíble —dice, pero vuelve a sonreír.
—Y tú sigues teniendo las manos frías —respondo, como si fuera un comentario que no debería salir de mi cabeza.
Casi las vuelve a esconder, pero en cambio solo las aprieta sobre el cuaderno. —Tengo mala circulación —murmura.
—Yo te caliento las manos cuando quieras —digo sin pensar.
Ella me mira.
El tipo de mirada que te deja en evidencia.
—Scott… —su tono está entre advertencia y algo que no sé descifrar.
— ¿Qué? Es una oferta médica —me defiendo, levantando las manos como un idiota—. Servicio comunitario. Responsabilidad social. Caridad, incluso.
Se lleva una mano a la boca para ocultar una risa y el sonido me provoca una sensación eléctrica directo al pecho.
Por un momento, olvido los rumores, las miradas, las tonterías del resto del mundo. Solo estamos ella y yo, encerrados en ese silencio suave de biblioteca, como si hubiéramos construido un espacio secreto entre las mesas y los libros.
— ¿Cuándo puedo ir al taller? ¿Hoy? Digo, eso dijiste o no… —pregunta, cambiando el tema.
—Sí, hoy —respondo sin dudar.
—Bien, bien, entonces, eh, otro día haré la tarta.
—Perfecto. Mi abuela te va a adoptar.
Pasan los minutos.
Estoy intentando concentrarme pero es difícil cuando ella está frente a mí, cuando se toca el cabello, cuando suelta un suspiro suave y cuando la encuentro viéndome.
Varias veces.
El tiempo avanza y subo la mirada, ella me mira otra vez pero ahora no retiramos la vista. Hay palabras entre nosotros que no las estamos pronunciando.
Respiro profundo cuando me da una pequeña sonrisa y ahora sí, baja la mirada, pero se muerde el labio viendo hacia la mesa y ahí, justo ahí, sé que si este momento durara un segundo más, alguien definitivamente nos acusaría de “perder la cabeza por las hormonas”.
Seraphine cierra el cuaderno. —Vamos a clase, antes de que empiecen a hablar otra vez.
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Editado: 09.05.2026