CAPÍTULO 2: CHELO, LA PROPUESTA
PARTE I: EL SUFRIMIENTO COTIDIANO
Noviembre llegó con lluvia que no se iba.
Tino había desarrollado una habilidad particular: la de estar presente mientras su mente estaba en otro lugar. Podía sonreír en las aulas, levantar la mano para responder preguntas, tomar apuntes en perfecto orden, mientras una parte de él—la parte que importaba—estaba completamente en otra dimensión.
En la dimensión donde Lola existía.
Pasaban semanas donde Tino veía a Lola con otros chicos. No eran citas formales al principio, solo encuentros casuales que ella mencionaba entre risas. "Conocí a este tipo en sociología, es bastante interesante," decía, y Tino sentía cómo algo en su pecho se contraía como un puño.
Lo peor era que ella le contaba todo.
Eso era lo que la hacía especialmente cruel, aunque Lola no supiera que era cruel. Ella creía que confiaba en él. Que lo trataba como un mejor amigo. Que compartir sus historias de casi-romances era una forma de intimidad.
Tino escuchaba cada palabra como si fuera un verdugo registrando los detalles de su propia ejecución.
"Tiene este acento que me mata," decía Lola, recostada en la cama de Tino, los pies hacia arriba, el cuerpo relajado de una forma que nunca lo estaba cuando estaban completamente solos. "Pero creo que solo quiere... no sé. Algo físico."
Tino ajustaba sus gafas, las que usaba cuando estudiaba, aunque no estaba estudiando. Eran un escudo para su cara.
"¿Qué quieres tú?" preguntaba, aunque sabía la respuesta. Quería el mismo hombre de siempre. El que la salvaría. El que le daría una vida donde no tuviera que decidir nada, porque todo ya estaría decidido para ella.
"No lo sé," decía Lola. "Algo real, supongo. Algo que dure."
Tino sabía que eso no era él. Sabía que por más que durara, por más que fuera real, por más que la amara con cada célula de su cuerpo, él nunca sería lo que ella buscaba.
Así que sonreía. Y escuchaba. Y cuando ella se dormía—cosa que pasaba frecuentemente porque su cuarto era cómodo y su presencia era calmante—él se quedaba despierto, mirando el techo, sin permitirse ni siquiera el lujo de tocarla de una forma que fuera más que amistosa.
Una noche de mediados de noviembre
Tino estaba en su cuarto intentando concentrarse en un ensayo sobre literatura comparada cuando vio el nombre de Lola en su teléfono.
"¿Vienes a la cafetería? Mi pretendiente de esta semana acaba de cancelar. Necesito procesarlo con alguien."
Tino dejó el ensayo a mitad de camino. Por supuesto que iba.
Cuando llegó a la cafetería, Lola estaba en una de las mesas del rincón, la que ella parecía haber reclamado como suya. Estaba bebiendo chocolate caliente, que era su cosa de invierno, y tenía esa expresión en la cara—ese mix de confusión y decepción—que Tino había empezado a reconocer bien.
Se sentó frente a ella sin pedir permiso. Ya no había pretensión de que necesitaba invitación a los espacios de Lola.
"¿Qué pasó?" preguntó.
"Resulta que el tipo de sociología ya tenía novia. Imagínate. Tenía toda una novia y aun así intentaba tener algo conmigo. ¿Qué clase de persona hace eso?"
Tino había estado a punto de preguntar si él era una buena persona por querer lo mismo, pero se detuvo. En cambio, dijo: "Su pérdida."
Lola sonrió tristemente. "Es que... creo que simplemente no tengo suerte con los hombres. Como si hubiera algo en mí que los asusta. O que no es suficiente."
Tino quería gritar. Quería decirle que la suerte no tenía nada que ver, que el problema era que ella buscaba a los hombres equivocados, que buscaba dinero y status cuando debería buscar a alguien que la viera como la persona más importante del universo. Quería decirle que él existía. Que estaba sentado frente a ella. Que la vería de esa forma si ella le permitiera.
En cambio, extendió su mano sobre la mesa y la colocó cerca de la suya, pero no tocándola. El gesto de un amigo. Siempre el gesto de un amigo.
"No es sobre ti," dijo. "Es sobre ellos por ser idiotas."
Ella tomó su mano entonces, de la forma en que las amigas toman las manos de otras amigas, y Tino tuvo que cerrar los ojos un segundo para no sentir todo lo que estaba sintiendo.
Una semana después
El dibujo había comenzado sin que Tino se diera cuenta de que estaba dibujando.
Estaba en la clase de historia de américa latina, supuestamente copiando notas sobre la revolución francesa, cuando sus manos decidieron hacer algo diferente. Sus manos decidieron escribir el nombre de Lola en los márgenes del cuaderno. Una vez. Diez veces. El nombre envuelto en espirales, en flores geométricas, como si fuera una obsesión que podía hacerse bonita si la ponía suficiente trabajo.
Se dio cuenta cuando el profesor pasó al lado de su pupitre y Tino rápidamente colocó su mano sobre la página.
Fue entonces cuando entendió: esto ya no era un capricho. Esto era patología.
Esa noche, Tino hizo algo que no había hecho antes. Buscó en internet frases como "cómo dejar de estar enamorado de alguien" y "cómo superar un amor no correspondido" y luego cerró la ventana porque todo lo que encontró parecía escrito por personas que no entendían que simplemente no era posible.
Su corazón no era un interruptor que podía apagar.
Su corazón era un combustible que ya había empezado a quemar, y lo único que podía hacer era dejar que lo consumiera desde adentro.
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Editado: 09.10.2026