Edén siempre había sido presentada como una recompensa.
Una semana lejos del mármol frío de Imperium, lejos de los pasillos que olían a control y a dinero, lejos de las miradas que nunca olvidaban quién eras ni de dónde venías. Playa privada, cabañas de madera clara, arena blanca que no se pegaba a la piel y un mar azul e indiferente.
Decían que allí todo se relajaba.
Pero Imperium no sabía relajarse. Solo cambiaba de escenario.
Desde temprano, los autos comenzaron a llegar por el camino que bordeaba la costa. Uno tras otro. Negros, plateados, blancos. Vidrios polarizados, maletas costosas que bajaban de los portaequipajes como si fueran una extensión natural de quienes las cargaban.
La música ya sonaba desde algún punto indeterminado entre las cabañas. Algo con bajo fuerte y letra pegajosa que intentaba imponer el ambiente de «vacaciones». Porque eso era lo que todos querían creer que era esto: vacaciones. No una semana más del mismo juego, solo que en traje de baño.
Grupos de estudiantes ya ocupaban reposeras cerca del mar. Algunos tenían cervezas en la mano a las tres de la tarde. Otros reían demasiado fuerte, como si necesitaran demostrar lo bien que lo estaban pasando. Las chicas de Fortune Hall lucían biquinis que costaban más que la matrícula de medio Crown Wing, y los chicos caminaban con esa seguridad de quien sabe que todo el lugar les pertenece.
Porque lo hacía.
Marla dejó caer su mochila sobre la arena con un suspiro que venía desde muy adentro.
—Estoy agotada.
Leyla, a su lado, acomodó la correa de su bolso y recorrió el lugar con la mirada.
—Recién llegamos, no exageres.
La morena se pasó una mano por la nuca, despeinándose el cabello que ya empezaba a sentir pegajoso por el calor.
—No es por el viaje. Es por todo lo demás.
Leyla la miró de reojo pero no dijo nada. Sabía exactamente a qué se refería. La última semana había sido un infierno de exámenes, sí, pero también de otras cosas. Cosas que ninguna quería mencionar.
Se agacharon juntas para recoger las maletas. Marla luchaba con la suya cuando algo la agarró por la cintura desde atrás.
—Hey.
Su corazón se detuvo.
—¡¿Qué mierda?! —gritó cuando la levantaron del suelo sin avisar.
—Sigues siendo dramática como siempre.
La voz.
Esa voz.
Marla se quedó paralizada medio segundo antes de girarse.
Lo vio.
El cabello revuelto como si acabara de llegar corriendo, la mochila colgándole de un hombro, esa sonrisa que conocía de memoria.
—¿Ben...? —apenas un susurro.
No esperó confirmación. Se lanzó a abrazarlo tan fuerte que casi lo tira al piso.
—Pensé que... —la voz se le quebró—. Pensé que no ibas a volver.
Ben la apretó contra él, hundiendo la cara en su cabello.
—Estoy acá —sonaba cansado—. Estoy acá.
Leyla los miraba con los ojos como platos, como si acabara de ver un fantasma materializado en medio de la playa.
—Espera —puso una mano en su frente—. ¿Qué carajo haces aquí?
Ben se separó apenas de Marla para mirarla.
—¿Cómo que qué hago? —respondió—. Vine a la playa.
—Ben, la audiencia... —Leyla frunció el ceño—. Te iban a expulsar.
—Se revisó —dijo él, rápido—. Me llamaron esta mañana.
Algo en su tono no sonaba del todo cierto. O tal vez sonaba demasiado ensayado.
Marla lo miraba fijo, buscando grietas en esa respuesta.
—¿Te llamaron? —preguntó—. ¿Quién?
Ben dudó medio segundo.
—La secretaria de Sinclair.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
Marla y Leyla se miraron. Fue una de esas miradas que dicen todo sin decir nada. Leyla arqueó apenas una ceja. Marla negó con la cabeza.
Ben lo captó de inmediato.
—¿Qué, qué pasa?
Marla bajó la vista.
—Nada.
—No me digas «nada» —replicó él—. Las conozco. Algo pasó. —Hizo una pausa—. ¿Kaira ya llegó?
El nombre cayó como una bomba para la rizada.
Marla apretó los labios.
—No la he visto.
Eso fue todo lo que dijo. Pero su tono decía mucho más.
Ben frunció el ceño, algo se le movió en el pecho.
—Está bien —dijo ajustándose la mochila—. Vámonos antes de que el maldito Devereux me vea y abra la bocota.
Leyla soltó una risa.
—Sí, mejor.
Caminaron entre la gente, arrastrando maletas por la arena. Ben sentía las miradas clavándose en su espalda. Algunos lo reconocían. Otros murmuraban preguntándose qué hacía ahí.
La cabaña que les tocó era simple. Nada lujoso, pero al menos tenía techo y no olía a humedad. Ben dejó la maleta en el suelo y se apoyó contra la mesa, respirando hondo.
El alivio de estar ahí era real. Pero también lo era la sensación de que algo no cuadraba.
—¿Alguien me va a decir qué mierda pasó?
Marla se quedó de pie, con los brazos cruzados, sin ganas de sentarse.
—Ben...
—No —la cortó—. En serio, algo está raro. Y no me refiero solo a mí.
La pelirroja suspiró, dejándose caer en una de las sillas.
—Pasaron muchas cosas. Y ninguna fue buena.
Ben esperó.
—Marla y Kaira pelearon —soltó Leyla.
El silencio que siguió fue denso.
—¿Qué tan feo? —preguntó él, aunque ya se imaginaba la respuesta.
Marla no lo miró.
—Le dije cosas que no debí —admitió con la voz más baja—. Pensé que... —se detuvo, tragando—. Pensé que todo había terminado. Que tú no ibas a volver y me desquité con ella.
Ben cerró los ojos, pasándose una mano por la cara.
—¿Le echaste la culpa?
Marla no respondió, no hacía falta.
—Marla... —dijo él, y sonaba cansado, no enojado. Solo... triste—. Sabes que eso no es justo.
—¡Tampoco era justo lo que estaba pasando! —replicó ella, alzando la voz por primera vez—. ¡Pensé que te habían quitado todo! ¡Tu futuro, tu vida, todo!
Él la miró fijamente.
—Y aun así, no fue ella quien firmó la sentencia.
La frase cayó como una piedra.