Hay cosas que empiezan como un error…
hasta que dejan de serlo.
Y entonces…
se vuelven imposibles de ignorar.
El aire en el hípico se sentía distinto.
No era el viento, ni el sonido de los cascos golpeando la arena, ni siquiera el olor a cuero y heno que siempre llenaba los pulmones de Lottie con una calma casi automática.
Era tensión.
Pesada. Densa. Como si algo estuviera a punto de estallar… y todos, de alguna forma, lo supieran.
No era algo visible.
No del todo.
Pero estaba ahí.
En los silencios más largos de lo normal.
En las miradas que se sostenían apenas un segundo de más.
En la sensación constante de que algo había cambiado… aunque nadie lo dijera en voz alta.
Lottie caminaba por el pasillo de los establos con el corazón latiéndole demasiado rápido. No había dormido bien.
No después de eso.
Ese beso.
Ese maldito beso que no debía haber pasado.
Y, aun así, lo sentía todavía.
En los labios.
En el pecho.
En la forma en que su cuerpo reaccionaba cada vez que pensaba en él.
Apretó los dientes.
—No —murmuró para sí misma—. No vas a caer en esto.
Pero ya había caído.
Y lo sabía.
Y lo peor…
es que no estaba segura de querer salir.
El sonido de los caballos, de los mozos moviéndose entre los pasillos, de las puertas de los boxes abriéndose y cerrándose… todo seguía igual.
Normal.
Pero ella no.
Y eso hacía que todo se sintiera distinto.
Más intenso.
Más incómodo.
Más real.
🐎🐎🐎🐎
POV Sebastián
El gimnasio de la residencia estaba casi vacío a esa hora, con una iluminación blanca que hacía que todo se sintiera más frío, más crudo. El eco de cada golpe rebotaba en las paredes como si el lugar mismo absorbiera la tensión.
Sebastián estaba ahí.
Solo.
Descargando su frustración golpeando el saco con una fuerza que no era normal.
El sonido seco de cada impacto retumbaba en las paredes del gimnasio privado de la residencia, llenando el espacio con una violencia contenida que no terminaba de liberarse.
Su camiseta estaba empapada.
Su respiración descontrolada.
Los nudillos enrojecidos.
Y aun así…
no paraba.
Un golpe.
Otro.
Más fuerte.
Como si quisiera borrar algo.
O sacárselo del cuerpo a la fuerza.
—Te vas a romper la mano si sigues así.
La voz lo detuvo.
No de inmediato.
Un golpe más.
Hasta que finalmente se detuvo, apoyando las manos en el saco, respirando con dificultad antes de girarse lentamente.
El entrenador.
Apoyado contra la pared, observándolo como si pudiera ver exactamente lo que estaba pasando dentro de su cabeza.
—No es asunto tuyo —gruñó Sebastián, limpiándose el sudor con el antebrazo.
El entrenador soltó una pequeña risa sin humor.
—Cuando afecta tu rendimiento, sí lo es.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
—Te estás distrayendo —continuó, cruzándose de brazos—. Y tú no eres de los que se distraen.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Estoy bien.
—No —respondió con calma—. No lo estás.
Un segundo.
Dos.
—Es la chica.
Eso sí lo hizo reaccionar.
Sus ojos se endurecieron al instante.
—Cállate.
—Lottie —insistió, ignorándolo por completo—. Desde que llegó, todo cambió.
Sebastián dio un paso hacia él.
Amenazante.
—No la metas en esto.
El entrenador no retrocedió.
Ni un centímetro.
—Entonces deja de actuar como si ya estuvieras demasiado metido.
Editado: 26.05.2026