No te necesito, Imbécil.

Capítulo 4 - El Reloj, Los Takoyaki y La Despedida

El sonido de la maleta golpeando el suelo del recibidor de mi casa fue como un martillazo. Un golpe seco, pesado y definitivo.

Apenas cerré la puerta, el trote apresurado de mi madre inundó el pasillo. Pasó por mi lado como si yo fuera parte de la arquitectura y se lanzó sobre Haku, envolviéndolo en un abrazo tan asfixiante que casi pude escuchar sus costillas crujir.

—¡Mi niño! —exclamó, hundiendo la cara en su hombro.

Apreté la correa de mi mochila hasta que los nudillos me dolieron.

—Mamá, por favor —solté, cortando el ambiente—. No se está yendo a la guerra. Solo se va... un tiempo. —Mi voz se apagó por un microsegundo. No sé cuándo volverá. Tragué en seco y me obligué a sonar firme—. Deberías sentirte aliviada. Por fin no nos va a vaciar la nevera.

Mi madre me ignoró. Tomó a Haku por las manos y lo arrastró hacia el comedor, tratándolo como a una reliquia de cristal.

—Ven, siéntate. Estás pálido.

Haku me lanzó una mirada de superioridad por encima del hombro mientras se dejaba mimar. Yo arrastré los pies hasta la mesa y me hundí en mi silla.

El ambiente cambió de golpe cuando mi madre se sentó a su lado, bajando la voz.

—¿Y cómo está tu madre, cariño? ¿Le volvió...?

El silencio en la cocina se volvió espeso. Vi cómo Haku tensaba la mandíbula hasta que el hueso marcó su piel. Bajó la vista, jugando con el borde del mantel.

—Sí... volvió —admitió. Su voz, siempre tan arrogante, sonó pequeña, rota. Se rascó la nuca, un movimiento torpe y lleno de miedo—. Pero ahora es más complicado. Ya sabe cómo es mi mamá. Es terca como yo.

Mi madre le acarició la mejilla con una ternura que me encogió el estómago.

—Todo va a salir bien, mi niño. Ya verás.

Desvié la mirada hacia la pared. 18:45. El segundero del reloj avanzaba con un tic-tac constante, burlón. Cada segundo era un paso más hacia las nueve de la noche. Hacia el autobús. Hacia el silencio que se iba a instalar en mi casa mañana.

—¡Bueno! —anunció mi madre de repente, poniéndose de pie de un salto y aplaudiendo para disipar la tristeza—. ¡Te tengo una sorpresa, Haku! No voy a permitir que te subas a ese autobús con el estómago vacío.

Arrugué la nariz.

—¡¿Mamá, vas a seguir dándole de comer?! ¡Se la ha pasado tragando todo el maldito día con mi dinero!

Haku se recostó en la silla, entrelazando las manos sobre su estómago con expresión de suprema arrogancia.

—Deja a tu madre tranquila, Hana, por favor. ¿No te das cuenta de la tortura psicológica que le espera? Ahora tendrá que aguantarte sola por semanas. Lo mínimo que puedes hacer es dejarla disfrutar de su hijo favorito antes de que me vaya.

Escuché una risa cristalina proveniente de la cocina. Mi propia madre se estaba riendo de mí. Les clavé la peor mirada de mi repertorio, sintiéndome una extraña en mi propia casa.

Mi madre se acercó a la mesa con dos platos de cerámica. El mío era el de siempre, el rosado, un poco desgastado por los años. El de Haku era azul, brillante, y rebosaba con una montaña de bolitas de pulpo humeantes y perfectamente doradas. El mío tenía cinco. Cinco miserables bolitas.

Le había servido tres veces más que a mí.

—¡Mamá! —chillé, señalando mi plato—. ¡Sabes perfectamente que odio los takoyaki! ¡Me da asco el pulpo!

Ni siquiera me miró. Estaba ocupada sirviéndole un vaso gigante de té helado a su invitado de honor.

—Bueno, te aguantas, Hana. Hay ramen frío de ayer en la nevera. Caliéntalo en el microondas si no te gusta lo que hay. Hoy es el día de Haku.

Me quedé con la boca abierta, incapaz de procesar el nivel de traición.

—¡Esto es injusto! ¡Soy tu hija biológica!

Haku agarró los palillos, se metió un takoyaki entero a la boca y cerró los ojos, gimiendo de placer de una forma exagerada y ridícula.

—Mmm... ¡Dios mío, GRACIAS, MAMÁ! Está riquísimo. Es el mejor manjar que he probado en mi vida.

Mi madre le apretó el hombro con cariño, radiante de orgullo.

—De nada, hijo mío. Come todo lo que quieras, hay más en el sartén.

Me puse de pie de un empujón. Verlo ahí, adueñándose de mi espacio, de mi comida y de la última noche que nos quedaba, me hirvió la sangre. Agarré el borde de la mesa con los nudillos blancos y le grité a ese parásito comedor de pulpo con todo el aire de mis pulmones:

—¡NO ES TU MAMÁ!

Mis ojos se desviaron hacia la pared. 19:15. El segundero avanzaba con un tic-tac sordo que me taladraba la cabeza. Miré la mesa, las sillas, la luz cálida sobre nosotros y la forma en que Haku engullía la comida. Se sentía tan dolorosamente familiar. Era una rutina que había tomado con tanta naturalidad, asumiendo con una estupidez monumental que nunca se iba a terminar.

De la nada, mi madre soltó la pregunta que yo no había tenido el valor de articular en todo el día.

—Y Haku... —apoyó la barbilla en su mano, mirándolo con suavidad—. ¿Cuándo piensas volver? Porque vas a volver, ¿verdad?

Él dejó de masticar. Soltó una risita nerviosa, intentando que sonara simple y cotidiana.

—Sí, voy a volver —dijo, forzando una sonrisa, aunque sus ojos esquivaron los nuestros y se clavaron en el mantel—. Pero aún no sé cuándo. Tengo que ver el estado de mi madre y... bueno, organizar un par de cosas. —Aclaró la garganta, intentando aligerar el ambiente que se le caía encima—. Pero siempre voy a volver. Esta es mi casa.

—No es tu casa... —murmuré, clavando la vista en el plato.

—¡Claro que esta es tu casa, Haku! —le aseguró mi madre, ignorándome por completo—. Te estaremos esperando con Hana.

—No es tu casa... —repetí. Quería que sonara como una orden fría y cortante como la de siempre, pero la voz se me quebró a la mitad de una forma tan patética que me odié al instante.

Haku me miró de reojo. Asintió lentamente. Sus manos, siempre tan seguras e irritantemente inquietas, temblaban un poco mientras sostenían los palillos. Sus ojos brillaban mucho más de lo normal bajo la luz de la cocina.




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