No sueltes las riendas

Capítulo 34 - La primera verdad parte 1

Hay verdades que no llegan de golpe.

Primero aparecen como pequeñas grietas.

Lottie descubrió que lo más difícil de una discusión no era el momento en que ocurría, no era escuchar palabras que dolían, ni ver a la otra persona alejarse; lo más difícil era después, cuando todo quedaba en silencio y ya no había nada más que decir. Era en ese instante cuando la mente empezaba a repetir cada frase una y otra vez, buscando el punto exacto donde todo había cambiado.

La noche había sido larga, demasiado larga, porque por primera vez desde que Sebastián había entrado en su vida, no había terminado buscándolo. No había ido a su habitación, no había esperado verlo aparecer en la puerta, ni había intentado arreglar algo que ninguno de los dos estaba listo para solucionar; y aun así, había dormido peor que nunca. Porque una parte de ella seguía esperando escuchar sus pasos en el pasillo, ese sonido que ya había aprendido a reconocer y la forma en que él siempre parecía aparecer cuando ella más lo necesitaba. Solo que esta vez no pasó, y quizás eso era lo que más le dolía; no que estuvieran molestos, sino descubrir que ambos podían quedarse quietos, aunque ninguno quisiera hacerlo.

Cuando Lottie abrió los ojos, antes de que sonara la alarma, durante unos segundos no recordó dónde estaba; solo sintió esa sensación extraña de despertar después de una noche pesada, como si su cuerpo hubiera descansado pero su cabeza no. Se quedó mirando el techo, pensando… pensando demasiado, mientras la conversación con Sebastián volvía una y otra vez.

"No puedo hacer esto sola."

Había sido una frase sencilla, pero para ella había significado mucho más. No le estaba pidiendo que olvidara el pasado, ni le estaba exigiendo respuestas que quizá todavía no podía dar; solo quería dejar de sentir que estaba intentando acercarse a alguien que siempre daba un paso atrás.

Y eso era lo que no entendía, porque Sebastián era capaz de enfrentarse a una pista complicada, a un caballo difícil, a una competencia o a cualquier cosa que se pusiera frente a él. Pero cuando se trataba de hablar de sí mismo, se cerraba, como si su propia historia fuera el único lugar donde no se permitía entrar.

Lottie cerró los ojos y por un instante volvió a recordar otra versión de él…

El Sebastián de las noches tranquilas, el que no parecía tener miedo, el que podía quedarse cerca sin pensar demasiado, el que la abrazaba como si por unos minutos no existiera nada más. Ese Sebastián seguía ahí, ella lo sabía, y tal vez por eso era tan difícil alejarse, porque al final, no estaba perdiendo a alguien que no sentía nada; estaba intentando llegar a alguien que sentía demasiado.

🐎🐎🐎🐎

Al otro lado de la residencia, Sebastián tampoco había dormido; la diferencia era que él ya estaba acostumbrado al silencio, a cargar cosas que nunca decía y a fingir que todo estaba bajo control. Pero esa noche había sido diferente porque Lottie no había gritado, no había hecho una escena, ni había dicho algo de lo que pudiera defenderse; ella había dicho la verdad, y eso era mucho peor.

Sebastián estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas y mirando sus manos. Las mismas manos que durante años habían sostenido riendas; las mismas que habían aprendido a controlar un caballo antes que sus propios pensamientos.

Soltó aire lentamente.

Había pasado años evitando una conversación así, y, aun así, una parte de él siempre supo que llegaría.

Porque Lottie no era como los demás, no aceptaba respuestas incompletas. No porque quisiera invadir su espacio, sino porque le importaba. Y eso era precisamente, el problema; con otras personas podía mantener la distancia, podía desaparecer y podía dejar que creyeran lo que quisieran, pero con ella eso no funcionaba. Porque Lottie veía demasiado, veía cuando algo le dolía, veía cuando mentía y veía cuando intentaba fingir que estaba bien. Y lo peor era que casi siempre tenía razón.

Sebastián tomó su teléfono, abrió la conversación con ella y escribió.

"Perdón."

Se quedó mirándolo unos segundos y después lo borró; no porque no quisiera disculparse, sino porque sabía que no era suficiente. Un perdón no arreglaba años de silencio, un perdón no explicaba una fotografía, ni explicaba por qué había dejado atrás todo aquello que antes era su vida.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó.

Necesitaba verla.

Aunque solo fuera un segundo, aunque no hablaran… aunque todavía no supiera cómo decir lo que necesitaba decir.

🐎🐎🐎🐎

Lottie estaba terminando de arreglarse cuando escuchó unos pasos afuera. Se quedó quieta porque los reconoció antes de que tocara, y eso la molestó un poco; porque incluso después de todo, seguía sabiendo que era él. La puerta no se abrió, solo hubo un golpe suave… uno, dos.

Lottie se quedó mirando la puerta.

Una parte de ella quería quedarse ahí, esperar y hacer como si no hubiera escuchado; pero otra parte, la que todavía lo extrañaba, ya estaba caminando hacia ella.

Abrió.

Sebastián estaba ahí y, durante unos segundos, ninguno dijo nada. Él llevaba ropa sencilla; nada del jinete que todos conocían, nada de la persona segura que parecía tener respuestas para todo. Solo Sebastián… el que parecía cansado, el que parecía no saber exactamente qué hacer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.