No soy tu nerd, pendejo

1

Un nuevo día, el sol brilla y...

¡No hice la tarea!

Salté de la cama con mis manos jalando mi cabello en signo de desesperación.

Ya perdí historia, Marica. 

—¡Oh, mierda! ¿Qué hago, qué hago? —dije atropelladamente, caminando en círculos. Miré la hora en el despertador y me detuve—. ¿Desperté una hora antes? —murmuré sin creerlo. Mis dedos se deslizaban cuesta bajo por mi cabello mientras mi cabeza procesaba el increíble hecho. 

La imagen de la Come libros apareció en mi mente.

—Mi... ¡mi salvación! —Mi cuerpo se movió por sí solo, corriendo directamente al baño, aquello ocasionó que tropezara con el marco de la puerta—. ¡Hijue...! ¡Ah! ¡Demonios!

Llevé mi diestra a los dedos de mi pie derecho, saltando del dolor con mi otro pie, que posteriormente, sufrirá el mismo destino en otra ocasión. 

Me tragué el dolor y seguí corriendo hacia el baño. Amarré mi cabello con un caimán y entré a la ducha.

Mi dedito me sigué doliendo, ¿por qué me persigue la desgracia?

Me puse mi ropa interior y comencé a buscar la jardinera del uniforme. Nunca alisto nada, por eso siempre me coge la tarde. No lo encontré en el armario, ni en la montaña de ropa que siempre tengo en la silla de la esquina. Suspiré al no verla por ningún lado, opté por buscar mi camibuso para ir a desayunar. Me hice en frente del espejo para abotonar el cuello.

Posicioné la mirada sobre mi ropa interior.

—¿Te imaginas ir así al colegio? ¿Usando únicamente el camibuso y estos horribles calzones? —Llevé una mano a mi frente—. ¿Pero qué estupidez estoy diciendo? A veces pienso que estoy loca, sólo que no me lo han dicho, Marica.

Negué con la cabeza antes de ponerme mis medias bucaneras de color blanco y mis zapatos de charol vinotinto. Cuando terminé bajé a la cocina y saqué pan con kumis para comer. 

Mi mamá me matará si se entera que desayuno a medio vestir. Acabará de rematarme por no haber botado estos calzones. Muy viejos y todo pero me encantan, estoy economizando, esta gente no me comprende.

Acabé de comer el último pedacito de pan y subí nuevamente a buscar la jardinera. Rebusqué por todas partes, en las cuerdas de la ropa, en el armario de mis padres e incluso en la ropa sucia. Nada. No estaba en ningún lado.

—Qué maricada —me quejé acostándome en el suelo de mi habitación—. ¿Dónde se habrá metido esa hijueputa jardinera? Hasta sude buscándola.

Volteé mi cabeza en dirección a mi cama.

¿Es en serio?

Mi estúpida jardinera estaba ahí.

Sentí un pequeño alivio que no duró mucho después de recordar la tarea que tengo pendiente para copiar.

Salí corriendo como loca de mi casa.

Estiré los tirantes de mi mochila para que los cuadernos no chocarán con mi espalda por culpa del movimiento. No dejaba de pasar mi mirada del suelo al frente y viceversa. Con lo inteligente que soy, capaz y me mato en un pequeño descuido. Por un momento desvié mi mirada a la calle, en mi costado izquierdo, en ese mismo instante, una camioneta negra dobló la esquina en la misma dirección. Antes de desaparecer intercambié miradas con la una persona que iba en su interior.

—¡¿Eres tonta?! 

—¡Lo siento mucho! —me disculpe mientras me levantaba del suelo para ayudarlo. Habíamos chocado.

Ignoró mi mano y se levantó con una mirada para nada agradable.

—Mira por donde caminas, idiota —dijo acomodando su mochila, cruzando la calle.

Ya sé que fue mi culpa, pero no sea tan grosero, imbécil.

Me sacudí mis manos, acto que lamenté porque me había lastimado un poco las palmas.

¿Acaso no era suficiente con el dolor de mi dedito? 

Seguí caminando en vez de correr por miedo a caerme de nuevo, de todas formas ya estaba por llegar.

—Casi que no llega, ¿no? Ya sabía que sucedería así que adelante un poco tu trabajo —dijo mi ángel guardián, entregándome mi cuaderno de historia.

—No existe nadie como tú, Come libros. Nadie es tan tierno, tan comprensivo, tan detallista, tan... —Fruncí el ceño—. Un momento, ¿cómo es que tú lo tienes? —pregunté mientras abría el libro y revisaba las últimas páginas escritas.

La tarea ya estaba terminada. Ella sonrió con vergüenza para después decir:

—No me pude resistir, amo hacer tareas.

Dios, ¿eres tú? Iré todos los domingos a la iglesia, incluso me volveré monja, gracias por enviarme este ángel.

—Te amo, Jenny. Mi salvadora, mi ángel, mi come libros, mi come revistas, cuadernos, enciclopedias, no sé, lo que se le antoje en el día —le chillé, mientras la abrazaba.

—Sí, sí, bueno, ya sonó campana, ¿sabes?

—¡¿Tan rápido?! Siento que voy a morir.

Esperé a que Jenny tomara su mochila para caminar hacia el salón.

Escuché que unos pasos se acercaban, así que levanté mi cabeza. Me doy cuenta que se trata de Chris, mi mejor amigo.

—¡Ami, hora libre! —gritó Chris, saltando de la felicidad.

¿Dijo hora libre? ¿El viejo de historia se murió?

Podría jurar que mi alma regresó a mi cuerpo.

—Oh Chris, siento el viento de la Rosa de Guadalupe, y es hermoso.

Él se ríe de mi broma pero cambia su sonrisa por una mirada triste. Me parece muy extraño hasta que me acuerdo de ella, su novia.

—¿Ella también tiene hora libre, cierto?

—Sabes que quiero quedarme, pe-

—Ve con ella —lo interrumpo sonriente—, voy a estar con Jenny, no te preocupes.

Él me agradece y se va a buscar el salón de su novia.

—Me traes algo de la cafetería, ya sabes dónde buscarme —dice Jenny sacando de su bolsillo el dinero para que vaya a comprar su merienda—. Lo de siempre.

Pronuncié un 'ok' y me dirigí a la cafetería eufórica ante la noticia que me dio Chris.

Compré un chocorramo para Jenny y un tampico para mí. El frío envase del tampico hizo contacto con una de las heridas que habían en la palma de mi mano. Recordé al grosero que me llevé por delante. 



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En el texto hay: humor, badboy, romance

Editado: 18.07.2021

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