Entonces llegó la despedida, y no fue una sola; fueron muchas, lentas, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso para hacernos doler más cada día que me acercaba a mi partida.
Tuve que dejar de entrenar Jiu-Jitsu. Guardé el gi como un objeto sagrado, bien doblado, sintiendo por última vez esa tela áspera que había sido mi armadura. Lo acaricié como quien despide a un compañero de batalla. Enrollé el cinturón azul con un cuidado casi ritual; ese pedazo de tela que guardaba el registro de mi sangre y mi sudor. Lo subí todo al altillo, envuelto en plástico para que el polvillo no lo tocara. Me prometí volver a usarlo, aunque en el fondo la promesa sonaba a esas mentiras piadosas que uno se dice para no terminar de romperse.
Me despedí de mis alumnos, esos que me llamaban “profe Lau” y se me colgaban de los brazos después de cada clase. Les sonreí y les aseguré que nos veríamos pronto. No supe si les mentía a ellos o si me estaba aferrando yo a esa esperanza.
En la academia, el adiós con mis compañeros fue distinto. Eran hombres que me habían tratado con un respeto inquebrantable, que me exigieron en el tatami sin miramientos por ser mujer, y que me vieron crecer no solo como luchadora, sino como persona. Sus palabras de aliento me quemaban: me decían que le metiera para adelante, que yo podía. Me fui con sus palmadas en la espalda grabadas en el cuerpo.
También me despedí de mis amigos del profesorado. Recordé los años de carrera, las noches de insomnio compartiendo fotocopias subrayadas hasta el cansancio, las clases de básquet y handball en esos gimnasios helados de Mar del Plata donde el frío se metía por las ventanas rotas. Reviví los recuerdos de las fiestas, los viajes de estudio, los campamentos donde aprendimos a sobrevivir en la naturaleza —esa materia que tanto me apasionaba— y las horas nadando en piscinas donde el agua estaba tan fría que el cuerpo no paraba de temblar. Nos fundimos en abrazos largos, intercambiando promesas de mails y "te voy a extrañar" escritos en papelitos que, en el fondo, sabíamos que el viento terminaría extraviando.
Una de las despedidas más pesadas fue la de mis amigos de toda la vida, esos hermanos del alma. Con ellos compartí cada cumpleaños, cada mate frente al mar mirando el horizonte sin decir nada, cada charla existencial a las tres de la mañana y esos chistes internos que no necesitan explicación. No hicieron falta grandes discursos; nos abrazamos con esa fuerza que intenta evitar que el otro se desarme ahí mismo.
La familia, la reunión fue con una gran cena. Hubo risas forzadas, anécdotas repetidas mil veces y esas lágrimas que se aguantan hasta que el nudo en la garganta ya no deja pasar ni un brindis. Fui a ver a mi abuelo, el último que me quedaba. Lo abracé sintiendo su fragilidad, respirando ese aroma a colonia antigua y a años de sabiduría. Me aferré a él con un miedo atroz a que ese fuera nuestro punto final. Me besó la frente con ternura y me dijo bajito, casi como un secreto:
—Sé que vas a llegar lejos, mi Laura querida.
A mis viejos los fui despidiendo de a poco, en cuotas, cada día. En las sobremesas que estirábamos para no levantarnos de la mesa, en las charlas cortas antes de apagar la luz, en los silencios cargados de todo lo que no queríamos admitir. Ellos intentaban hacerse los fuertes para no asustarme; yo hacía lo mismo por ellos. Pero los ojos, esos traidores, nos terminaban delatando a los cuatro.
Y, finalmente, me despedí de Mar del Plata. Mi ciudad, “La Feliz”, el lugar donde estaban todas mis raíces. Hice un último recorrido por la costa y cada esquina me disparaba un recuerdo: los paseos en patines con la brisa del mar secándome las lágrimas, las mañanas nadando horas en ese Atlántico rebelde, barrenando olas como si todavía tuviera diez años. Me acordé de las tardes de verano jugando a las cartas en el balneario de Libertad y la costa hasta que el sol se rendía. De las mañanas comiendo churros calientes sentada en las escaleras de la Rambla antes de entrar a cursar. De las noches de caminata por Güemes antes de ir a bailar a algún boliche de Alem.
El barrio donde crecí me miraba desde sus veredas rotas y sus calles de granza guardando todas las versiones de la mujer que fui. Me iba con la maleta llena de ropa, pero lo que realmente pesaba era el amor que no cabía en el equipaje y que me llevé tatuado bajo la piel. Me iba con el corazón partido, con una certeza brutal clavada en el pecho: no saber si alguna vez volvería a ver todo eso, o a todos ellos.
***
Salimos temprano, con un amanecer gris que empujaba las nubes sobre la ciudad que recién empezaba a desperezarse. El Renault 12 celeste avanzaba con ese ruido familiar por calles que conocíamos de memoria. Los locales con las persianas bajas, los grafitis, las plazas de siempre... todo se iba volviendo minúsculo en el espejo retrovisor. Dejábamos Mar del Plata y yo sentía que en el asiento de atrás quedaba una parte de mi alma, la que sabía ser feliz sin esfuerzo.
Entramos en la Ruta 2. Cuatrocientos kilómetros de asfalto y campo, una línea recta que parecía no terminar nunca. Mi padre manejaba firme, aferrado al volante como si fuera lo único que lo mantenía en pie. Mi madre cebaba mates en un silencio absoluto, concentrada en el chorro de agua como si de eso dependiera el futuro. Matías y yo íbamos atrás, pegados a las ventanillas. El viaje fue una cápsula de tiempo: mates, silencios y rock nacional. Paramos a mitad de camino para estirar las piernas y comer las últimas medialunas con café. Sabíamos que, donde íbamos, no íbamos a encontrar esos sabores.
Llegar a Capital Federal fue un cachetazo de realidad. El caos, el tránsito frenético, el ruido incesante de las avenidas. Todo era más rápido y hostil. Dimos una vuelta por el centro, postergando la llegada a Ezeiza, estirando los minutos finales. Y justo ahí, frente al Obelisco, en la radio sonó: En la ciudad de la furia de Soda Stereo.
Editado: 12.07.2026