Hay personas que no necesitan levantar la voz para hacerte sentir fuera de lugar.
Solo necesitan aparecer.
El aire se sentía más pesado esa mañana.
Lottie no estaba segura de si era el clima, el ambiente… o ella misma, que desde que había puesto un pie ahí no había logrado encontrar un punto medio entre el control y el caos. Tempestad no era fácil —eso era evidente—, pero tampoco era imposible. Y ese pequeño detalle, ese mínimo avance que había sentido unos minutos antes… era suficiente para desestabilizarla más de lo que quería admitir.
Porque significaba que el problema no era solo el caballo.
—Afloja.
La voz de Sebastián llegó desde detrás, baja, directa.
Demasiado cerca para ignorarla.
Lottie no volteó. Mantuvo la vista fija al frente, en la ligera tensión del cuello de Tempestad, en el movimiento contenido de sus orejas, como si concentrarse en eso fuera suficiente para bloquear todo lo demás.
—Lo estoy haciendo —respondió.
—No.
Pausa.
—Eso no es aflojar —continuó él—. Eso es fingir que lo haces.
Lottie apretó la mandíbula, sintiendo cómo esa pequeña presión se trasladaba directamente a las riendas. Y, como si fuera una extensión de ella, Tempestad reaccionó al instante, moviendo la cabeza con incomodidad, sin llegar a tensarse por completo… pero tampoco relajándose.
Todo era así con él.
Todo dependía de detalles mínimos.
—¿Siempre tienes algo que decir? —murmuró, sin poder evitarlo.
—Cuando hace falta.
El comentario fue simple.
Pero suficiente para irritarla.
Lottie soltó apenas la presión en sus manos, obligándose a respirar más lento, a no reaccionar de inmediato como siempre hacía. Tempestad no se apartó. No retrocedió. Solo se quedó, atento, como si también estuviera esperando ver qué hacía ella después.
Y por un segundo…
todo se estabilizó.
—¿Ves? —murmuró Sebastián.
Lottie exhaló, sin apartar la mirada del caballo.
—No cantes victoria.
—No lo hago.
Pausa.
—Tú sí.
Eso fue lo que la hizo girarse.
—¿Perdón?
Pero no tuvo tiempo de continuar.
—Interesante.
La voz no era alta.
No lo necesitaba.
Era suave, elegante… y lo suficientemente afilada como para cortar el momento sin esfuerzo.
El cambio fue inmediato.
Lottie se tensó antes siquiera de girarse, como si su cuerpo reconociera esa presencia antes que su mente.
Camille.
—No sabía que ahora trabajabas en equipo —añadió, acercándose con esa calma calculada que siempre la hacía parecer completamente fuera de lugar… y al mismo tiempo, en control de todo.
Lottie giró lentamente.
Y ahí estaba.
Impecable, como siempre. El uniforme sin una sola arruga, la postura perfecta, la mirada fija en ellos como si estuviera evaluando cada detalle. No solo lo que hacían… sino lo que significaba.
Y eso era lo que más molestaba.
—No es asunto tuyo —respondió Lottie, manteniendo la voz firme.
Camille esbozó una sonrisa leve, apenas suficiente para notarse.
—Todo aquí es asunto mío.
Sebastián soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro que sí.
Camille giró la cabeza hacia él.
Y por un segundo…
algo cambió.
Algo más frío.
Más personal.
—No pensé que te dejarían acercarte otra vez a un caballo.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Como si el aire se hubiera detenido.
Lottie frunció el ceño, mirando de uno a otro.
—¿Qué se supone que significa eso?
Nadie respondió.
Camille no apartó la mirada de Sebastián, como si Lottie hubiera dejado de estar ahí por completo.
—Supongo que Valmont está más desesperado de lo que creía.
—O tú estás más pendiente de lo que deberías —respondió él, tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y eso fue lo que más le llamó la atención a Lottie.
Porque no era normal.
No en él.
Camille inclinó ligeramente la cabeza, observándolo.
Editado: 19.04.2026