No sueltes las riendas

Capítulo 15 - Donde no puede equivocarse

No es el miedo a caer lo que te detiene…
es saber exactamente cómo se siente cuando pasa.

POV Sebastián

El gimnasio olía a metal y esfuerzo.

Nada que ver con la pista.

Ahí no había tierra, ni viento, ni ese silencio incómodo que se instalaba cuando todo dependía de un solo movimiento mal hecho. Aquí todo era más simple. Más directo. Levantar, soltar, repetir. Sin caballos. Sin miradas. Sin… ella.

Y aun así, no era suficiente.

Sebastián dejó la barra caer con un golpe seco, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras recuperaba el aire. No estaba cansado. No realmente. Había entrenado más duro antes.

Pero no lograba concentrarse.

No desde la noche anterior.

No desde que se había quedado ahí más tiempo del que debía.

No desde que había visto la forma en que Lottie no se alejaba.

Apretó la mandíbula.

Error.

Lo sabía.

Desde el principio.

—Te vas a romper algo si sigues así.

La voz llegó desde la entrada sin esfuerzo.

Mateo.

Por supuesto.

Sebastián no levantó la mirada de inmediato.

—No estoy haciendo nada diferente.

—Claro —respondió Mateo, entrando y apoyándose contra la pared—. Solo llevas media hora haciendo lo mismo sin parar.

Silencio.

Sebastián tomó una toalla cercana, pasándola por su nuca sin responder.

—La competencia empieza hoy —añadió Mateo—. Pensé que estarías en la pista.

—No compito.

—Nunca dije que sí.

Pausa.

—Pero igual estás más atento de lo que deberías.

Sebastián dejó la toalla a un lado.

—No es asunto tuyo.

Mateo soltó una risa breve.

—Eso ya lo dijiste.

Pausa.

—Y tampoco era verdad entonces.

El silencio volvió.

Pesado.

Familiar.

—La viste ayer —continuó Mateo—. Y hoy no estás ahí.

Sebastián finalmente levantó la mirada.

—¿Y?

Mateo sostuvo su mirada sin problema.

—Y que sabes exactamente lo que va a pasar.

El comentario no fue acusador.

Fue peor.

Porque era cierto.

Porque no necesitaba decir más.

Sebastián exhaló lentamente, incorporándose.

—Va a estar bien.

Mateo arqueó una ceja.

—¿Eso es lo que te dices o lo que quieres creer?

No respondió.

Porque no había diferencia.

Porque no sabía cuál de las dos era.

—Si no vas a intervenir —añadió Mateo—, deberías dejar de mirar.

Sebastián lo miró de nuevo.

—No estoy mirando.

—Claro.

El mismo tono.

El mismo que él mismo usaba.

Y eso lo irritó más de lo que debería.

—No es lo mismo.

—No —respondió Mateo—. No lo es.

Pausa.

—Antes sabías cuándo acercarte.

Silencio.

Eso lo dejó quieto un segundo más de lo necesario.

—Ahora solo… te quedas.

El golpe fue directo.

Y preciso.

Sebastián apretó los dedos alrededor de la barra, sintiendo cómo la presión le ayudaba a mantenerse en el presente.

—No voy a repetirlo.

—Nadie te está pidiendo que lo hagas.

Pausa.

—Pero tampoco puedes fingir que no te importa.

Sebastián soltó la barra con más fuerza de la necesaria.

—No me importa.

Mateo no respondió de inmediato.

Solo lo observó.

Evaluándolo.

—Claro —murmuró finalmente—. Por eso estás aquí.

Silencio.

Sebastián apartó la mirada.

Porque no tenía sentido seguir con eso.

Porque no iba a cambiar nada.

Porque no importaba.

…o al menos, eso intentaba convencerse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.