PARTE III: LA DECORACIÓN
El apartamento fue decorado en una semana.
Lola fue el espíritu detrás de ello. Compró cortinas color crema que hicieron que el lugar pareciera más grande. Encontró un tapete que cubrió las manchas más notorias del piso. Compró cojines para el sofá que había venido con el apartamento, flores artificiales que colocó estratégicamente en las esquinas.
Tino la ayudó. Llevaba cosas, colgaba cortinas, pintaba las paredes con el color que Lola eligió (un azul suave que había sido una sorpresa pero que resultó perfecto). Trabajaban juntos en silencio frecuentemente, y en esos silencios, Tino se permitía creer que esto era suficiente. Que estar cerca de ella, hacer cosas con ella, era suficiente.
Chelo se mantuvo al margen. Colocó sus cosas en su habitación—ropa, libros, notas—de una forma que sugería que esto era temporal, que en cualquier momento podría empacar todo y partir. Pero cuando Lola le mostró cómo se veía el lugar terminado, Chelo asintió con lo que podría haber sido aprobación.
"Se ve bien," dijo. "Organizado pero no frío."
Fue probablemente el cumplido más grande que Chelo había dado jamás.
PARTE IV: LAS RUTINAS
Las rutinas se establecieron naturalmente.
Lola cocinaba los domingos por la mañana. Hacía desayunos elaborados: huevos revueltos, pan casero si tenía tiempo, jugo de naranja fresco que exprimía ella misma. La cocina olía a calidez, y por esas pocas horas del domingo, el apartamento no era simplemente un lugar donde vivían. Era un hogar.
Tino se despertaba con el olor. Salía de su cama, iba a la cocina en ropa de dormir, y se encontraba con Lola ya completamente despierta, cantando algo bajito mientras cocinaba. A veces ella lo notaba. A veces no.
"Ven," decía, cuando lo notaba, "prueba esto." Y le daba una cucharada de lo que estaba haciendo, sus dedos tocando brevemente los suyos mientras transfería la cucharada.
Esos momentos eran los que mantenían vivo a Tino.
Chelo organizaba las limpiezas. Creó un sistema que era rotativo: lunes a Tino le tocaba baño y pasillo, miércoles a Lola le tocaba cocina y sala, viernes a Chelo le tocaba su propia habitación y áreas comunes si era necesario. Era funcional. Era justo. Era exactamente el tipo de cosa que Chelo haría.
Tino pagaba cuando falta dinero.
Pasaron tres meses para que Tino se diera cuenta de que estaba haciendo esto regularmente. Lola y Chelo había tenido gastos inesperados—una emergencia médica menor para Lola, un libro de texto adicional para Chelo—y Tino había cubierto sin preguntar. Simplemente vio la brecha y la llenó, como hacía con todo.
Una noche, Chelo lo notó.
"¿Cuánto has pagado de más este mes?" preguntó.
"No mucho," mintió Tino.
"¿Cuánto?"
"Tal vez $150."
Chelo frunció el ceño. "No puedes seguir haciendo esto."
"¿Por qué no?"
"Porque estás siendo explotado. Conscientemente o no, Lola y yo estamos permitiendo que subsidies nuestras vidas, y eso tiene que parar."
"No es explotación si lo estoy haciendo voluntariamente."
"Es explotación si lo estás haciendo porque amas a Lola y esperas que algún día ella reconozca el sacrificio que estás haciendo," dijo Chelo, con su crueldad característica. "¿Eso es así?"
Tino no respondió.
"Eso es lo que pensé," dijo Chelo. "Así que aquí está lo que va a pasar: vamos a dividir los gastos equitativamente. Si hay dinero extra, todos contribuimos. Si alguien necesita ayuda, lo discutimos. Pero esto de que Tino sea el paracaídas financiero tiene que parar."
Habló con Lola al día siguiente. Lola se sintió culpable, lo cual fue... complicado. Porque Tino no quería que se sintiera culpable. Quería que simplemente lo dejara hacer esto sin hacerlo sentir como un problema.
Pero así era. La convivencia requería que se tuviera conversaciones difíciles.
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Editado: 09.10.2026