No Somos Nada

42. SERAPHINE

Estamos en el taller otra vez.

Scott está a unos pasos de mí, inclinado sobre una mesa, limpiando una herramienta que no tengo idea para que sirve. La luz entra por la ventana y le ilumina el cabello y por un segundo me quedo mirándolo como si no lo hubiera visto mil veces antes.

Aunque sí, lo he visto mil veces y nunca es suficiente.

— ¿Me pasas la llave? —me dice sin mirarme, con esa voz suave que usa cuando está enfocado.

La llave está justo a mi lado, la tomo pero cuando lo acerco él también estira la mano y nuestros dedos se rozan. Apenas un segundo pero siento ese latido tonto en el pecho que ya me está acostumbrando a él.

Scott levanta la mirada y ahí está, esa expresión.

Esa mezcla rara entre querer decir algo y tragárselo al mismo tiempo. Ha estado así los últimos días.

Como si tuviera un nudo en la garganta.

—Gracias —dice bajito, sin soltarme la mirada.

—Tu abuelo dejó aquí esto para ti —digo, solo para romper el silencio.

Señalo una pequeña caja de tornillos, aunque francamente lo que quiero es decir cualquier cosa para que deje de mirarme así, porque ese “así” me derrite.

—Sí, él… —Scott se interrumpe, respira profundo y suelta la herramienta—. ¿Puedo preguntarte algo?

Ay, aquí vamos.

Mi corazón da un golpecito tonto contra mis costillas. —Claro.

Scott se acerca un poco. No demasiado, pero sí lo suficiente para que sienta el calor de su cuerpo mezclarse con el mío en esa distancia mínima. Sus ojos bajan un segundo a mi boca antes de volver a mi rostro.

Lo noto.

Lo siento.

Y mis manos sienten electricidad, como si no supieran qué hacer.

—Tu cumpleaños es pronto —dice y su voz suena casi nerviosa.

Scott. Nervioso.

Eso ya es un fenómeno natural.

—Sí —sonrío—. En tres días.

Asiente y luego hace algo que me deja sin aire, levanta la mano y me acomoda un mechón detrás de la oreja con suavidad, como si mi piel fuera frágil.

—He estado… —baja la mano a mi mejilla y su pulgar roza mi piel—. He estado queriendo decirte algo.

Mi respiración se queda atrapada a medio camino. —Scott… —susurro, porque su toque me deja sin palabras.

—Pero no sé cómo —continúa él, mirando mi boca por un segundo más largo de lo normal—. No quiero arruinar nada.

Su otra mano se apoya en la mesa detrás de mí, atrapándome entre su cuerpo y la madera. No me toca directamente, pero lo siento, lo siento por completo.

Y mi corazón empieza a latir como si quisiera saltar hacia él.

—No vas a arruinar nada —le digo porque es verdad.

Sus ojos se clavan en los míos. —Seraphine… —su voz se quiebra un poquito—. Tú no sabes lo que significas para mí.

Mi espalda roza la mesa mientras él se inclina un poco más. Su nariz roza la mía de forma tan leve. —Dímelo —susurro sin pensarlo, porque quiero escucharlo.

Porque hace días que lo siento al borde de sus labios.

Él cierra los ojos un segundo, sus manos se mueven sobre mi cintura. —Quiero —dice, bajo—. De verdad quiero.

Mis manos suben a su camiseta, agarrando la tela cerca de su abdomen para estabilizarme. Lo siento tensarse bajo mi toque. —Scott…

Abre los ojos y lo que veo ahí… Es cariño. Es miedo. Es algo que podría ser amor, si él se atreviera a decirlo.

Él baja su frente hasta apoyarla en la mía, sus labios rozan los míos sin llegar a tocarme del todo, como una pregunta silenciosa.

Como un “todavía no puedo, pero casi”.

—Dame tiempo —murmura—. Solo un poco más. Lo tengo aquí —lleva una mano a su pecho— y simplemente… necesito encontrar la forma.

Lo abrazo. Mis brazos se enredan alrededor de su cuello y él me envuelve por la cintura, pegándonos sin miedo esta vez.

Su cabeza cae en mi hombro. —Estoy aquí —le digo, aferrándome a él—. Todo el tiempo que necesites.

Y él me aprieta más fuerte, como si eso respondiera todo lo que no se atreve a decir aún.

Scott se separa un poco, solo lo justo para verme el rostro y sus dedos rozan mi cintura y me derrite por dentro.

—Creo que… —se aclara la garganta, un poco avergonzado— necesito algo que me distraiga antes de seguir pensando demasiado.

— ¿Cómo qué? —pregunto, aunque ya sé que no va a decir “meditar” o “salir a correr”. Scott no es así.

Él saca su teléfono del bolsillo y sonríe. —Música —dice—. Siempre funciona.

Toca la pantalla, el taller se llena de un sonido suave. Una canción lenta, de esas que no dan sueño, sino ganas de sentir. Las luces del taller caen en tonos dorados por la tarde y combinadas con la música, el lugar se siente como un pequeño universo en pausa.

Solo para nosotros.

Scott me mira unos segundos luego deja su celular en la mesa y extiende su mano. —Ven.

No lo dice como una orden, lo dice como si pedirlo le diera un poco de vergüenza.

Mi corazón brinca como idiota dentro de mí, pero igual pongo mi mano sobre la suya. Sus dedos se cierran suave, él tira de mí lento y me guía hacia un espacio un poco más despejado entre la mesa y las herramientas.

Allí, sin pensarlo demasiado, coloca una mano en mi cintura y yo… bueno, yo trato de no olvidar cómo se respira.

— ¿Sabes bailar? —le pregunto con una sonrisa.

—No —admite, mirándome sin apartar los ojos—. Pero si te tengo a ti cerca, creo que no importa si lo hago mal.

Subo mis manos a su cuello sintiendo el calor de su piel. Él me acomoda un poco más cerca, lo justo para que nuestros cuerpos se rocen delicadamente mientras empezamos a movernos al ritmo lento de la canción.

No es un baile perfecto, Scott se balancea más con el corazón que con técnica, pero eso lo hace más lindo.

Su nariz vuelve a rozar la mía por accidente cuando gira mínimamente. Él sonríe un poco como si ese toque le hubiera causado algo por dentro.

Mis dedos juegan con un borde de su cuello de la camiseta sin pensarlo mucho. — ¿Por qué estás tan nervioso? —pregunto en voz baja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.