PRÓLOGO
Leo estaba acostumbrado a que la gente asumiera cosas sobre él.
Por estudiar Diseño de Vestuario, por su manera de hablar, por la ropa que usaba o simplemente porque tenía la desgracia de no comportarse como los demás esperaban que lo hiciera.
—¿Eres gay?
Otra vez.
Leo respiró profundamente.
—¿También le preguntas eso al médico cuando te dice que estudió medicina?
No era la primera vez.
Probablemente tampoco sería la última.
Había aprendido a soportarlo con los años, aunque nunca había aprendido a entenderlo.
No tenía nada contra los homosexuales. Tampoco contra nadie que decidiera vivir de una manera distinta. Lo que odiaba era que otras personas creyeran que podían decidir quién era él basándose en una carrera, un pantalón, un gesto o la forma en que movía las manos.
Él sabía quién era.
O al menos eso creía.
Aquella noche era la fiesta de inicio de su último año de universidad.
Había alcohol.
Música demasiado fuerte.
Personas demasiado borrachas.
Y, aparentemente, un compañero que había decidido que un "no" era una invitación a insistir.
Leo lo apartó.
El otro volvió a acercarse.
Leo lo empujó.
Después hubo un golpe.
Un insulto.
Otro empujón.
Y para cuando quiso darse cuenta, ya tenía más enemigos de los que había tenido en toda la carrera.
Lo último que recordó fue el borde de la piscina acercándose demasiado rápido.
El agua.
El frío.
Los gritos.
Y después...
Nada.
Cuando Leo abrió los ojos, lo primero que pensó fue que estaba muerto.
Lo segundo fue que, si aquello era el cielo, alguien había hecho una pésima elección de decoración.
Techo blanco.
Luces fluorescentes.
Máquinas.
Un pitido constante.
Intentó incorporarse.
Un dolor insoportable le recorrió el cuerpo.
—¡Despertó!
Alguien salió corriendo.
Leo quiso preguntar dónde estaba.
Quiso preguntar qué había ocurrido.
Quiso preguntar cuánto tiempo llevaba inconsciente.
Pero entonces vio sus manos.
Delgadas.
Pequeñas.
Extrañas.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué...?
Su voz no era la misma.
Era más aguda.
Más suave.
Leo levantó lentamente una mano hasta su rostro.
Cabello largo.
Piel diferente.
Un cuerpo que definitivamente no reconocía.
Entró en pánico.
Y cuando finalmente consiguió verse reflejado en el pequeño espejo de una habitación, comprendió que aquello no era una pesadilla.
Era el rostro de una mujer.
Una mujer que no conocía.
Una mujer que, según los médicos, llevaba cinco años en coma.
Una mujer que tenía familia.
Amigos.
Una vida.
Y, sobre todo...
Un novio.
Un novio que había pasado cinco años esperando que ella despertara.
Y que ahora estaba parado frente a la puerta de aquella habitación, llorando de felicidad.
—Amor...
Leo sintió que el estómago se le cerraba.
Porque ese hombre no estaba viendo a Leo.
Estaba viendo a la mujer que había esperado durante cinco años.
La mujer que él no era.
La mujer cuya vida ahora estaba atrapada dentro de su cuerpo.
Y por primera vez desde que había despertado, Leo comprendió que regresar a su antiguo cuerpo quizás no sería lo más difícil.
Lo más difícil sería convencer al mundo de una verdad imposible:
la mujer que despertó no era la mujer que se había quedado dormida.
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Editado: 28.08.2026