No Somos Nada

39. SCOTT

Termino de barrer el taller y cierro todo.

El abuelo está en la cocina con un libro sobre la mesa mientras toma un poco de café. Levanta la mirada de su lectura y me sonríe. —Gracias Scott, ven, ¿Quieres café?

Niego y me siento a su lado. —No gracias.

Me da unas palmadas en la espalda. — ¿Qué te pasa? Te veo preocupado.

Suspiro, cruzo los brazos y recuesto los codos sobre la madera. —No lo sé… es porque, pues, muchas cosas están sucediendo.

— ¿Ah, sí?

Asiento. —Muchas —pienso de nuevo en Seraphine, en mi hermana y en todo lo que he vivido estos meses que he vuelto.

— ¿Cómo está tu amiga? —pregunta.

Giro el rostro. — ¿Seraphine? —Afirma con un gesto—. Está bien, bueno, eso espero. Hoy se lastimó… algo así.

—Oh, no —frunce el ceño—. Espero que no sea nada grave. Esa chica es tan dulce, tu abuela quiere invitarla a comer siempre.

Sonrío. —Sí, lo sé. Ella es… genial.

Coloca su mano sobre mi hombro. —Y tú estás enamorado.

Abro los ojos. — ¿Qué?

Él suelta una pequeña risa. —Vamos Scott, dale un poco de crédito a tu abuelo. Tengo años de experiencia en saber cómo se ve una persona enamorada, lo vi en tu padre cuando no dejaba de hablar de tu madre en la universidad y lo veo ahora, contigo.

Me muevo en el asiento, incomodo por haber sido comparado con mi padre. —Pues…

—Mira —suspira—, mira Scott. Eres joven, tan joven. Estas en el mejor momento de tu vida porque tienes el futuro por delante y lo que hagas ahora puede cambiar mucho de lo que pase contigo en veinte años.

Asiento lentamente.

—O eso dicen los mentirosos —suelta y yo frunzo el ceño—. La realidad Scott, es que eres joven pero eso no significa que tienes que cargar con el peso de tu futuro ahora mismo. Eres joven y te vas a equivocar, te vas a caer, vas a llorar y Dios sabe cuántas cosas más —sonríe—. Pero eso es la vida. Estás vivo y está bien que tomes decisiones con miedo o duda.

—Gracias —susurro.

—Pero —levanta un dedo—, si algo he aprendido es que, aun si caes, lloras, ríes o pierdes, la vida siempre es más fácil cuando hay alguien a tu lado que no te deja olvidar quien eres —afirma—. Y sí, eres joven, pero eso no significa que tus decisiones no valgan ahora, en especial en asuntos del corazón.

Entorno los ojos. —Entonces… ¿eso qué quiere decir?

Suelta una carcajada. —Lo que quiero decir es que tú estás enamorado de esa chica y tienes miedo, ¿no? Sé lo que pasó contigo, Scott. Sé que tienes miedo que de alguna forma la historia se repita o sea peor, pero no tiene que ser así. No siempre tienes que ser así.

Bajo la mirada. —Abuelo… —trago saliva—. ¿Alguna vez te has sentido tan… débil?

Suelta aire por la nariz. —Cada día, Scotty, cada día. He sido débil desde siempre, toda la vida.

—No es cierto, tú no eres débil —afirmo.

Sonríe. —Bueno, no me molesta ser débil ni que las personas me vean como débil. Cuando yo era un joven de veintitantos años me sentía tan perdido con mi vida y mi futuro, sentía que a pesar que yo quería, no podía ser ni fuerte ni valiente —suspira—. Aunque recuerdo muy bien, uno de esos días, me senté a leer la Palabra de Dios y ahí encontré algo, una respuesta hermosa desde mi Creador.

Elevo una ceja. — ¿Qué tipo de respuesta?

—Mira, hubo una vez un hombre que hizo grandes cosas por Dios, uno de esos hombres que quedó inmortalizado en la Biblia pero él sufría de algo. Nadie sabe qué, pero él sufría y le pedía a Dios que se lo quitara, que lo ayudara, porque él sabía que Dios tenía el poder para ayudarlo pero no lo hacía entonces, Dios le hizo entender algo, él era débil.

Junto las cejas. — ¿Dios le dijo que era débil?

Niega, sonriendo. —No, no le dijo eso, le dijo: Mi gracia es todo lo que necesitas, mi poder actúa mejor en la debilidad. —Se encoje de hombros—. Entonces yo entendí que ni siquiera mi Dios quería que fuera fuerte todo el tiempo, que podía cometer errores por mi naturaleza humana y que sí, Dios sabía que iba a cometerlos pero que Él me sostendría y me ayudaría, que ser débil no es malo. Es cuando eres débil que renuncias al ego de decir “yo puedo solo” y aceptas ayuda, y entonces, eres fuerte.

Asiento.

Mi abuelo se levanta para tomar algo de la cocina y yo sigo pensando en eso.

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte”

Pienso en Seraphine, en como ella se ve así, débil. Pienso en mí, pensando que lo he arruinado todo y que lo único que me queda es sobrevivir y no tengo derecho a nada bueno o feliz.

Pero quizás, estoy equivocado.

Quizás está bien ver hacia atrás y darme cuenta que aunque hay muchas cosas de las que me arrepiento y me gustaría cambiar, también tengo que ver hacia el frente y aceptar que hay tanto que todavía no he vivido y que no todo tiene que ser malo otra vez.

Ser débil me asustaba, me hacía pensar que si lo era, había fracasado pero no tiene que ser así.

Seraphine no es débil cuando yo la ayudo, yo no lo soy cuando me permito sentir otra vez.

No lo somos.

Me quedo un rato viendo la mesa, como si de pronto todas esas marcas viejas en la madera fueran pistas, como si tuvieran las respuestas que no sé ni cómo pedir. El abuelo regresa y deja un vaso de agua frente a mí.

—Te estás quedando callado —dice, tirando una servilleta sobre la mesa—. Eso significa que estás pensando demasiado.

—No estoy pensando demasiado —miento.

—Ajá —responde él, con esa sonrisa que me deja expuesto de inmediato—. Y yo soy Santa Claus.

Me río, bajo la cabeza y me paso una mano por el cabello.

—Es que… sé que tengo que hablar con ella mañana —admito—. Sus papás no me quieren cerca. Y lo entiendo, no voy a decir que no. Pero Seraphine… —respiro hondo— Seraphine me mira como si yo fuera alguien bueno. Y no sé si… merezco eso.

El abuelo me mira despacio, como si buscara algo en mi cara.

Luego chasquea la lengua. —No seas tonto.

Parpadeo. — ¿Qué?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.