En el año 2000, mi vida no era perfecta, ni de película, pero era tranquila. Tenía ritmo y sentido. Por ese entonces tenía treinta y cinco años y trabajaba como profesora de educación física en una secundaria privada de Mar del Plata. Enseñaba a correr, a respirar, a cuidar el cuerpo. También intentaba inculcar valores, de esos que deberían venir de casa pero que algunos adolescentes parecían haber olvidado o nunca aprendido.
Mi camino en las artes marciales comenzó por pura necesidad de supervivencia. Intentaba escapar de una relación asfixiante, marcada por una violencia física y psicológica que me había dejado sin aire y sin identidad. Empecé con Krav Maga, buscando estrictamente defensa personal; necesitaba herramientas prácticas e inmediatas para sentir que podía protegerme si el miedo volvía a cruzar la puerta.
Sin embargo, en esa misma academia, decidí probar una clase de Jiu-Jitsu. No buscaba nada en particular, pero desde el primer minuto en el tatami, algo cambió. Me fascinó. Lo que empezó como una búsqueda desesperada de defensa se transformó, casi sin darme cuenta, en un estilo de vida. No solo aprendí a defenderme; el arte cambió mi forma de pensar, de moverme y de entender mi propia fuerza. Lo que nació como un escudo para sobrevivir se convirtió en la filosofía que me enseñó a vivir de nuevo.
La primera vez que me puse el gi —esa armadura de algodón duro—, la tela áspera se sintió extraña contra mi piel. Pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí cubierta, lista para pelear sin esconderme.
En la ciudad apenas se hablaba de la disciplina. Éramos pocos en el tatami y yo era la única mujer. Pero mis compañeros nunca me hicieron sentir distinta ni excluida. Entrenaba a la par; no me juzgaban, al contrario, me alentaban y me cuidaban, haciéndome sentir fuerte. Me enamoré de la disciplina, de la técnica, de esa sensación poderosa de saber que una podía caer, pero no por eso quedarse abajo.
Vivía sola en un departamento simple: cocina, comedor, baño y una habitación. Estaba ubicado a unas calles de la costa. Desde la ventana de mi habitación se veía un pedazo de cielo reflejándose en el mar. En verano dormía con las ventanas abiertas para que el sonido de las olas rompiendo en la escollera arrullara mi sueño.
Los domingos eran sagrados en casa de mis viejos. Mi padre haciendo asados, siempre con el delantal puesto, pasándole pedacitos de carne de contrabando a Mila, nuestra perra viejita, y a Michi, la gata carey. Mi madre cortando el pan como si fuera un ritual, preparando ensaladas. Matías, mi hermano menor, de veintisiete años, era el encargado de las bebidas. Ya sabía las preferencias de todos. Se pasaba la tarde criticando el fútbol y hablando de su sueño de viajar por el mundo. Yo llegaba con el postre; a veces helado, otras flan o gelatina. Siempre intentaba variar.
Durante la semana, después de dar clases, a veces me juntaba con mis amigos de toda la vida. De esos que te conocen desde que se te caían los mocos y tenías las rodillas raspadas. A la mayoría los conocía desde el jardín de infantes. Seguíamos en contacto, ya éramos como familia. Aunque cada uno tuviera su rutina o su pareja, siempre había tiempo para una juntada, unos mates o una llamada al teléfono fijo.
Otras veces me reunía con un grupo del barrio para ir al ciber. Éramos grandes para eso, lo sabíamos, pero no nos importaba. Jugábamos en red al Counter-Strike como si fuéramos soldados en una misión real, discutíamos estrategias a los gritos mientras comíamos papas fritas de paquete. Después íbamos a la casa de alguno a seguir viciando con las consolas, desde las viejas hasta la más moderna. Terminábamos viendo películas de terror, todos tirados en colchones en el suelo.
No vivíamos pendientes del celular. Usábamos el MSN para comunicarnos y, si queríamos vernos, pasábamos por la casa del otro o llamábamos al teléfono de línea.
Matías trabajaba como contador en una financiera. Siempre de camisa blanca mal planchada, con corbatas ridículas de dibujitos animados. Vivía en una especie de caos ordenado, en un departamento un poco más grande que el mío, a pocas cuadras.
Mi madre era ama de casa. Se encargaba de todo con una dedicación silenciosa. A veces invertía en ropa y salía a vender entre amigas o conocidos para hacerse unos pesos extra. Mi padre trabajaba como repartidor para una farmacéutica. Conocía cada calle, cada barrio, cada esquina de Mar del Plata como si fueran suyos. Se quejaba del tráfico, pero nunca llegaba tarde.
Yo cobraba un sueldo digno. Me alcanzaba para el alquiler, la academia, algún libro o CD, y salidas con amigos. No necesitaba más. Sentía que la vida me sonreía en cosas simples, y con eso me bastaba. Éramos felices a nuestra manera.
***
Y entonces llegó el 2001. Y con él... el temblor. Diciembre fue el principio del fin. La palabra corralito empezó a aparecer en todos lados: en los noticieros, en las charlas de los cafés, en los susurros nerviosos de la cola del supermercado. Era la nueva pesadilla de la clase media. Los ahorros de mis padres, guardados en dólares durante años de esfuerzo, quedaron congelados. Intocables e inútiles.
Al principio, sobrevivimos con lo justo. Mi madre estiraba cada peso, mi padre seguía en la farmacéutica, Matías y yo todavía cobrábamos, aguantábamos. Pero con los meses, todo se fue desmoronando.
El primero en caer fue mi viejo. La empresa cerró de un día para otro. Treinta años de trabajo, y ni una carta, ni una indemnización, ni una explicación. Solo una persiana baja y un hombre de sesenta años que, de repente, no sabía qué hacer con sus ganas de trabajar.
Después le tocó a Matías, cuando la financiera quebró. Una mañana fue a la oficina y se encontró con un papel pegado con cinta scotch en el vidrio: Cerrado hasta nuevo aviso.
Después, yo. La escuela empezó a atrasarse con los pagos. Primero unos días, después semanas. Nos pedían paciencia, decían que era algo temporal. No lo fue. A mitad de 2002, cerraron las puertas para siempre.
Editado: 04.07.2026