No te mentiré #3

Capítulo 18

Aunque el trayecto fue corto hacia la casa de los Sander, fue demasiado intenso para los dos. Lord Darian trataba disimular, no mirándola y siendo igual de indiferente que ella aunque se vio mirándola más de una vez, preguntándose qué estaría tramando. Su silencio no era algo muy común en ella. Si hubiera sido adivino, se sorprendería de los pensamientos de su mujer porque intentaba no ponerse nerviosa ante su presencia.

La casa de los Sander se encontraba a unas manzanas de la casa de los Darian, situada en el barrio más pudiente de la zona. El cochero se detuvo enfrente y avisó al matrimonio de la llegada a la casa. Lord Darian pensaba que su mujer se negaría en aceptar su mano para bajar del carruaje pero no lo hizo. En esa noche su esposa estaba teniendo un comportamiento bastante inusual.

— Me pregunto el porqué está siendo tan tolerante a mi tacto.

Se dirigieron hacia la entrada principal donde tocaron a la puerta y esperaron que la abriese.

— Me he dado cuenta que es innecesario discutir con usted — lord Darian negó con la cabeza con una sonrisa de sus labios.

— Vaya, eso no lo me esperaba — replicó con sarcasmo en un intento de provocarla pero ella no cayó en su trampa.

Ella se encogió de hombros avivando más la curiosidad de su marido y quiso probar una cosa. Antes que abriera la puerta, se acercó más a su mujer acortando la distancia entre ellos. Ella lo miró con evidente sorpresa y recelo.

— ¿Darian? — ¿ahora qué se proponía hacer su marido?

Oyeron unos pasos acercándose a la puerta mientras su marido, que parecía no importarle que alguien los descubrieran, se inclinó sobre sus labios hasta quedar a un soplo de ellos. Ophelia aguantó la respiración y posó las manos sobre su pecho, no sabía si para detenerlo o agarrarlo. Sin embargo, justo en ese momento la voz estridente del lord Sander se interpuso sobre su cabeza.

Lord Darian se apartó con una sonrisa tensa en sus labios y se volvió hacia el mayordomo, que lo había interrumpido.

— Pasad, amigos — el mayordomo los dejó entrar mientras lord Sander se disponía a darle un apretón de manos —. Lord Darian, qué gusto de saber que ha venido y nada menos acompañado por su mujer.

Lady Sander no fue tan amable como su marido.

— Sí, por su mujer — convino lady Sander con esa sonrisa petulante —. ¿Cómo se encuentra querida después de ser la mujer más envidiada de Londres?

— No me puedo quejar — respondió con la barbilla alzada y se agarró al brazo de su marido —. Muy dichosa, mi marido me complace todo.

Con esa respuesta a más de uno le sorprendió y enfureció. Se notaba que lady Sander no le gustaba que fuera tan descarada.

Faltaba la guinda del pastel. 

El mayordomo carraspeó esperando a quitarles sus respectivas capas.

— No lo dudo, lady Darian teniendo en cuenta que su marido es sin duda uno de los mejores banqueros que Londres ha podido tener.

— Lady Sander, gracias pero hay otros compañeros míos que trabajan también allí con el mismo tesón que yo — dijo con modestia.

— ¡Dios santo! — exclamó lady Sander que se puso de repente pálida. Su mirada fue de lady Darian a su marido que le gritó: - ¡Sander!

Lord Darian se extrañó del grito de la mujer y de su regañina hacia su marido, que estaba mirando a su mujer como si hubiera salido desnuda.

¿Qué habría hecho ahora su mujer?

Giró la cabeza hacia ella y entendió la reacción de la mujer como la de su marido. Aunque quería decirle a lady Sander que cerrara el pico y a su marido que no mirase más a su mujer, no lo hizo. Estaba tan sorprendido que tardó en reaccionar.

— Si nos disculpáis, os esperamos en el salón. Agradecemos mucho su invitación — agarró la mano de su mujer y se dirigieron hacia el salón donde había más invitados que estaban hablando y dejaron de hablar en cuanto los vieron. O mejor dicho, cuando miraron a su mujer.

— Entonces, querida. ¿Este era tu plan desde un principio?

Ophelia alzó la mirada hacia su marido. Por su voz no podía saber si estaba enfadado o no. Tampoco podía averiguar por su expresión de la cara porque estaba de perfil y su expresión era indescifrable.

— No sé de qué me hablas — dijo con la boquita pequeña.

Él esbozó una sonrisa de medio lado.

— Oh, ya creo que sabe muy bien de lo que hablo — bajó la voz para que solamente la escuchara ella —. Le podría decir que si su plan era que fuera el centro de atención lo ha conseguido.

— ¿Eso le molesta? — la gente que estaba ahí mirándolo como pasmarote dejó de interesarle, solo pensaba en su marido.

No sabía que estaba aguantando la respiración hasta que él habló y la miró directamente con sus ojos oscuros, que guardaban miles de promesas. 

— Mucho — esa única palabra le provocó que su estómago se encogiera y sintiera una extraña sensación por todo el cuerpo, como algo pesado y narcótico —. No sabe lo mucho que me molesta. Pero no se preocupe, no montaré una escena delante de todos ellos.




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