No Soy Yo

Trece

— ¿Jonathan?

Una cabecita de largos y despeinados cabellos negros emergió del lío de mantas y sábanas que formaba la desordenada cama con barrotes, en la habitación que compartía con diez niños más, de edades comprendidas entre los dos y los seis años.

Era una habitación bastante espaciosa, lo bastante amplia como para guardar las diez camitas, puestas en dos filas de cinco, las de los más pequeños rodeadas de barrotes por si se caían.

El niño parpadeó deslumbrado por los rayos del sol que le daban de lleno en su pálida carita de grandes y expresivos ojos negros Se los restregó adormilado y entonces pudo ver a su interlocutora, la hermana Peterson, una buena y cariñosa mujer que se encargaba de los más pequeños.

—Vamos, ya has dormido suficiente, tus amiguitos te están esperando en el comedor a punto de desayunar, es muy tarde ya.— observó el enorme reloj de pared que tenía la forma de un búho amarillo, cuyos enormes ojos se movían de lado a lado al compás del tic tac. —¡uf! hace media hora que tendrías que haberte levantado, ¿te has dormido? no me da tiempo de peinarte ni de lavarte la cara, tendrás que salir como estás, pero luego te lavaré y te pondré colonia.

—¿Co...o nia?— repitió el niño mirándola fijamente.

— Sí claro, hoy es tu cumpleaños, ya eres un niño grande...— entonces se dio cuenta sorprendida que después de todo aquel niño hablaba.— Jonathan dime, ¿cuántos años cumples hoy?— el niño señaló un tres con las manos.

—No, quiero que me lo digas, dime, “tengo tres años”—pero éste restó en silencio y parpadeó sin inmutarse.— bueno, supongo que es un buen principio y tarde o temprano hablarás, ahora no hay tiempo que perder, vamos al comedor.

Bajaron las escaleras cogidos de la mano, al llegar, los diez niños estaban sentados en sus sillitas y estaban intranquilos, miraron a una de las otras madres y ésta les señaló que podían comenzar.

Las vocecillas infantiles empezaron a cantar desafinadamente:

—¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz!

Cuando Jonathan se sentó, comenzaron a desayunar, algunos ayudados por las hermanas, tomaron chocolate con bizcochos.

—¿Habrá pastel con velas? —preguntó una simpática niña de seis años, con dos graciosas coletas a los lados de su cabeza.

—Claro que sí preciosa, pero más tarde, después de comer.

Después del desayuno, la hermana Peterson se llevó al niño al lavabo para lavarle la cara y las manos, que se había puesto perdidas de chocolate. Cuando iba a peinarlo, este se le escapó y fue corriendo al jardín.

—¡Eeeh!¿donde vas? —pero no intentó cogerlo, sabía que aquel niño era muy independiente.

El jardín de la institución era muy grande y se componía de varios bancos de madera blanca, muchas plantas y flores, además de un pequeño huertecito que cuidaban las hermanas, además había una fuente en el centro y Jonathan se entretuvo en chapotear en el agua, tratando de coger los escurridizos pececillos. Era pronto y en ese momento no había nadie allí, las demás hermanas estaban ocupándose de distraer a los demás niños en el interior.

De pronto, se levantó un viento que le revolvió los cabellos, pero el niño se sentía allí solo muy a gusto y comenzó a tararear una canción conocida, con palabras perfectas, como si en vez de tres, tuviera cinco o seis años.

Entonces el sol pareció irse de pronto y en su lugar apareció una luz anaranjada que recorrió el jardín iluminándolo. Jonathan dejó de inmediato de jugar y alzó la vista sorprendido, vio un objeto ovalado que cruzaba lentamente el cielo, volando a poca altura y emitiendo un casi imperceptible zumbido. Su luz anaranjada rastreó los arbustos y la cara del niño.

Jonathan lo señaló inquieto y quiso avisar a alguien, corrió para dentro y casi se choca con la hermana Peterson.

—¡Hooola, a ti te estaba yo buscando! ¿qué intentas decirme?¡oh!¡estás todo mojado, seguro que has vuelto a jugar en la fuente!— el niño le estiró del hábito mientras miraba hacia el jardín con desespero. Entonces a la hermana se le ocurrió una idea— ¿que no sabes hablar? Explícamelo, sino no puedo ayudarte. —el niño paró de estirarle y la miró desconsolado, luego salió al jardín y buscó por el cielo, a ver si lo veía. El cielo se cubrió de nubes y se oyeron extraños ruidos, como truenos. Entonces se acercó otra de las monjas, parecía muy excitada.

—¡Algo está sobrevolando el orfanato, parece una especie de avión!

Salieron las dos al jardín y vieron como el extraño artefacto se mantenía inmóvil a poca altura, donde se encontraba el niño. Éste tampoco se movía y parecía mirarlo fascinado, el viento le daba fuertemente en la cara, pero éste no parecía notarlo, casi se podía decir que se había quedado como en trance, con una suave luz anaranjada que le daba en el rostro. Algunas monjas más vinieron alertadas por los gritos de la primera y la hermana Peterson se persignó diciendo en un susurro:

—¡Dios Santo...!

Fue donde estaba Jonathan y lo estiró de un brazo tratando de alejarlo de allí, éste quiso desasirse protestando, pero finalmente fue llevado para dentro junto a las demás y cerraron las puertas con llave temerosas.

Jonathan comenzó a llorar desconsolado, pues quería quedarse fuera. Otra de las hermanas observó por una de las ventadas y anunció aliviada que la extraña nave ya se alejaba. Entonces se oyó un fuerte estallido y comenzó a caer la lluvia.

Durante el resto de la mañana las monjas hicieron sus tareas domesticas y algunas se ocuparon de los niños, leyéndoles cuentos o cantando, todas eran monjas muy jóvenes, la mayoría todavía novicias.

La hermana Peterson estuvo unos minutos arrodillada frente al niño, observándole detenidamente la cara por si le habían hecho algo con aquella luz. Pero como no vio nada raro, después del almuerzo, una vez Jonathan apagó las velas del pastel con expresión ceñuda, los niños volvieron a la sala de juegos y allí organizaron actividades y pintaron.




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