—¿Otro fin de semana en mi cuarto, Haku? ¿No tienes una casa propia, o es que te gusta vivir como mendigo en la mía? —le pregunté, lanzándole una mirada de reojo mientras revolvía mi colección de películas.
Haku, tirado en mi cama como si fuera el dueño, soltó una carcajada.
—Mi casa es un museo de muebles refinados y silencio. Aquí, al menos, tengo a Ayako que me trata como al hijo que nunca tuvo y, de paso, tengo que aguantar tus rabietas. Es un buen intercambio.
—"Adulador" es la palabra que buscas. Eres un profesional: te dan una galleta y ya eres parte de la familia. Es patético.
—Es encanto puro, Hana. Admítelo, te encanta que venga a desordenarte todo porque, en el fondo, odias el orden tanto como odias admitir que me quieres cerca.
Le lancé un almohadón directo a la cara. Él ni se inmutó; lo atrapó con una sonrisa arrogante que me hervía la sangre.
—Humildad, Haku. Algún día deberías probarla.
Soltó una risita, pero algo cambió de golpe en su expresión. El teléfono en su regazo vibró, iluminando su cara por un segundo. Vi cómo sus ojos se clavaban en la pantalla y su mandíbula se tensaba de esa forma tan particular que tenía cuando algo lo preocupaba de verdad. Antes de que pudiera asomarme, bloqueó el aparato tan rápido que casi se le resbaló de las manos y lo empujó al fondo del bolsillo.
Entrecerré los ojos. Él nunca escondía el teléfono. Nunca.
—Bueno, ¿qué vamos a ver? —preguntó, volviendo a su tono habitual, aunque un poco forzado—. coloca algo romántico, para que tengamos excusa de acercarnos.
Me giré y lo miré con desprecio.
—En tus sueños. Voy a poner la película más sangrienta que tengo. Y ni te atrevas a rozarme, o te saco de la habitación.
Seleccioné la película. El menú de inicio arrancó con una música tétrica y un grito de fondo que le arrancó un bufido exagerado. Me acomodé en mi lado del colchón, pegada al borde, dejando claro con toda mi postura que había una línea invisible que no debía cruzar.
Le di una patadita en la rodilla con el pie descalzo.
—El cine está listo. Te toca pagar la entrada —le exigí, señalando la puerta—. Ve por las palomitas y bebidas. Muévete.
—Ni un "por favor". Eres un encanto, Hana. Pero bueno, ya verás cuando lleguen los sustos; ahí vas a estar suplicando que me acerque.
Bajó las escaleras y, a los pocos segundos, escuché la inconfundible risa de mi madre. Puse los ojos en blanco. Seguro ya le estaba diciendo que era el hijo que siempre quiso y que yo era demasiado cruel con él.
Me quedé sola en el cuarto, mirando la puerta vacía. Sin su presencia irritante ocupando todo el espacio, mi habitación se sentía demasiado silenciosa. Demasiado grande. Sacudí la cabeza. Concéntrate, Hana.
Sonó el pitido del microondas. Unos minutos después, escuché sus pasos pesados subiendo los escalones. La puerta se abrió de un empujón y entró haciendo malabares con el bol humeante de palomitas y dos vasos de refresco, con esa sonrisa arrogante pegada en la cara.
Se dejó caer en la cama, haciendo rebotar el colchón, e intentó acomodarse sospechosamente cerca de mí. Sin decir una palabra, giré el cuello muy despacio y lo miré de arriba a abajo con todo el desprecio que pude reunir.
Captó el mensaje al instante. Con un suspiro de niño regañado, se deslizó hasta quedar a una distancia prudente.
—¿Satisfecha, generala? —preguntó, destapando las palomitas.
—A dos metros, Haku. Ni un centímetro más cerca. No respires muy fuerte y no comentes nada estúpido durante la peli.
Mantuve mi mejor voz de mando, pero la verdad era que necesitaba ese muro de aire entre los dos. Este idiota tiene la maldita costumbre de invadirlo todo, hasta el oxígeno. Huele a jabón barato y a algo que me marea, y odio perder el control de mis propios sentidos. Si se quedaba pegado a mi brazo, solo iba a sentir su calor quemándome la piel. Y ni muerta iba a dejar que mi orgullo perdiera contra una sensación que ni siquiera tiene nombre.
La pantalla iluminó la habitación a oscuras. Los créditos dieron paso a la primera escena, llena de sombras y música de suspenso.
La película avanzó y, a los veinte minutos, el sonido de su bol raspado por el fondo ya me estaba dando dolor de cabeza.
—¿En serio? —dije sin quitar la vista de la pantalla—. ¿Te comiste todo eso en media hora? Eres un animal.
—La ansiedad, Hana. Es la ansiedad de la película —mintió con la boca llena de migas, mientras sus ojos se desviaban hacia mi bol, que seguía casi intacto. Sin más aviso, su mano empezó a trazar una trayectoria furtiva hacia mi territorio.
Esperé a que sus dedos estuvieran a milímetros.
¡Zaz!
—Si vuelves a meter la mano sin permiso, lo próximo que veamos será un documental sobre cómo vivir con una mano menos.
Retiró la mano soltando una carcajada, pero enseguida se dejó caer contra la almohada. Estaba demasiado quieto. Haku nunca está quieto. Era como si el peso de algo que se venía lo hubiera dejado paralizado en el sitio.
Soltó un suspiro tan bajo que casi se perdió con el sonido de la tele.
—¿Qué dijiste? —le pregunté, clavándole la mirada.
—Nada... acaparadora de palomitas —murmuró, pero su voz sonaba hueca, sin ese brillo irritante de siempre.
—Mientes fatal. ¿Por qué no estás viendo la película?
—¿Qué pasa? ¿Tienes ojos en la nuca?
—Te conozco, idiota. Estás en modo "estatua", y eso solo pasa cuando tienes la cabeza llena de basura.
—Creo que estás paranoica. La película te está atrofiando las neuronas.
—¿Ah, sí? —Me giré por completo—. Si estás tan atento, dime cómo se llama la protagonista. Esa que según tú es "exactamente tu tipo" porque tiene el pelo corto y botas militares.
Casi se atragantó con la palomita que por fin había logrado pescar.
—Yo... yo no dije que fuera mi tipo. ¿Y cómo te acuerdas de eso? Fue hace tres años.
—Tengo una enciclopedia mental de todas tus tonterías. No cambies el tema. ¿Cómo se llama?
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Editado: 09.04.2026