No te mentiré #3

Capítulo 13

Lady Darian se despertó casi asustada tras su primera noche de bodas (no consumada). Miró ambos lados de su cama como si alguien la hubiera despertado pero no fue así. Había tenido una pesadilla o eso creía. Porque había soñado que se casaba con lord Darian y él la obligaba a cumplirle como mujer. 

Para colmo de los colmos el sueño habría seguido sino fuera porque se había despertado. Pero estaba claro que el sueño no ha sido "agradable" para la recién casada. Se fijó que su marido se había levantado antes que ella. Al menos había tenido la consideración de tener unos minutos en soledad.

Suspiró y, poco a poco, su corazón fue serenándose. Aquel día se despertaba con más incertidumbre que los días anteriores. Con la diferencia que ahora era la esposa de lord Darian y tendría acompañarlo a lo que se suponía su nuevo hogar.

Pensar en su "nuevo hogar" le creaba un nudo de pánico en el estómago. No sabía cómo lidiaría las situaciones que se presentarían estando el banquero en su vida. Porque a partir de hoy viviría con él día y noche. ¡Iba ser una tortura para su paz mental! Por no decir que él ahora se metía hasta sueños para...

<<¡Detente!>>, se paró antes que sus pensamientos volvieran de nuevamente hacia su marido.  Tenía que hacerse cuanto antes dueña de la situación. Aunque lord Darian era su flamante esposo, no iba a permitir que él tuviera todo el control. Ella era la única dueña de su vida y nadie más aunque tuviera una alianza de casada, que le decía, obedecer a su marido. Pero ella no había nacido para obedecer a cualquier hombre, y menos a él, el amigo de su padre. 

Su mirada fue atraída por una bandeja que estaba encima de la mesita de noche. En esa bandeja estaba un suculento desayuno que se imaginó que era para ella y su estúpido corazón tembló. Porque también había un sobre. Ignoró ese temblor y fue directa hacia la bandeja. 

 Cogió el sobre de inmediato y no quiso verse desesperada por leerla. Se calmó y abrió la nota que estaba escrita por el puño y letra de Darian.

Buenos días, princesa...

Me estoy imaginando su cara de enfado por leer a lo primero el calificativo que tanto la molesta pero no soy hombre de abandonar mis costumbres. Tampoco de mis obligaciones. Hoy regresaremos a Londres por lo que tendrá que prepararse el viaje. No se preocupe por sus pertenencias porque ya he pedido que las bajen y las subieran en el carruaje en cuanto se despertara. También, he pedido el desayuno para que lo tome en soledad ya que seguramente mi presencia por la mañana no sería una buena idea.

La estaré esperando en el carruaje. No tarde. 

De su marido, C.A. Darian.

¿C y A?, ¿Serían sus iniciales? Un momento... Ahora que lo pensaba, no sabía el nombre de su marido y eso era algo que le resultaba demasiado inquietante.. Sin duda, tendría que descubrirlo, al menos para satisfacer su curiosidad.

Volvió a leer la nota y se dio cuenta que él la conocía bastante bien. Demasiado arrogante para su gusto,  suponiendo cosas pero... Tenía que reconocer que se preocupaba por ella. Aunque ese detalle de la nota y del desayuno no iban a aplacar su determinación de hacerle la vida "casi" imposible. ¡Qué se preparara porque le haría ver que la vida con ella no era de color rosa! 

Cuando salió del edificio se encontró con el carruaje preparado. En la misma puerta estaba lord Darian esperándola. No podía negar que era el hombre más atractivo y elegante que había visto...

— Buenos días, lord Darian — él sonrió percibiendo el desdén en su voz.

La princesa de hielo volvía a hacer acto de presencia.

  — Buenos días, milady. Pensé por un momento en ir a buscarla pero no ha sido así, ¿sube? —le tendió una mano que Ophelia tuvo que aceptar.

Volvió a sacudirles esa corriente que sentía cada vez que se tocaban. Una vez dentro, Ophelia apartó la mano como si la hubiera picado una serpiente. Su esposo se sentó como sino hubiera ocurrido nada.

El cochero se subió al pescante del carruaje y chasqueó el látigo iniciando el viaje de regreso a Londres. 

 

Lady Darian pensó que se iba a morir del aburrimiento porque no tenía otra cosa que mirar el paisaje o a su marido, que estaba oculto leyendo un periódico, dando indicios que no quería ser molestado. Empezó a mover el pie contra, un gesto nervioso que su madre intentó quitarle pero que no lo consiguió porque lo seguía haciendo. Tanto movía el pie que el caballero que tenía enfrente, perdón, su marido notó de su movimiento.

  — Princesa, ¿le preocupa algo?  

No sabía lo que le molestaba más que le hablara tras el periódico o el calificativo de "princesa".

En un arrebato le quitó el periódico de las manos. El hombre no se sorprendió de su impulso. Como un gato perezoso, se cruzó de brazos poniéndola más nerviosa aún.  




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