No Te Enamores De MÍ

Parte II

PARTE II: LA INVITACIÓN

Fue un martes lluvioso cuando Chelo se le acercó.

Tino estaba en el comedor de la residencia, comiendo solo—cosa que hacía frecuentemente—cuando Chelo simplemente se sentó en la silla frente a él. No pidió permiso. No sonrió. Solo se sintió.

"Necesito que vengas a tomar café conmigo," dijo.

No era una invitación. Era una orden enmarcada como tal.

Tino dejó su tenedor. "¿Ahora?"

"En una hora. Hay un café a dos cuadras de aquí. El que tiene las mesas afuera."

"Está lloviendo."

"Tenemos paraguas," dijo Chelo, como si Tino hubiera hecho una observación estúpida. "Una hora."

Se fue sin esperar respuesta, su bandeja de comida a medio tocar, dejando a Tino con más preguntas que respuestas.

Una hora después, bajo un paraguas compartido que apenas los cubría, Tino y Chelo estaban sentados en una mesa mojada en un café que olía a café quemado y desesperación.

Chelo no hizo pequeña charla. Eso era lo que Tino apreciaba y odiaba de ella: la ausencia total de artificio.

"¿Cuántas veces por semana te masturbas pensando en Lola?" preguntó.

Tino casi escupió su café.

"¿Qué?"

"Es una pregunta directa. Merece una respuesta directa."

"Yo... eso no es... no es asunto tuyo."

"Tienes razón," dijo Chelo, sorbiendo su café sin expresión. "No es asunto mío. Pero lo que sí es asunto mío es que estás destruyendo tu vida por alguien que te ve como un mueble, y eso está empezando a afectar el ambiente general de nuestro círculo."

Tino sintió su cara calentarse. "¿Círculo? ¿Nosotros tres?"

"Sí. Nosotros tres. Lola no lo sabe, pero yo lo sé, y Lola eventualmente lo sabrá, y cuando lo sepa, va a sentirse culpable y avergonzada, y eso va a arruinar la amistad que tienen. Así que estamos aquí para evitar eso."

Tino no sabía si quería golpear a Chelo o besarle los pies por decir las cosas que nadie más se atrevía a decir.

"¿Qué quieres que haga?" preguntó, con una voz que sonaba como si viniera de muy lejos. "¿Que deje de amarla?"

"Sí. Pero sabemos que no puedes simplemente decidir eso. El amor no funciona así, aunque fuera, sería muy conveniente."

Chelo se reclinó en su silla. El paraguas se desplazó ligeramente y la lluvia les salpicó la cara. Ella no se movió.

"Así que aquí hay lo que voy a hacer," continuó. "Voy a ofrecer una solución que es mutuamente beneficiosa para ambos. No va a resolver nada a largo plazo, pero va a hacer los próximos años mucho más soportables."




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