Cuando Steve dejó de hablar de todo el trabajo que había hecho hoy en la directiva estudiantil, siendo alabado y animado por su madre después de cada frase, la mesa quedó en completo silencio. Bucky llenó por completo su boca, sabiendo que el resto jamás esperaría escucharlo participar, y se removió incómodo en su asiento. Odiaba los silencios que se formaban en la cena cuando ya nadie tenía algo que decir, por eso es que usualmente no le importaba que su hermano sacará su larga lista de logros del día solo para llenar aquel molesto vacío.
Su padre siempre se limitaba a decir que había sido un día de trabajo agotador o tranquilo, dependiendo del papeleo sobre su escritorio. Y él, en cambio, estaba tan acostumbrado a encogerse de hombros durante esa pregunta, que el resto simplemente había dejado de preguntarle por su vida.
La vida de Bucky no tenía mayores alteraciones aparentemente, así que, ¿para qué preocuparse por el mocoso que siempre caminaba sobre los mismos pasos?
Sin embargo, mientras terminaba de masticar y tragar, recordó aquello que tenía que hacer: pedir por el pequeño cachorro que seguía sin hogar.
Soltó su tenedor, cruzó los dedos y cerró los ojos, rezándole a todos los dioses que por favor estuvieran de su lado al menos una vez en la vida. Su madre no podía ponerse como una bruja, ¿cierto? Si no tenía compasión por su hijo, al menos podría tenerla por un animalito sin hogar.
- Bucky. - La voz siempre tranquila de su padre lo hizo reincorporarse, poniendo su atención en él. - Me contaron que estropeaste tu celular nuevamente, ¿es eso cierto? - El muchacho tragó saliva, sintiendo la amenazadora mirada de su madre sobre él.
- Sí.
- Eres un chico muy torpe, ¿no? - Sus mejillas se tiñeron de rojo, avergonzado. Por suerte, el tono de voz de su padre, en vez de estar cargado de reproche, contenía cierta diversión y empatía. - No creo que sea bueno que vayas por ahí sin un celular, el sábado vamos a com...
- ¡Ni hablar! - Su mujer lo interrumpió. - No le volverás a comprar un celular a ese chico, ya ha roto y perdido bastantes como para recompensarlo por sus descuidos.
- Mujer, es sólo un niño.
- Tiene 16 años.
- Y es joven, tiene derecho a equivocarse mientras sus padres puedan arreglarlo por él.
- ¡Lo consientes demasiado! No permitiré que compres ese teléfono y punto.
- Cariño...
- Papá... - Bucky se removió en su asiento, nervioso. El hombre lo miró expectante. - No necesitas comprarme un teléfono, papá, mi hermano me ha pasado su antiguo celular y con eso basta.
- ¿Ves? Ya decía yo, Steve siempre está arreglando los problemas de este niño. - La mujer siguió comiendo, pasando del tema mientras el mayor de sus hijos se encogía en su asiento. Su esposo, por su parte, suspiró mientras daba una mirada compasiva al castaño frente a sus ojos.
- ¿Seguro que está todo bien? - Él asintió, regalándole una dulce sonrisa, tranquilizándolo al instante.
Las sonrisas del menor de los Barnes seguramente eran las más encantadoras de todo el mundo, quisiera o no el resto admitirlo. Y es que el hijo mayor tenía la apariencia de un príncipe, pero era el rostro aniñado y los ojos inocentes del menor lo que lo hacían lucir excepcional. El hombre deseaba profundamente que el menor de sus hijos sonriera de esa forma más a menudo, pues quizás así podría ganarse el corazón de todos aquellos que lo veían como un dolor de cabeza. Tristemente, eran escasas las oportunidades donde su hijo parecía realmente feliz cerca de ellos; cerca de todos. La expresión de Bucky solía contener por lo general un mar de dudas, inseguridades y malestares. Como ahora, por ejemplo, pues el castaño volvía a tener la mirada perdida, luciendo completamente absorto.
La mesa nuevamente quedó en silencio y Bucky bajó su mirada hasta el plato, sintiéndose repentinamente deprimido. No había manera de que su madre aceptara que trajera un cachorro a casa. Quizás su padre podría autorizarlo, pero el hombre siempre terminaba cediendo ante su mujer, quien quería llevar el mando de todo.
Steve observó con curiosidad el desgano de su hermano y quiso decir algo, preguntar qué era lo que pasaba por esa cabecita suya. No obstante, tal y como siempre, no hizo nada. El rubio se sentía incapaz de hacer algo por su hermano menor, muy por el contrario de lo que acababa de decir su madre. La relación entre los dos estaba llena de vacíos y Bucky era alguien que difícilmente se abriría a otros.
Para cuando la cena terminó, el menor caminó con pasos tristes hacia su habitación, tomando su celular nuevamente para agregar el número de su mejor amiga.
Era un poco gracioso, ciertamente. Bucky no se sabía el número de nadie de su familia, ni siquiera el de su propia casa, pero sí se sabía el de Sharon Carter al derecho y al revés. Quizás la razón era porque sabía que en caso de una emergencia era ella a la primera a la que podría recurrir. Y es que la chica era una holgazana de primera, pero no dudaba en ponerse de pie si se trataba de un amigo.
Steve ✨
Shari
¿Estás dormida?
La mayor tardó en contestar, pero finalmente lo hizo.
Shari 😆
¿Steve?
¿Pero qué pasaba con todo el mundo para llamarlo por el nombre de su hermano? Bucky estuvo a punto de gritar de cólera, sin embargo, las neuronas de su cabecita que sí trabajaban hicieron "clic" y le recordaron un grandísimo detalle: ese era el antiguo número de su hermano mayor.
Steve ✨
Soy Bucky
¡Soy Bucky, Shari!
A la mayor le pareció que su mejor amigo hacia un berrinche incluso con sólo escribir eso.
Shari 😆
Oh, lo siento
Te confundí