Scott
cuatro años después
Juro que pensé que nada en la vida me iba a volver a poner tan nervioso como la vez que besé a Seraphine por primera vez.
Pero aquí estoy, temblando otra vez.
—Hola amor… —mi voz suena extrañamente ronca. ¿Por qué demonios estoy sudando?—. Seraphine, necesitamos hablar.
Ella baja las cejas mientras deja las llaves sobre la mesa. Está despeinada por el viento, con la mochila de la universidad medio abierta y una cara de “si esto es sobre los platos, te juro que no pienso discutir”.
—Scott… —parpadea lento—. ¿Qué hiciste ahora?
—No es qué hice —trago saliva—. Es que… pasó algo. Algo grande.
Ella se queda muy quieta. — ¿Grande de inevitable pero podremos con eso? —pregunta despacio—. ¿O grande de nos vamos a morir? Porque necesito saber.
—Grande tipo “nuestras vidas van a cambiar”. Para siempre. Creo.
Los ojos de Seraphine se abren como si acabara de ver una bomba nuclear entrando por la ventana. — ¿Qué? —da un paso hacia mí—. ¿Qué hiciste?
Y es ahí cuando se escucha.
Un pequeño, diminuto, lamentoso “wuf”.
Seraphine gira la cabeza tan despacio que parece escena de película de terror y luego lo ve, a un lado del sofá, acurrucado entre una manta vieja que encontré con orejitas caídas y el pelaje mojado todavía.
—Scott… —susurra con incredulidad—. Eso es ¿un perro?
—No un perro —digo, como si la aclaración fuera crucial para esta conversación—. Nuestro perro.
Ella cierra los ojos y respira profundo otra vez. Y luego otra más.
—Scott… tú… —abre los ojos, brillan a punto de soltar una carcajada o un regaño—. ¿De dónde sacaste eso?
—De una caja —digo, como si fuera la explicación más lógica del mundo—. Estaba en la banqueta, solo. Lloviendo. Y cuando me vio, pues… me eligió.
Seraphine lleva las manos a la cara. —Dios mío… —se ríe, derrotada—. Literalmente acabas de llegar con un cachorro como si… —me mira—. Como si acabáramos de tener un bebé.
—Bueno —alzo los hombros—. Se siente un poco así, ¿sabes? Me miró y sentí como si era mi momento para ser papá, digo, si cierras los ojos un poco se parece a mí.
Ella no puede evitar sonreír.
Mi novia (bueno, mi casi esposa no oficial, porque seguimos hablando del tema pero ella dice que primero terminemos de pagar el carro y ahorrar para gastos imprevistos) es alguien que no puede resistir ver un cachorro recién rescatado.
Y me encanta verla así, con esa sonrisa que me derrite cada vez.
— ¿Y cómo se llama? —pregunta, resignada y curiosa a la vez.
La miro con el orgullo más absurdo que un ser humano puede cargar. —Alex, es un niño por cierto.
Seraphine parpadea. —… ¿Alex?
Asiento, orgulloso del pequeño. —Alex.
Suspira. —Scott.
Elevo una ceja. — ¿Sí?
Chasquea la lengua, cruzando los brazos. — ¿Quién rayos le pone Alex a un perro?
—Yo —respondo, ofendido—. Es un nombre fuerte. Elegante. Con personalidad, un nombre de líder.
—Es un cachorro de cómo, tres meses, que casi está envuelto en una manta —dice señalando al perrito, que en ese instante decide bostezar como si nada de esto fuera interesante para él.
—Pero se llama Alex —insisto, más necio que nunca—. Ya respondió cuando lo dije. ¿Verdad, Alex?
El cachorro levanta la cabecita, mueve la cola y saca la lengua.
Seraphine se derrite. —Ay… —se le escapa una sonrisa imposible de contener—. Está tan lindo.
La observo acercarse, tocar su cabecita con tanta suavidad que algo se mueve en mi pecho.
En este instante pienso en como ella y yo hemos estado juntos por cuatro años, como ahora tenemos un hijo mascota y hemos estado haciendo planes para el futuro.
Ella es mi futuro.
—Bueno —dice finalmente—. Está bien. Se queda.
— ¿Sí?
—Sí. Pero no voy a llamar “Alex” a este cachorro, tenemos que encontrarle un nombre más tierno.
Me levanto para tomar al perro entre mis brazos. —Te acostumbrarás.
Seraphine sonríe y se acerca. —No lo haré.
Acaricio la cabeza de Alex. —Sí lo harás.
Nos quedamos así, mirándonos, con el cachorro durmiéndose entre mis brazos mientras la lluvia golpea suave la ventana.
Cuatro años después, seguimos creciendo, aprendiendo, arreglando pedazos rotos a nuestro propio ritmo.
Y ahora…
Tenemos un perro.
Un perro llamado Alex.
Bueno, yo lo llamo Alex.
Ella lo mira, suspira y dice: —Está bien, Alex, ven con mamá.
Mi corazón pega un salto cando pienso en Seraphine como la mamá de alguien, de alguien nuestro.
Quizás Alex sea nuestro primer hijo y quizás, en unos años, muchos años después, tendremos a un pequeño humano con sus ojos y mi personalidad.
O mejor al revés.
Bueno, bueno, eso ya lo resolveremos después, por ahora solo tendré una tarde tranquila con Seraphine, Alex y alguna película repetida que hará que Seraphine se queje primero y luego la vea con mucha atención.
Porque ese es mi mundo ahora y es perfecto.
#284 en Joven Adulto
#4817 en Novela romántica
amor secretos familia, romace amistad primer amor, opuestos se atraen
Editado: 09.05.2026