No sueltes las riendas

Capítulo 18 - Lo que no se puede deshacer

Hay decisiones que no se piensan…
simplemente pasan.

Y después… ya no hay forma de fingir que no importaron.

Lottie no durmió bien.

No fue por la competencia.

Ni por el cansancio.

Ni siquiera por el dolor leve que aún sentía en el cuerpo después del recorrido.

Fue por el silencio.

Ese que se instalaba cuando todo se calmaba y ya no había distracciones suficientes para ignorar lo que había pasado. Porque durante el día era fácil. Había ruido, gente, movimientos constantes, decisiones rápidas que tomar.

Pero en la noche…

todo se quedaba.

Y no había forma de apartarlo.

Giró sobre la cama una vez más, mirando el techo como si ahí pudiera encontrar una forma de ordenar pensamientos que ya no seguían ningún tipo de lógica. Tempestad, la competencia, Nicolas, Camille…

Y él.

Siempre terminaba ahí.

Cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera hacer desaparecer la imagen de la noche anterior, la forma en que se había acercado, lo fácil que había sido no alejarse.

Error.

Se incorporó antes de seguir pensando.

Quedarse ahí no iba a ayudar.

Nunca lo hacía.

Se cambió sin hacer ruido, saliendo de la habitación con una intención que ni siquiera tenía clara. El pasillo estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces bajas que dejaban sombras largas contra las paredes.

No había nadie.

Perfecto.

O eso pensó.

El gimnasio estaba abierto.

Siempre lo estaba.

Lottie entró sin hacer ruido, dejando que el aire más frío le despejara un poco la cabeza. El espacio estaba vacío… o al menos, eso creyó hasta que escuchó el sonido seco del metal al tocar el suelo.

Demasiado tarde para retroceder.

Sebastián no levantó la mirada de inmediato.

Estaba apoyado sobre la barra, respirando más lento de lo que indicaba el esfuerzo reciente, como si ya hubiera terminado y simplemente no se hubiera ido.

Como si estuviera ahí por otra razón.

Lottie dudó un segundo.

Podía irse.

Debería hacerlo.

No lo hizo.

—No pensé que fueras de madrugar.

La voz salió antes de que pudiera evitarlo.

Sebastián levantó la mirada.

Y por un segundo…

todo volvió a ese punto incómodo.

Ese donde ninguno sabía exactamente qué hacer.

—No estoy madrugando.

Respuesta simple.

Pero no vacía.

Lottie dio un par de pasos más dentro del gimnasio, manteniendo una distancia que no era suficiente para sentirse cómoda… pero tampoco tan cercana como para que se volviera imposible ignorarlo.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Sebastián soltó una pequeña exhalación, pasando la mano por la nuca antes de responder.

—Lo mismo que tú.

Silencio.

Lottie apoyó la espalda contra una de las máquinas, cruzándose de brazos.

—No puedo dormir.

La confesión salió sin filtro.

Y esta vez…

no la corrigió.

—Yo tampoco.

La respuesta llegó igual de directa.

Sin adornos.

Sin intención de suavizarla.

Y eso…

la hizo quedarse quieta un segundo más de lo necesario.

Porque no esperaba eso.

Porque no era lo que él hacía.

—Pensé que no te afectaba nada.

Sebastián soltó una pequeña risa sin humor.

—No es lo mismo.

—¿Entonces qué es?

Silencio.

Más largo.

Más consciente.

—Depende.

Lottie frunció el ceño.

—¿De qué?

Sebastián la miró.

Directo.

—De qué tan cerca estés.

La frase no era complicada.

Pero el peso que tenía…

sí lo era.

Y eso lo cambió todo.

Lottie sintió cómo algo se tensaba en su pecho, esa misma sensación que aparecía cada vez que la conversación dejaba de ser superficial, cada vez que dejaban de hablar de caballos, de entrenamiento, de cualquier cosa que no fuera esto.

Esto que no tenía nombre.

Esto que no deberían estar haciendo.

—No deberíamos…

No terminó la frase.

Porque no sabía cómo hacerlo.

Porque ninguna opción sonaba bien.

Sebastián dio un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente.

—Lo sé.

Más cerca ahora.

Más presente.

—Entonces, ¿por qué…?

La pregunta se quedó en el aire.

Incompleta.

Y aun así… clara.

Sebastián no respondió de inmediato.

Y ese silencio…

fue peor.

Porque no era evasión.

Era decisión.

—Porque tampoco quieres irte.

El golpe fue directo.

Y esta vez…

no hubo forma de negarlo.

Lottie bajó la mirada apenas un segundo, notando lo cerca que estaba ahora, la mínima distancia que quedaba entre ellos, el espacio que antes era suficiente… y que ahora ya no existía realmente.

Podía alejarse.

Debería hacerlo.

No lo hizo.

Porque esta vez…

no quería.

El momento no fue planeado.

No hubo intención clara.

No hubo lógica.

Solo pasó.

Un impulso.

Una reacción.

Un segundo en el que todo lo demás dejó de importar.

El beso fue breve.

Pero no suave.

No como algo pensado.

Fue más bien…

respuesta.

Como si todo lo que habían estado evitando se hubiera comprimido en ese instante.

Y cuando se separaron—

el silencio fue absoluto.

Más fuerte que cualquier ruido.

Más incómodo que cualquier discusión.

Lottie se quedó quieta.

Sin moverse.

Sin entender completamente lo que acababa de pasar.

—¿Qué…?

La palabra se quedó a medias.

Porque no había forma de terminarla.

Sebastián tampoco se movió.

Pero algo en su expresión había cambiado.

No era sorpresa.

No completamente.

Era otra cosa.

Algo más difícil de identificar.

—No debimos…

Esta vez él sí terminó la frase.

Pero no sonó convencido.

Y eso fue lo peor.

Lottie dio un paso atrás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.