No Somos Nada

43. SCOTT

—Ten —le entrego a Seraphine el batido que pido y luego me siento a su lado en la mesa.

Mañana es su cumpleaños pero hoy decidí invitarla a comer, sus padres le harán una comida y estará ocupada con ellos. —Gracias —dice, dándole un sorbo largo.

Bostezo. — ¿Estas lista para ser mayor de edad?

Resopla. —La verdad no, no tengo idea de cómo se una adulta. Es tan raro siento que no estoy lista.

Me inclino para rodear sus hombros con mi brazo. —Creo que lo harás genial.

Se encoje de hombros. —Espero que sí —mira su bebida—. ¿No es raro? Lo rápido que pasa el tiempo, digo, en poco tiempo nos vamos a graduar y ya. Se acabó esto de la escuela y ahora, tenemos que ser… lo que sea que decidamos.

Acaricio su mejilla. — ¿Sabes? Yo te puedo asegurar algo, en realidad, creo que tú también lo puedes hacer. La vida cambia de un segundo a otro, un día estas bien y al otro... todo tu mundo dio vueltas.

Seraphine gira el rostro y me mira.

Este momento lo estoy registrando en mi mente para que dure para siempre. Es temprano, ni siquiera es medio día pero el sol está brillando a pesar del viento frio de la temporada.

A veces tengo pensamientos existencialistas y este es uno de ellos.

Mientras la observo pienso que jamás seremos tan jóvenes como ahora. Pienso que ambos tenemos una historia por vivir y aunque hoy la quiera conmigo por mucho tiempo, nadie sabe lo que podría suceder después.

Mañana Seraphine tendrá dieciocho años y nunca más tendrá diecisiete otra vez, y yo, tampoco. Ambos seremos mayores de edad y ambos tendremos que afrontar lo que sea que el mundo nos lanza.

Pero también pienso que si hoy fuera mi último día a su lado, todavía hay algo que no le he dicho.

Bajo la mano a mi regazo y luego, a mi abrigo, en donde cargo una pequeña caja en el bolsillo del interior.

—Seraphine —susurro.

Ella gira el rostro. — ¿Qué pasa?

Saco la caja lentamente y la coloco sobre la mesa. Es rosada con un lazo blanco. —Te amo.

Puedo sentir como se tensa y no se mueve, subo el rostro para verla. Está sonriendo con las mejillas rojas.

— ¿Me amas? —pregunta sonriendo.

Acerco la caja a ella. —Esto es para ti espero que te guste.

Ella mueve el batido a un lado para acercarla más y abrirla luego de quitarle el lazo con cuidado, la abre y ahí está. Es una pulsera con dos corazones plateados.

Mi corazón golpea contra mi pecho. —Sé que… no es mucho, pero espero que te guste.

Ella me mira y luego, me rodea los hombros con sus brazos, apretándome. —Está hermoso, gracias Scott —se separa y toma mi rostro entre sus manos—. Por cierto, yo también te amo.

Suelto una carcajada. —Eso es un alivio.

Besa la punta de mi nariz, mis manos la sostienen de la cintura. — ¿Quién lo diría? El chico malhumorado, mírate.

—Cállate —digo, acercándola más a mí.

No sé como pero al final Seraphine terminó en mi regazo mientras compartíamos su batido y me dejó ponerle la pulsera. Algunas personas mayores nos miraban un poco fastidiados porque dos tontos adolescentes no dejaban de reírse y besarse a las nueve de la mañana.

Pero, ¿A quién le importa?

Solo Seraphine y yo sabemos cuántos días pasamos sin reír, cuantas veces mirábamos al techo deseando porque una sola cosa buena nos ocurriera. Solo ella y yo sabemos lo mucho que aguantamos y de todos modos, en veinte años ninguna de estas personas a nuestro alrededor seguirá hablando de nosotros.

Pero ella y yo, recordaremos esto por mucho tiempo.

~

Por la noche, como a las once, le envié un mensaje preguntándole si estaba despierta.

Me respondió que sí.

YO: Te extraño.

SERAPHINE: Que cursi eres Scott

SERAPHINE: Pero me gusta que seas así.

YO: Tú me gustas más

SERAPHINE: ¿De verdad?

Muerdo mi labio inferior y luego envío: ¿Puedes hablar? Quiero escucharte.

Se tarda como un minuto en responder.

SERAPHINE: Si, ahora sí.

Respiro profundo y la llamo, contesta al segundo tono. Normalmente cuando la llamo tarde me habla en voz baja para que sus padres no escuchen.

—Hola —dice.

Sonrío, acomodándome sobre el colchón. —Hola, realmente extrañaba tu voz.

—Scott —susurra—. Me viste hace menos de veinticuatro horas.

Qué bueno que no está aquí para ver la sonrisa boba que tengo en el rostro. —Sí, lo sé, pero es tu culpa. Me haces querer estas cosas, ¿Sabías que no era así?

Suelta una pequeña risa. —Eres un poco tonto.

Mi corazón pega un salto. —Y tú eres un poco tonta también.

Eso la hace reír de nuevo. — ¿Te das cuenta que hoy me dijiste que me amas y ahora me llamas tonta?

Me doy vuelta y quedo de lado. —No es tonta mala, es como, eres un poco tonta por ser mi novia. Nadie cree que es una buena idea.

No responde por unos segundos. —Ah, entonces soy tu novia.

Mis mejillas están calientes. —Pues yo soy tu novio, eso te convierte en mi novia, ¿no?

—Supongo —respira—. Oye… realmente me gustó tu regalo, todavía lo tengo puesto.

Cierro los ojos. —Tú me gustas realmente.

—Scott —se queja en voz baja—. No puedo con tantas cosas cursis que dices, ¿Dónde está el chico que me dijo que no éramos amigos?

—Lo encerré en el sótano y ahí se va a quedar —contesto—. Ahora tendrás que lidiar con este Scott. El que está un poco obsesionado contigo.

—Sí, claro… obsesionado —dice.

Me acomodo sobre la almohada. — ¿Sabes? Lo estoy. Podrías literalmente sacarme el corazón con las manos y tirarlo y te diría gracias con mi último aliento.

— ¡Scott! —Se queja—. Estás loco, ¿sabes eso? No puedo creerlo.

Sonrío. —En serio, Seraphine. Tú podrías patearme en la cara y yo te pediría que lo hicieras de nuevo.

—Ay, basta —se queja—. Eres tan…

— ¿Tuyo? —la interrumpe—. Sí, Seraphine. Soy tan tuyo.

Y lo seré por el resto del tiempo que me deje.

Ella y yo hablamos por un rato más, estábamos esperando a la medianoche para desearle feliz cumpleaños pero unos cinco minutos antes de eso, ella se quedó durmiendo aun en la llamada.




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