Tenía alfileres clavados prácticamente por todas partes.
Leo sostenía un dobladillo entre los dedos mientras buscaba, con la otra mano, alguno de los alfileres que había dejado desperdigados sobre la mesa. Llevaba quién sabía cuántas horas haciendo y deshaciendo aquella camisa que, a esas alturas, ya no debía quedar simplemente bien.
Tenía que quedar perfecta.
El maniquí permanecía frente a él, cubierto con la prenda a medio terminar. Leo retrocedió un par de pasos y ladeó la cabeza, observándola con una concentración casi absurda.
No.
Otra vez no le gustaba.
Había imaginado algo clásico, pero con mangas amplias y una caída relajada. El problema era que cada vez que intentaba llevar esa idea a la realidad terminaba pareciendo el vestuario de una obra de teatro ambientada dos siglos atrás.
—Parece que alguien está a punto de interpretar a un aristócrata moribundo —murmuró para sí.
Se mordisqueó el labio inferior y, después de unos segundos de contemplación, dejó escapar un suspiro.
Ya no podía verla.
Necesitaba descansar.
Leo apartó algunos retazos de tela de una silla y se dejó caer sobre ella. Sacó un cigarrillo de papel blanco del bolsillo y lo sostuvo entre los dedos. Del otro bolsillo apareció un encendedor negro. Lo encendió con un movimiento rápido y dio una calada profunda, reteniendo el humo unos segundos antes de expulsarlo lentamente.
Necesitaba cinco minutos.
Solo cinco.
Aunque sabía perfectamente que, si se quedaba sentado demasiado tiempo, probablemente terminaría abandonando la camisa hasta el día siguiente.
Sacó el celular para revisar la hora.
La pantalla se iluminó.
Y, con ella, aparecieron los mensajes de Colomba.
Leo entrecerró los ojos.
—Oh, no...
Había recibido varios.
«¿Dónde estás?»
«Responde.»
«Hey, me estoy preocupando. Quedamos en vernos hace treinta minutos.»
«Estás en el taller, ¿no es así?»
«Voy para allá.»
—Mierda.
Apenas terminó de leer el último mensaje, la puerta del estudio se abrió de golpe.
Dos ojos marrones, visiblemente enfurecidos, fueron lo primero que vio.
Leo ni siquiera tuvo tiempo de esconder el cigarrillo. Lo apagó rápidamente contra una tapa de refresco que tenía sobre la mesa y la miró con una expresión inocente que no engañó a nadie.
—Hola.
Colomba cerró la puerta detrás de ella.
—¿Acaso olvidaste nuestros planes?
—No los olvidé.
—Leo.
—Solo... me perdí un poco respecto a la hora.
Ella cruzó los brazos.
—¿Te perdiste?
—Creí que era más temprano.
Colomba miró alrededor del taller, luego al maniquí y finalmente a él.
—Claro. Porque mientras yo llevaba media hora esperando como idiota, tú estabas aquí jugando a ser Karl Lagerfeld.
—No estaba jugando.
—Ah, perdón.
Leo sonrió apenas.
—Estaba trabajando.
Colomba soltó un suspiro y se acercó al maniquí.
—Es bonita.
Leo levantó las cejas, sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
Ella tocó una de las mangas y luego hizo una mueca.
—Lástima que la odio.
—¿Qué?
—La odio porque mi mejor amigo prefiere pasar horas encerrado aquí antes que acompañarme.
Leo dejó caer los hombros.
—Disculpa.
Su tono había perdido inmediatamente la ligereza.
—Se me fue el tiempo. Te acompaño ahora, ¿sí?
Colomba lo observó durante unos segundos antes de sentarse sobre uno de los mesones.
—No es la primera vez que tengo que venir a buscarte aquí.
—Lo sé.
—Y tampoco será la última.
—Probablemente.
Ella sonrió.
—¿Qué harás cuando terminemos el último año?
Leo frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A esto.
Señaló el taller entero.
—No podrás usarlo para siempre, bobo. Este lugar es solo para estudiantes.
Leo miró las máquinas de coser, las mesas llenas de telas, los maniquíes y todos aquellos objetos que, después de cuatro años, prácticamente sentía como propios.
—No soy idiota. Tendré que buscarme un espacio para trabajar, supongo. Y probablemente viviré allí también.
—No estoy bromeando.
Colomba bajó la mirada.
—¿Sabes lo difícil que es conseguir trabajo de esto?
Leo no respondió.
—La mayoría terminaremos trabajando en servicio al cliente, en restaurantes, de mozos... —continuó ella—. O peor.
—¿Peor?
—Atendiendo en esas casetas de comida de los centros comerciales.
Leo soltó una carcajada.
—Tengo fe en que uno de mis diseños se disparará y seré el nuevo Karl Lagerfeld.
—Ajá.
—Lo digo en serio.
—Claro.
Colomba tomó su mochila y se la lanzó.
—Cuando terminemos los dos atendiendo mesas, espero que al menos puedas cambiarte el nombre para fingir que no te conozco.
Leo atrapó la mochila en el aire.
—Qué poca fe me tienes.
—Te conozco demasiado.
Él se levantó y comenzó a sacudirse las pequeñas hilachas de tela que tenía sobre la ropa. Después se colgó la mochila al hombro.
Antes de salir, se detuvo frente a una de las ventanas.
Su reflejo apareció sobre el vidrio.
Camisa holgada. Pantalones cuidadosamente elegidos. El cabello ligeramente desordenado, aunque de una manera que le había tomado más tiempo de lo que admitiría.
Se acomodó el cuello.
Luego salió.
Amaba trabajar en aquel taller.
Quizás demasiado.
Era uno de los pocos lugares donde nadie lo molestaba. Nadie entraba a menos que realmente necesitara hacerlo. Las máquinas estaban, jodidamente, en buen estado y podía trabajar durante horas sin que nadie le preguntara por qué estaba haciendo algo de determinada manera.
Ese próximo año sería su último año estudiando Diseño de Vestuario.
Y, en lugar de emocionarlo, la idea comenzaba a abrumarlo.
Porque después de recibir aquel pedazo de papel que oficialmente lo convertiría en "diseñador", ¿qué se suponía que debía hacer?
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Editado: 28.08.2026