No sueltes las riendas

Capítulo 34 - La primera verdad parte 2

Lottie no sabía qué esperaba de Camille; quizá una provocación, una frase que la hiciera dudar o uno de esos comentarios ambiguos que parecían no decir nada, pero que después se quedaban dando vueltas en su cabeza durante horas. Porque así había sido desde que llegó al hípico; Camille nunca decía algo completamente directo, siempre dejaba una parte escondida, como si supiera exactamente cuánto podía decir sin cruzar una línea.

Pero esta vez era diferente… no había esa expresión de superioridad, no había una sonrisa irónica, ni había esa distancia que Lottie ya había aprendido a reconocer; solo había cansancio, y algo que parecía mucho más parecido a preocupación.

Sebastián miró a Camille desde dentro del box, durante unos segundos nadie habló. Lottie sintió la tensión, pero no una tensión de pelea; era una más extraña, como si hubiera una conversación antigua entre ellos que ella todavía no conocía.

Finalmente, Sebastián salió del box; no dijo nada, solo miró a Camille y después a Lottie, como si quisiera preguntarle si estaba bien. Ella asintió ligeramente, no porque estuviera completamente tranquila, sino porque entendía que esa conversación era algo que necesitaba escuchar. Sebastián se quedó unos segundos más; parecía querer decir algo, pero al final solo hizo una pequeña inclinación de cabeza y se fue.

Lottie lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo; y Camille notó eso, claro que lo notó.

—Lo quieres mucho.

La frase la tomó desprevenida. Lottie volvió la mirada hacia ella.

—¿Eso era necesario decirlo?

Camille bajó la mirada.

—No —pausó—. Pero es verdad.

Lottie no respondió; porque lo era, y porque todavía estaba intentando entender qué significaba querer a alguien que parecía estar peleando contra una parte de sí mismo.

—¿Dónde quieres hablar? —preguntó.

Camille miró hacia la salida de los establos.

—Afuera.

🐎🐎🐎🐎

Caminaron en silencio; no hacia la residencia, no hacia el comedor, ni hacia los lugares donde siempre había demasiada gente. Caminaron hacia una zona lateral del hípico; un sendero que rodeaba parte de los terrenos donde había algunas bancas de madera bajo árboles grandes. Un lugar donde normalmente los jinetes descansaban después de entrenar, pero que a esa hora estaba casi vacío. Solo se escuchaban los sonidos lejanos de los caballos y el viento moviendo las ramas.

Camille se sentó, Lottie permaneció de pie unos segundos; no porque quisiera marcar distancia, sino porque todavía no sabía qué esperar.

—¿Por qué ahora? —la pregunta salió directa.

Camille levantó la mirada.

—¿Ahora qué?

—Hablar conmigo.

Silencio. Camille observó sus manos, como si estuviera buscando la manera correcta de decirlo.

—Porque antes no estabas lista.

Lottie frunció el ceño.

—¿Yo?

—Sí —pausó—. Y porque yo tampoco.

Eso no era la respuesta que esperaba.

—¿Tú tampoco?

Camille soltó aire lentamente.

—Lottie, hay cosas que son fáciles de contar cuando no importan.

Miró hacia los establos.

—Pero cuando una persona te importa, las cosas cambian.

Esa frase hizo que Lottie guardara silencio porque entendía perfectamente a qué se refería.

—¿Sebastián?

Camille no respondió inmediatamente, y esa pausa dijo más que cualquier palabra.

—Sí.

Lottie se sentó finalmente frente a ella.

—Entonces dime algo.

Camille esperó.

—¿Qué pasó con él? —no había enojo en su voz, no había exigencia… solo cansancio. El cansancio de llevar días intentando entender algo que todos parecían conocer menos ella.

Camille la observó.

—¿Qué crees que pasó?

Lottie dudó.

—Un accidente —silencio.

—Una lesión —pausó.

—Y después se retiró.

Camille bajó ligeramente la mirada.

—Eso es lo que todos creen.

El corazón de Lottie se aceleró.

—¿No fue así?

—Sí fue así —Camille hizo una pausa—. Pero no fue todo.

Y ahí estaba otra vez, la misma sensación, la misma puerta entreabierta; una parte de la verdad, nunca completa.

—¿Qué falta?

Camille tardó en responder.

—La persona que era Sebastián antes.

Lottie frunció el ceño.

—No entiendo.

—Porque tú conociste la versión después.

La frase le dolió un poco porque era cierto. Ella conocía al Sebastián que cargaba silencios, al que evitaba hablar, al que se alejaba cuando algo dolía; pero no conocía al otro, al que todos recordaban.




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