No sueltes las riendas

Capítulo 19 - Lo que cambia todo

Hay errores que sabes que lo son…
incluso antes de que terminen de pasar.

POV Sebastián

No fue un accidente.

Eso fue lo primero que tuvo claro.

No fue impulso ciego, ni confusión momentánea, ni una de esas decisiones que se toman sin pensar. No del todo. Hubo un segundo —uno muy específico— en el que pudo detenerse.

Y no lo hizo.

Sebastián apoyó las manos contra el lavabo, mirando su reflejo sin verlo realmente. El agua seguía corriendo, golpeando la cerámica con un sonido constante que debería haberlo ayudado a concentrarse.

No funcionó.

Nada lo hacía.

Porque cada vez que intentaba ordenar lo que había pasado, terminaba en el mismo punto:

Demasiado cerca.
Demasiado fácil.
Demasiado… claro.

Apretó la mandíbula.

Error.

Siempre el mismo.

Cerró el grifo con más fuerza de la necesaria, enderezándose lentamente, como si eso fuera suficiente para recomponerse. No lo era.

Nada lo era.

Salió del baño sin mirar atrás, cruzando el pasillo de la residencia con pasos más controlados de lo que realmente se sentía. Las luces seguían bajas, el silencio casi completo, pero ya no era el mismo de antes.

Ahora pesaba.

Más.

Porque ya no era solo él.

Era ella.

Y eso…

lo cambiaba todo.

Bajó las escaleras sin pensarlo demasiado, dirigiéndose al exterior antes de detenerse a considerar otra opción. El aire frío le golpeó de inmediato, despejando lo justo para evitar que todo se sintiera demasiado cerrado.

No ayudó.

Porque el problema no era el lugar.

Era lo que no podía ignorar.

El camino hacia los establos estaba vacío, iluminado apenas por las luces laterales que dejaban sombras largas sobre el suelo. Todo parecía más tranquilo ahí, más estable.

Más fácil de manejar.

Mentira.

Tempestad levantó la cabeza cuando entró.

No inquieto.

No agresivo.

Solo… atento.

Como si reconociera algo.

Sebastián se apoyó contra la madera, cruzando los brazos sin apartar la mirada del caballo.

—No fue idea mía.

La frase salió sola.

No como excusa.

Como hecho.

Tempestad resopló suavemente, moviéndose apenas dentro del espacio reducido, como si esa tensión que él intentaba ignorar también lo alcanzara.

—Tampoco la detuve.

Eso fue lo más cercano a una admisión que iba a permitir.

El silencio volvió.

Pero no fue incómodo.

Fue claro.

Demasiado.

—Sabía que iba a pasar algo —añadió en voz baja—. Solo no pensé que fuera eso.

Y eso…

era el problema.

Porque había sido fácil.

Demasiado.

Y nada que fuera fácil con ella…

terminaba bien.

El sonido de pasos lo sacó de ese punto antes de que siguiera pensando más de la cuenta.

No necesitó girarse para saber quién era.

—Así que sí pasó.

Mateo.

Por supuesto.

Sebastián no se movió.

—No es asunto tuyo.

—Claro que lo es.

El tono fue distinto esta vez.

Menos ligero.

Más directo.

Mateo se apoyó a su lado, mirando al caballo como si esa fuera la conversación real.

—Porque cuando tú decides meterte en algo… siempre termina igual.

Silencio.

Sebastián no respondió.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

—No es lo mismo.

La respuesta llegó más rápida de lo que esperaba.

—No —admitió Mateo—. No lo es.

Pausa.

—Pero tampoco es diferente.

Eso lo hizo girarse.

—No sabes de qué estás hablando.

Mateo lo miró.

Directo.

—Sé lo suficiente.

Silencio.

Otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.