Hay lugares donde nadie te está mirando…
y aun así, sientes que no puedes esconderte.
La residencia no era silenciosa.
Pero tampoco tenía el mismo ritmo que la pista.
Ahí, el ruido era distinto. Más disperso. Más humano. Puertas que se abrían y cerraban sin sincronía, conversaciones a media voz en los pasillos, pasos que no seguían ningún patrón en particular. Nada estaba diseñado para verse perfecto.
Y eso… era extraño.
Lottie lo notó desde el momento en que cruzó la entrada.
No porque fuera la primera vez que estaba ahí. No lo era. Pero siempre había sido un lugar de paso. Algo secundario. Un espacio donde descansar, cambiarse, desconectarse antes de volver a lo importante.
Ahora no.
Ahora se sentía diferente.
Tal vez porque lo único que tenía para hacer era pensar.
Y eso nunca era buena idea.
Cerró la puerta detrás de ella con más cuidado del necesario, dejando que el sonido se perdiera suavemente en el pasillo. Su reflejo en el pequeño espejo junto a la pared le devolvió una imagen que no le gustó demasiado: el cabello ligeramente desordenado, la tensión aún visible en los hombros, esa expresión que no terminaba de decidir si estaba molesta… o algo peor.
Suspiró.
No tenía sentido seguir dándole vueltas.
Se dejó caer en la cama sin quitarse las botas, mirando al techo como si ahí pudiera encontrar una respuesta que no había logrado en todo el día.
No había sido el caballo.
Eso era lo que más le molestaba.
No había sido Tempestad quien lo había complicado todo. Ni siquiera había sido Camille, aunque su presencia siempre terminara empeorando cualquier situación.
Había sido él.
Sebastián.
Y la forma en que todo cambiaba cuando estaba cerca.
Cerró los ojos un segundo, intentando ignorar ese pensamiento antes de que tomara más forma de la que debería.
No lo logró.
—¿Día complicado?
La voz la hizo abrir los ojos de inmediato.
Sofía estaba apoyada contra el marco de la puerta, observándola con esa mezcla de curiosidad y preocupación que ya empezaba a resultarle familiar.
Lottie se incorporó apenas, apoyándose sobre los codos.
—Algo así.
Sofía entró sin pedir permiso, cerrando la puerta detrás de ella con un gesto automático.
—Algo así suena a que no quieres hablar de eso.
—Porque no quiero.
—Perfecto —respondió Sofía con naturalidad—. Entonces voy a asumir cosas.
Lottie dejó escapar una pequeña exhalación, medio divertida, medio cansada.
—Claro.
Sofía se dejó caer en la cama de al lado, cruzando una pierna sobre la otra.
—Primero —empezó—, te caíste.
—Gracias por el resumen.
—Segundo, no fue solo el caballo.
Silencio.
—Y tercero —continuó—, Sebastián tiene algo que ver.
Lottie no respondió de inmediato.
Miró hacia otro lado, como si eso fuera suficiente para evitar la conversación.
No lo fue.
—No tiene nada que ver con eso.
—Claro.
El mismo tono que usaba siempre.
El que decía exactamente lo contrario.
—Sofi…
—No —la interrumpió—. No tienes que explicármelo si no quieres. Pero tampoco finjas que no está pasando nada.
Lottie apretó ligeramente los dedos contra la tela de la cama.
Porque no era tan fácil.
Porque no sabía cómo explicarlo sin que sonara más complicado de lo que ya era.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Silencio.
Lottie se tomó un segundo más de lo necesario antes de responder.
—No lo entiendo.
La confesión salió más baja de lo que esperaba.
Pero fue suficiente.
Sofía no dijo nada de inmediato. Solo la observó, como si estuviera esperando a que continuara.
Y Lottie lo hizo.
Porque ya no tenía sentido guardárselo.
—Con él… todo es distinto —añadió—. No es como entrenar con alguien más. No es como con Nicolas, ni con nadie.
Sofía alzó una ceja.
—Eso suena sospechoso.
—No es eso.
—Ajá.
Lottie rodó los ojos, pero no insistió.
Editado: 05.05.2026