No te necesito, Imbécil.

Capítulo 2 — Una Trampa Preciosa

Soltó un suspiro largo, frotándose la nuca con una lentitud que me desesperaba.

—Creo que esto es todo, Hana. Se acabó. No puedo seguir así.

El aire abandonó mis pulmones. Mis manos empezaron a temblar bajo la mesa. ¿Estaba terminando nuestra amistad? ¿Qué demonios estaba pasando?

—¿"Se acabó"? ¡Habla claro de una vez y deja de hacerte el interesante!

Soltó un suspiro dramático, arrugando la cara como si el tema fuera de vida o muerte.

—¿Y encima te atreves a preguntar? ¿Es que no tienes límites, Hana? —dijo, con una seriedad que me hizo querer estrangularlo—. ¡Te comiste los bollos que tu madre nos dio a los dos! ¡Mira, estás llena de migas! No queda absolutamente nada. Y eso... eso duele más que nada en el mundo.

El silencio duró un segundo exacto. Una rabia punzante me subió a la cabeza.

—¿Los bollos? ¿Es una broma? —rugí, levantándome con tal violencia que casi vuelco la silla—. ¡Eres un idiota! ¡Eres de lo peor!

Me di la vuelta, decidida a cruzar el patio y no mirar atrás. Pero antes de dar el segundo paso, su mano se cerró sobre mi antebrazo.

No fue un tirón violento, pero fue firme. Tan firme que me obligó a detenerme en seco.

—Hana, espera —dijo. Esta vez el tono no admitía bromas.

Sentí el calor de su mano sobre mi piel. El impulso de soltarme fue casi insoportable, pero me quedé clavada en el suelo sin atreverme a girarme.

—¿Qué pasa ahora? ¿Vas a seguir con otra estupidez o me vas a soltar?

Dio un paso hacia mí, pero evitó mi mirada.

—Mi madre está en el hospital, Hana. Por eso los mensajes. Tengo que viajar a verla.

El aire se volvió denso. Me obligué a mantener la postura, rígida, como si un movimiento en falso pudiera hacer que me desmoronara. El vacío de mi habitación, el silencio que me esperaría al llegar a casa, la silla de la derecha vacía... las imágenes me golpearon con una frialdad insoportable.

—¿Tu madre...? —murmuré. La palabra sonó vacía.

—Es grave —dijo, clavando sus ojos en los míos. Había una culpa ahí que me irritó profundamente. ¿Por qué se sentía culpable? ¿Me consideraba una carga?

—¿Cuándo? —pregunté, cortante.

—Mañana por la noche.

Algo se rompió dentro de mí, pero me negué a dejarlo salir. No podía ser la chica que suplica. No podía dejar que viera el miedo a la soledad que me estaba devorando.

—Vaya —dije, y mi voz salió con un filo peligroso—. Te vas mañana. Y pretendías ocultarlo hasta el último minuto, ¿verdad? ¿Qué esperabas, que no me diera cuenta?

—No te quería contar antes porque... me aterraba —admitió, bajando la voz.

—¿Te aterraba qué? ¿Que te detuviera? ¿Que me pusiera histérica? No soy una de tus fans de pasillo.

Me solté de su agarre con un movimiento brusco. La rabia era lo único que me impedía romperme. Me obligué a sentarme, crucé las piernas y recuperé la pose de indiferencia que tanto nos gustaba fingir.

—Te vas mañana —repetí, en tono neutro—. Entendido.

—Hablaremos todos los días, lo prometo.

Lo miré. Por un segundo mi fachada casi se quebró al ver la sombra de dolor en sus ojos, pero la endurecí de inmediato.

—Como quieras —dije, mirando hacia el patio—. Pero no creas que voy a estar esperando tus mensajes cada cinco minutos. Tengo cosas que hacer. No soy una niña pequeña.

El silencio entre nosotros se hizo insoportable. Mis uñas tamborileaban contra la madera, un ritmo errático que me delataba, pero no podía parar.

—Di algo —solté, con más filo del que pretendía—. Me saca de quicio que te quedes ahí mirándome como si intentaras leerme la mente.

Esbozó una sonrisa ladeada, pero sin brillo.

—Estás muy enojada. Te conozco de memoria. Pero... gracias por no haberme mandado al demonio cuando te lo solté.

—No estoy enojada —mentí—. Solo me molesta que me hayas ocultado algo tan grande. Lo supiste y decidiste jugar a los misterios en mi cuarto.

—Solo fue un día —se defendió, aunque su voz carecía de su arrogancia habitual—. Quería estar seguro antes de contarte. Si luego resultaba que no era definitivo, no quería cargarte con la noticia sin necesidad.

—"Cargarte" —repetí, sintiendo un nudo ácido en el estómago—. ¿Desde cuándo soy "nadie más", Haku? Se supone que nuestro trato era no tener secretos. Me ocultaste esto como si fuera un extraño cualquiera.

Abrió la boca para responder, pero el timbre cortó el aire como un cuchillo. Me levanté antes de que pudiera añadir otra excusa.

—Vamos —dije, alisándome la falda con un gesto seco—. Rápido. Y cambia esa expresión de filósofo profundo; no voy a dejar que tu estado de ánimo arruine mi día.

Caminé hacia la entrada del edificio sin esperarlo. Podía sentir sus pasos detrás de mí, siguiéndome como una sombra.

—¿Hana? —llamó, justo antes de entrar al pasillo.

No me detuve.

—Tenemos clase de Historia. Si llegamos tarde, no me quedo a dar explicaciones por tu culpa.

Nos sentamos en nuestros pupitres, uno junto al otro, pero el aire entre los dos ya no era el mismo. Sin decir una palabra, arrastré mi estuche hacia mi lado, alejándolo por completo de su alcance. Sabía perfectamente lo que eso significaba. No era un berrinche; era un aviso.

—¿Me prestas un lápiz? —preguntó tras unos minutos de silencio forzado. Su voz sonaba cautelosa, como si estuviera pisando huevos.

—No —respondí sin levantar la vista—. Busca los tuyos.

No insistió. Unos minutos después, sin decir una palabra, saqué el bolígrafo más viejo que tenía —uno que apenas pintaba y cuya punta raspaba el papel— y lo dejé caer sobre su mesa con un golpe seco. No lo miré.

—Gracias —murmuró. Su voz sonaba pequeña, casi vencida.

Pasamos el resto de la clase en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el chirrido de mi lápiz y el sonido patético de su bolígrafo fallando sobre su libreta. Era una tortura lenta, y ambos lo sabíamos.

Cuando sonó el timbre, me tomé mi tiempo. Me recreé en el hecho de que estaba ahí, sentado, esperando a que yo decidiera qué hacer.




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