Hay cosas que no vuelves a hacer…
no porque no puedas,
sino porque sabes exactamente cómo terminan.
POV Sebastián
La vio caer antes de que pasara.
No fue intuición.
No fue suerte.
Fue costumbre.
El momento en que Lottie tensó las riendas, el cambio mínimo en la postura, la forma en que dejó de escuchar al caballo para volver a hacer lo que siempre hacía… Sebastián ya sabía cómo iba a terminar.
Siempre terminaba igual.
Y aun así… no se movió lo suficientemente rápido.
El golpe seco contra el suelo le llegó más fuerte de lo que esperaba.
No por el sonido.
Sino por lo que significaba.
Otra vez.
Apretó la mandíbula, manteniéndose en su lugar un segundo más de lo necesario, como si su cuerpo dudara entre acercarse o hacer exactamente lo que terminó haciendo:
Nada.
Porque ya había estado ahí antes.
Y sabía cómo acababa eso.
El resto fue ruido.
Voces.
Movimiento.
Miradas.
Nada importante.
Lo único que importaba era que ella se levantó.
Y eso… fue suficiente.
Se giró antes de que alguien más dijera algo.
Antes de que Camille abriera la boca.
Antes de que Lottie lo mirara.
Porque no quería ver eso.
No otra vez.
No en alguien más.
Caminó sin prisa, pero sin detenerse, alejándose de la pista como si no hubiera nada que lo retuviera ahí. Como si todo eso no tuviera nada que ver con él.
Mentira.
Lo sabía.
Lo había sabido desde el momento en que aceptó quedarse.
El sonido de pasos detrás de él no tardó en alcanzarlo.
—Sabía que ibas a hacer eso.
Sebastián no se detuvo.
Reconocería esa voz en cualquier parte.
—Vete, Mateo.
—No.
Por supuesto que no.
Mateo Salvatore se colocó a su lado con la misma facilidad de siempre, como si no existiera una distancia real entre lo que uno quería y lo que el otro hacía.
—Te fuiste —continuó—. Otra vez.
Sebastián exhaló lentamente.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es.
Pausa.
—Siempre lo es cuando tú decides desaparecer justo cuando las cosas se complican.
Sebastián se detuvo.
No por las palabras.
Sino por lo fácil que le resultaba a Mateo decirlas.
Como si no costaran.
Como si no significaran nada.
—No desaparecí —respondió finalmente.
—No —repitió Mateo, cruzándose de brazos—. Solo te hiciste a un lado. Que es lo mismo.
Silencio.
Sebastián desvió la mirada, apoyándose contra la cerca más cercana, observando sin ver realmente nada. El movimiento del hípico seguía, constante, como si nada hubiera pasado. Como si ese tipo de cosas fueran normales.
Para ellos, tal vez lo eran.
Para él… no.
—No iba a cambiar nada —dijo.
Mateo soltó una risa breve, sin humor.
—Eso es lo que te dices para no meterte.
Sebastián no respondió.
Porque no había nada que responder.
Porque en el fondo… sabía que no era verdad.
—La viste —añadió Mateo—. Sabías que iba a pasar.
Silencio.
—Siempre lo sabes.
Esa vez sí lo miró.
—¿Y qué querías que hiciera?
Mateo sostuvo su mirada.
—Lo que hiciste antes.
El aire cambió.
Apenas.
Pero suficiente.
Sebastián apretó la mandíbula.
—No es lo mismo.
—No —dijo Mateo—. No lo es.
Pausa.
—Pero tampoco es diferente.
Eso lo hizo apartar la mirada de nuevo.
Porque sí lo era.
Porque esta vez no era solo un error.
No era solo alguien que no sabía manejar un caballo.
Editado: 19.04.2026