—¿Dónde mierda...?
Kaira abrió el primer cajón de la cómoda con más fuerza de la necesaria. Vacío. El segundo igual. El tercero ni siquiera se molestó en revisarlo del todo antes de cerrarlo de un golpe.
Se giró hacia el armario, lo abrió de par en par.
Nada.
Solo perchas de madera que colgaban solas, meciéndose apenas por el impulso.
El vestido blanco aún se le pegaba a la piel. Olía a cerveza. Tenía el cabello húmedo cayéndole sobre los hombros, algunas mechas pegadas a las mejillas. Se pasó una mano por la cara, intentando no pensar en la mirada de Marla cuando vació esa botella sobre ella. En cómo Ben la había observado como si no la reconociera.
—Vamos, vamos... —murmuró, abriendo otra puerta que resultó ser el baño.
Se quedó ahí parada un segundo, respirando de forma agitada. El espejo le devolvió su reflejo; despeinada, empapada, con los ojos brillosos de rabia.
Cerró la puerta del baño con un golpe y volvió a la habitación. Revisó debajo de la cama por puro impulso, aunque sabía que no iba a encontrar nada. Se incorporó, con las manos en las caderas, mirando el cuarto vacío como si el problema fuera del espacio y no de ella.
Las maletas.
Las malditas maletas seguían en el auto.
Y no las había sacado porque... porque ni siquiera había pensado en eso. Porque había bajado del auto con las piernas temblándole, con el corazón latiéndole en la garganta, sabiendo que todos la estaban mirando.
—Perfecto —dijo en voz alta, soltando una risa seca—. Genial, Kaira. Muy bien pensado.
Se dejó caer en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. El silencio de la cabaña era denso. Afuera se oía la música amortiguada de la fiesta, las risas lejanas, el murmullo del mar.
Pero ahí dentro no había nada. Solo ella y el hecho de que acababa de arruinarlo todo.
La puerta se abrió sin aviso.
Kaira levantó la cabeza de golpe, tensa, lista para... no sabía para qué. Pero cuando vio quién era, algo dentro de ella se desinfló y se endureció al mismo tiempo.
Killian entró con una maleta. Caminaba con la misma calma que tenía siempre. Cerró la puerta con el pie y dejó la maleta en el suelo, junto a la cama.
La miró.
La pelinegra no dijo nada. Solo lo observó, con la mandíbula apretada, esperando a que hablara primero.
Él ladeó la cabeza, recorriéndola con la mirada. El vestido empapado, el cabello desordenado, la postura rígida.
—Te ves bien.
Kaira entrecerró los ojos.
—Vete a la mierda.
Killian soltó una risa baja. No se acercó todavía. Solo se quedó ahí, con las manos en los bolsillos, apoyado levemente contra la pared.
—¿Buscabas esto? —preguntó, señalando la maleta con un gesto de cabeza.
Ella no respondió.
—Supuse que lo habías olvidado —continuó—. Estabas demasiado ocupada tratando de no vomitar en el camino.
—No pedí tu ayuda.
—No. Pero aquí estoy de todos modos.
Kaira se levantó, necesitaba moverse, hacer algo que no fuera quedarse sentada sintiéndose como una idiota. Se acercó a su maleta y la abrió de un tirón. Empezó a buscar entre la ropa, sin saber bien qué necesitaba primero. Solo quería quitarse ese maldito vestido.
—¿Vas a quedarte ahí mirando o qué? —espetó sin volverse.
—Pensé que te gustaba la atención.
Kaira se giró de golpe, fulminándolo con la mirada.
—No juegues conmigo ahora, Laurent. En serio, no estoy de humor.
Él no se movió, pero algo en su expresión cambió.
—Entonces dime qué necesitas.
—Necesito que te vayas —respondió—. Necesito estar sola.
—No puedes.
—¿Perdón?
—Que no puedes —repitió más firme—. Esto fue idea tuya, viniste tú a mí. Aceptaste el trato, ahora toca cumplirlo.
Kaira soltó la blusa que tenía en la mano y dio un paso hacia él.
—No estoy segura de poder seguir con esto.
Killian no reaccionó de inmediato. Solo la observó, como si estuviera midiendo cuánto de eso era real y cuánto era solo miedo.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó al fin—. ¿Irte?
—Sí.
—¿A dónde?
No respondió. Porque no tenía respuesta.
—Ben ya está aquí —continuó Killian, sin moverse del lugar—. ¿Sabes lo fácil que es hacer que lo echen otra vez? Una llamada, eso es todo. Una sola llamada y lo mandan de vuelta con su vida arruinada de forma permanente.
Ella apretó los puños.
—Eres un hijo de puta.
—Lo sé —dijo sin inmutarse—. Pero no cambié las reglas del juego, Bolton. Solo te las recordé.
Kaira dio otro paso, la rabia subiéndole por la garganta como bilis.
—¿Y te hace sentir bien? ¿Te hace sentir poderoso amenazarme con la vida de alguien que no tiene nada que ver contigo?
—No se trata de sentirme bien —replicó él, esta vez su voz era filosa—. Se trata de que entiendas que no hay marcha atrás. Elegiste esto. Ahora lo cumples.
—No elegí nada —escupió—. Me obligaste.
—Te di una opción —corrigió—. Y la tomaste.
Kaira lo miró con tanto odio que le ardieron los ojos.
—Te odio.
—Bien —respondió él, sin parpadear—. Eso hace las cosas más fáciles.
El silencio cayó entre ambos como una pared invisible. Afuera, la música seguía. La gente seguía riendo. El mundo seguía girando como si nada.
Pero ahí dentro, todo estaba roto.
Kaira se pasó una mano por el cabello, respirando hondo, intentando calmarse. No funcionó.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo con la voz temblándole apenas—. Que ni siquiera puedo odiarte bien. Porque parte de mí sabe que sin ti, Ben estaría jodido. Y eso me mata.
Killian no respondió de inmediato. La observó con esa intensidad que tenía siempre, como si estuviera desarmándola pieza por pieza.
—Te han hecho cosas peores.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que te han hecho cosas peores —repitió, con ese tono neutro que la hacía querer golpearlo—. El callejón, esa cicatriz que tienes en la mejilla, todo eso. Y seguiste de pie.