Hay heridas que sanan.
Y hay otras que simplemente aprendes a esconder.
POV Sebastián
Sebastián no la vio durante toda la mañana y eso no debería haberle importado, o al menos eso era lo que intentaba decirse; porque Lottie no tenía obligación de buscarlo, ni de escribirle, ni de aparecer. Y aun así, la ausencia empezó a pesar demasiado rápido. La buscó sin admitirlo en la pista principal, en los establos, cerca del paddock e incluso en el sendero que rodeaba la residencia; hasta levantó la vista más veces de las necesarias durante el desayuno. Nada. Ni rastro.
Y lo peor era que empezaba a sospechar que no era casualidad: ella estaba evitándolo.
La idea le resultó incómoda. Porque durante años había sido él quien ponía distancia, él quien desaparecía, él quien decidía cuánto mostraba y cuánto ocultaba. Ahora los papeles parecían invertirse. Y no le gustaba. Nada.
🐎🐎🐎🐎
El gimnasio privado estaba vacío, como casi siempre; esa era una de las razones por las que lo utilizaba. No había preguntas, no había espectadores, no había ojos observando; solo silencio y esfuerzo, mucho esfuerzo. Las ventanas altas dejaban entrar la luz de la mañana, el polvo flotaba lentamente en el aire y el lugar olía a caucho, metal y madera vieja. Sebastián dejó la toalla sobre una banca, se estiró y comenzó. No porque quisiera, sino porque necesitaba hacerlo.
Siempre era igual. Al principio todo parecía normal, controlado, manejable… hasta que aparecía el dolor. No era insoportable, nunca lo había sido, y ese era precisamente el problema.
Porque la gente imaginaba que las lesiones importantes eran espectaculares, dramáticas, obvias. La realidad era mucho peor. A veces simplemente permanecían ahí, recordándote cada día lo que habías perdido. Un movimiento, una torsión, una presión equivocada y aparecía, como una sombra, como una advertencia.
Sebastián apretó la mandíbula y continuó. Otra repetición, y otra, y otra más, hasta que el sudor comenzó a deslizarse por su cuello. Hasta que el músculo volvió a protestar. Hasta que el cuerpo le recordó una vez más que ya no era el mismo. Nunca volvería a serlo.
—Sigues siendo un idiota.
Sebastián levantó la vista.
Su tío estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándolo. Otra vez.
—Buenos días para ti también.
—No.
Su tío cruzó los brazos.
—No son buenos días.
Silencio.
Sebastián tomó agua.
—¿Qué quieres?
—Preguntarte cuánto tiempo más vas a seguir haciendo esto.
Ahí estaba… la pregunta; la misma de siempre, con palabras distintas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo más vas a seguir fingiendo que todavía puedes volver?
El aire pareció volverse más pesado.
Sebastián bajó la botella lentamente.
—No estoy fingiendo nada.
—¿Ah, no?
—No.
—Entonces dime qué haces aquí cada mañana.
No respondió, porque no tenía una respuesta que no sonara ridícula.
Su tío soltó aire, cansado; más cansado de lo que parecía.
—Han pasado años, Sebastián.
Silencio.
—Lo sé.
—No parece.
Eso golpeó más fuerte de lo esperado, porque parte de él sabía que era verdad. Y odiaba admitirlo.
—Ya basta.
—No.
Su tío negó lentamente.
—Todavía no.
Sebastián apartó la mirada, y eso fue suficiente para que ambos entendieran algo… la conversación había terminado, pero el problema seguía ahí. Como siempre.
🐎🐎🐎🐎
Por la tarde, Sebastián terminó encontrándose frente a la puerta de la habitación de Lottie sin recordar exactamente cómo había llegado ahí. Se quedó quieto, mirando la madera. Ridículo. Completamente ridículo, porque no era como si fuera la primera vez que entraba; y aun así, dudó. Solo un segundo, antes de abrir.
La habitación estaba vacía. Silenciosa. Demasiado. Y algo en esa ausencia le resultó incómodo mientras la puerta se cerró detrás de él, despacio. El cuarto seguía viéndose exactamente igual y, al mismo tiempo, no.
Había libros sobre el escritorio, una libreta abierta, un lápiz olvidado sobre varias hojas, una sudadera colgada de forma desastrosa sobre una silla y una taza vacía. Sebastián soltó una pequeña risa, porque eso sí era completamente ella: el desorden organizado, el caos funcional.
Se acercó al escritorio, sin intención de revisar nada, solo observando, hasta que encontró una hoja llena de anotaciones: nombres de caballos, horarios y pequeñas observaciones escritas en los márgenes. Algunas palabras rodeadas por círculos, flechas, comentarios y, entre todo eso, un dibujo horrible de un caballo.
Editado: 09.06.2026