No te necesito, Imbécil.

Capítulo 3 — Un Día Normal (Parte 2)

Llegamos a las mesas de madera del parque viejo. Haku, siempre dispuesto a creerse el protagonista de una comedia romántica barata, se adelantó. Con una reverencia exagerada, tiró de la banca para apartarla y que yo me sentara.

El mueble no se movió ni un milímetro.

—Está atornillada al concreto, idiota —le informé, señalando la base incrustada en el suelo.

Parpadeó, tosió para disimular su fracaso y palmeó la madera rígida como si todo fuera parte de un plan maestro.

—Adelante, su majestad. Tome asiento.

Me reí de su estupidez y me senté de todas formas. Él se acomodó al otro lado. Sin decir nada, saqué los sándwiches, los bollos dulces y las bebidas de mi madre.

Haku miró la comida con una ceja arqueada.

—Pensé que íbamos a comprar algo en el almacén. Sabes que me gustan los takoyaki con extra de ají.

—¿Y gastar mi preciado dinero en alimentarte? Ni lo sueñes —respondí, lanzándole un sándwich que él atrapó al vuelo—. Aparte, esto es comida casera de mi madre. ¿O quieres decirle que te parece basura? Porque puedo ir ahora mismo a decírselo.

Rodó los ojos y, en un movimiento relámpago, pescó uno de los bollos dulces antes de que yo pudiera defenderlos.

—Primero, es mi dinero. Y segundo, la comida de mi segunda madre es una delicia —dijo, dándole un mordisco enorme—. Aparte, sabes que los prepara justo como a mí me gustan.

—Eres un asqueroso —dije, tomando mi propio sándwich—. Y deja de llamarla "tu segunda madre". Es la mía. ¡Deja de acaparar mis cosas, mi casa y ahora a mi familia!

—Tu madre me adora. Soy el hijo que siempre quiso. Acéptalo.

Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada. El único ruido era el canto de unos pájaros lejanos y el crujido del papel aluminio. Pero a medida que masticábamos, el silencio cambió. Ya no era el silencio cómodo de siempre; era denso, pesado. Sin el escándalo del arcade, sin los empujones y los gritos, ya no había nada que nos distrajera del hecho de que, en unas horas, él iba a subirse a un autobús lejos de aquí.

De pronto, dejó de comer. Bajó el bollo a medio terminar sobre la mesa y me miró fijamente. Toda la burla había desaparecido de su rostro.

—Acuérdate, Hana. El trato de los meñiques.

Me quedé helada con el sándwich a medio camino. Recordé la imagen de nuestras manos, mis dedos entrelazando los suyos con esa rapidez absurda en mi cuarto.

—¿Por qué traes eso ahora? Es algo tonto —dije, aunque mi voz sonó más pequeña de lo que quería.

Haku se llevó la mano al pecho, haciendo un gesto exagerado de corazón partido.

—¿"Tonto"? ¡Me duele, Hana! Es lo más sagrado que tenemos.

Lo miré con los ojos entrecerrados, y mi cerebro por fin conectó los puntos.

—Eso fue antes de ayer. Fue antes de que me dijeras que te ibas. —Apreté los puños sobre la mesa—. ¡Maldito! Ahí estaba la trampa. Lo hiciste a propósito porque ya sabías que te ibas de viaje. ¡Me usaste de seguro contra tu propia soledad para dejarme atada!

Haku se encogió de hombros, devolviéndome esa sonrisa de medio lado que siempre me desarmaba.

—Sabes que cuando me vaya, los chicos se me van a acercar por montones. Y tienes miedo de que te reemplacen.

Solté una carcajada seca.

—Hana, sé realista. Ni un solo chico se te va a acercar a ti. Tienes esa cara de "si me hablas, te golpeo". Todos te tienen miedo.

—No todos —repliqué, poniéndome a la defensiva.

—Amy no cuenta. Amy es una sociópata, igual que tú. Se atraen mutuamente.

—¡Mi cara es angelical!

—¿Angelical? ¿Dónde? —Se inclinó sobre la mesa y, antes de que pudiera reaccionar, me agarró la cara con una mano, girándome la barbilla de un lado a otro como si inspeccionara una fruta dañada—. A ver... no, aquí no está... por aquí tampoco...

—¡Suéltame, idiota! —le grité, apartando su mano de un manotazo.

Se recostó en la banca con una sonrisa burlona.

—Yo lo digo por ti, Hana. Imagínate: yo, solo en una ciudad nueva, rodeado de admiradoras... ¿cómo voy a poder rechazarlas a todas? Pero tú... te veo aquí, sola, tirada en tu cuarto, juntando gatos callejeros...

—¡Mi encanto está ahí, en el fondo! —me defendí, con la voz más afilada de lo normal—. ¡Capaz que por fin salga a la luz cuando tú ya no estés aquí para opacarlo!

Apenas solté las palabras, la broma murió. Los dos nos quedamos en absoluto silencio, dándonos cuenta del peso real de esa frase.

Cuando tú ya no estés aquí.

Aparté la mirada de golpe, concentrándome en desenvolver el plástico de mi bebida. Haku se aclaró la garganta y fijó la vista en la copa de los árboles. El silencio amenazaba con aplastarnos, así que, tragándome mi orgullo, decidí romper la única regla que él había puesto para el día de hoy.

—¿Has sabido algo más de tu madre? —pregunté, con la vista fija en mi bebida.

Haku se tensó de inmediato.

—Hana, dijimos que hoy no íbamos a hablar de eso.

—Solo dime —le exigí. Levanté la cabeza y le clavé la mirada, cruzándome de brazos—. Yo también me preocupo por ella. No es una extraña para mí.

Haku soltó un suspiro largo y tembloroso. Se pasó una mano por el pelo y sus hombros se hundieron.

—Por lo que me ha contado mi padre... —empezó, con la voz un poco ronca—. Bueno, tú sabes que ella tuvo cáncer.

—Sí —murmuré. Un frío repentino se me instaló en el estómago.

—Bueno, volvió. Y al parecer esta vez es un poco más agresivo. —Tragó saliva, apartando la mirada hacia el pasto—. Mi papá dice que dentro de lo que cabe está bien, pero está en el hospital siendo monitorizada de cerca. Por eso tengo que estar ahí, Hana.

Apreté los labios, sintiendo el peso aplastante de su angustia. Me di cuenta de lo mucho que le estaba costando mantener esa sonrisa idiota todo el día solo para no preocuparme. No había ningún insulto ni sarcasmo en mi repertorio que pudiera aliviar eso.

Haku no me miraba. Sus manos, siempre tan inquietas, ahora apretaban el borde de la mesa hasta que sus nudillos blanquearon. Tenía la mirada perdida en un punto de la madera, como si su mente ya estuviera a cientos de kilómetros de distancia. Se veía pequeño. Y yo, por primera vez, no tenía ninguna broma ácida para traerlo de vuelta.




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