Entrar en la casa fue como entrar en una tumba. El silencio nos golpeó de frente, un vacío pesado que ocupaba el lugar donde antes había gritos, insultos y el estruendo constante de Haku existiendo.
Mi madre no dijo nada. Se fue directo a la cocina con una parsimonia que me ponía los nervios de punta. La vi agarrar el plato azul, el de los takoyaki que Haku había devorado hacía apenas una hora. Lo lavó con un cuidado casi religioso, deteniéndose en los bordes como si tratara de borrar el tiempo. En lugar de ponerlo con los demás, lo guardó al fondo de la alacena, en ese estante donde solo van las cosas que no queremos que se rompan.
—¿Quieres algo de comer, Hana? —me preguntó sin darse la vuelta. Su voz sonaba pequeña, filtrada por el vapor del agua.
—No, mamá. Subiré a mi pieza, estoy cansada.
Asintió con una sonrisa suave que no le llegaba a los ojos.
—Está bien, hija. El viaje de Haku es largo, viaja toda la noche. Seguramente nos hable por la mañana cuando llegue. Descansa.
Subí las escaleras arrastrando los pies, como si mis zapatos estuvieran llenos de la misma tierra de la terminal. Empujé la puerta de mi cuarto y la cerré tras de mí.
La habitación se sentía inmensa. Demasiado ordenada, demasiado quieta. Sin su presencia, el cuarto parecía haber perdido tres grados de temperatura. Y sin embargo, las huellas del idiota seguían por todas partes, como un eco que se negaba a apagarse.
Sus gafas de sol baratas sobre mi escritorio. El cepillo de dientes viejo asomando por la puerta de mi baño. Un joystick de la consola tirado al pie de la cama y, sobre mi mesita de noche, el maldito bol de palomitas vacío de la noche anterior.
—Come como un animal... —murmuré para las paredes, pateando el joystick hacia un rincón. El ruido del plástico chocando contra el zócalo me resultó insoportable—. Y el tipo teniendo...
Me detuve en seco. La palabra se me quedó trabada en la garganta.
Teniendo... dinero.
Mis ojos viajaron a la velocidad de la luz hacia la mochila tirada en la silla. El corazón me dio un vuelco, un golpe seco contra las costillas. Caminé hacia ella casi en cámara lenta, con los dedos temblándome mientras abría la cremallera del bolsillo delantero. Metí la mano y rocé un fajo de papel arrugado.
Lo saqué. Era el dinero de él. Todo el dinero.
Me quedé mirando los billetes en mi mano por tres segundos eternos antes de que una risa corta, seca e incrédula escapara de mi garganta.
—Maldición... —susurré, tapándome la boca con la mano libre. Me senté en el suelo, rodeada por el silencio de mi habitación—. Soy una ladrona. Oficialmente soy una criminal.
Me lo imaginé llegando a su destino, bajando del autobús con los ojos hinchados de sueño, buscando en sus bolsillos para pagar un taxi y encontrando solo pelusas y aire. Pero entonces la culpa —ese sentimiento estúpido y debilucho que amenazaba con hacerme llorar de nuevo— fue aplastada por mi indignación de siempre. La rabia era más fácil de manejar que el remordimiento.
—¡Es que es un tonto! —exclamé al aire, poniéndome en pie para caminar de un lado a otro—. ¿Cómo se va al otro lado del país sin revisar su billetera? ¡Es un inútil! ¡Yo le hice las maletas! ¡Yo le compré el cepillo de dientes feo! ¡Yo tuve que organizar toda su patética vida porque él no sabe dónde tiene los pies!
Me senté en la cama, apretando el fajo de billetes contra mis rodillas. El descaro de ese tipo era increíble. Mi mente, retorcida por la soledad repentina, buscó una explicación que no me hiciera sentir como un monstruo. Tenía que ser una trampa. Una excusa barata para que mañana tuviera que llamarme a gritos por teléfono, para que yo tuviera que ser su salvadora otra vez.
Miré los billetes con resentimiento, apretándolos hasta que el papel crujió. Capaz que ni se los devuelva. Me lo merecía por todo el estrés psicológico que me había hecho sufrir hoy. Era mi pago justo. Por ocultarme su viaje, por dejarme sola y por hacer que lo abrazara cuando se fue.
Agarré una polera vieja que se le había quedado tirada en mi silla. Una prenda gris, desgastada, que olía a él; a esa mezcla de menta y jabón barato que me revolvía el estómago de una forma que me negaba a analizar. La apreté contra mi pecho un segundo, solo un segundo, sintiendo el calor residual de su fantasma, antes de lanzarla con todas mis fuerzas hacia el pasillo.
—¡Fuera! —le grité a la polera, como si fuera él—. ¡Fuera de mi vista!
Me di media vuelta sobre mis talones. Este miserable día se había acabado y yo quería borrarlo de mi memoria.
Agarré mi pijama de algodón y, por puro instinto, caminé hacia el baño. Apenas entré y cerré el seguro, me detuve frente al espejo con la camiseta a medio quitar. Parpadeé, sintiéndome una absoluta estúpida.
El ya no estaba al otro lado de la puerta. El idiota no estaba tirado en mi cama, no estaba criticando los pósters de mis paredes ni esperando para hacer comentarios estúpidos sobre los ositos de mi ropa de dormir. Podía desnudarme en medio del cuarto si me daba la gana. La privacidad que tanto le había reclamado a gritos durante meses, ahora se sentía como una casa con demasiadas ventanas abiertas. Me puse el pijama con movimientos rápidos, casi violentos, tratando de ignorar que por primera vez en años no tenía que ponerle el cerrojo a nada.
Volví a mi cuarto. Tomé el celular y lo conecté al cargador. La pantalla marcaba las doce de la noche. Pasé el dedo por las opciones de volumen y lo puse en silencio absoluto. Si ese idiota me llamaba desde la terminal a las tres de la mañana, aterrado por no tener dinero para un taxi o un café, no pensaba escucharlo. Tenía que hacerlo sufrir. Quería que sintiera una pizca del desamparo que me había dejado a mí. Era su castigo kármico.
Con una sonrisa de victoria amarga en los labios, tomé impulso y me dejé caer de golpe sobre la cama.
¡CLAC!
Un dolor seco y punzante me atravesó la cabeza, como si hubiera aterrizado sobre un bloque de granito.
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Editado: 15.05.2026