Al cruzar la entrada del instituto, la realidad me golpeó como un portazo. Caminar por esos pasillos sola era como caminar desnuda. Sentía las miradas de los demás clavándose en mi nuca, pero me obligué a ignorarlas. Como siempre nos veían juntos, debía ser raro para ellos verme así, pero hoy ese ruido de fondo me resultaba ajeno, como estática de una radio mal sintonizada.
Apreté las correas de mi mochila y apuré el paso. Ojalá ese idiota hubiera avisado en secretaría sobre su ausencia antes de huir; no quería tener que dar explicaciones sobre su patética vida a los profesores.
Llegué al salón y el aire se me escapó de los pulmones. Ahí estaba. El asiento de la derecha.
No estaba la silla chirriando por su incapacidad crónica para quedarse quieto. No estaba su estúpido olor a jabón barato y menta compitiendo con el aire viciado del salón. Estaba, simplemente... vacío.
Me senté con una parsimonia mecánica. Saqué mis cuadernos y, por puro instinto, deslicé mi estuche de lápices hacia la esquina del pupitre de Haku, invadiendo su espacio como si pusiera una bandera en territorio conquistado para que nadie más se atreviera a acercarse.
— Hola, Hana... ¿Cómo estás?
Miré hacia el frente. Amy estaba ahí, observándome con sus ojos grandes, su cara redonda y tierna, pero con esa intensidad paranoica que siempre me ponía los pelos de punta. No llevaba su cuaderno de tinta roja en las manos, pero me miraba como si estuviera analizando mi aura.
— Hola, Amy — le devolví una sonrisa que se sintió como plástico estirado— . Bien, ¿y tú? ¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Fue la primera vez en mi vida que le pregunté algo que no fuera estrictamente necesario para la supervivencia escolar. Necesitaba ruido. Necesitaba que alguien me hablara de cualquier cosa, por muy ridícula que fuera, con tal de no escuchar el silencio ensordecedor que venía de mi derecha.
Ella se inclinó sobre mi mesa, entrecerrando los ojos.
— ¿De verdad quieres saber, Hana? Es información... confidencial. El nivel de ruido en la red fue inusual el sábado por la noche.
En otro momento habría rodado los ojos y me habría dado la vuelta, pero hoy... hoy me servía.
— Cuéntame, Amy. Necesito saber qué dicen tus redes — le pedí, fingiendo un interés que mi cerebro apenas procesaba.
Ella asintió solemnemente, pero antes de empezar, acercó su rostro al mío con una fijeza perturbadora. Su vista se clavó justo en la parte superior de mi frente.
— Hana... tienes una anomalía en el lóbulo frontal derecho — susurró, señalando con la goma de su lápiz el enorme chichón que me palpitaba en la sien— . ¿Te resististe a un intento de abducción anoche? ¿O es la inflamación típica de un microchip implantado a la fuerza?
Me tapé la frente con la mano rápidamente, sintiendo que la vergüenza me calentaba las orejas de golpe.
— ¡No es un microchip, Amy! — siseé, maldiciendo internamente a Haku, a su estupidez y a ese maldito marco de metal escondido bajo mi almohada— . Solo me golpeé la cabeza con... con un mueble. Soy torpe, ¿ok?
Ella pareció procesar el dato archivándolo con evidente escepticismo, antes de que su mirada viajara lentamente hacia el pupitre a mi derecha.
— Oye... ¿y el ruidoso?
Tragué saliva. Miré el espacio vacío, donde mi estuche de lápices parecía una pequeña y patética isla en un océano de madera.
— Ese idiota se tuvo que ir — respondí de inmediato, forzando un tono de indiferencia que me raspó la garganta—. Su madre está enferma y tuvo que ir a cuidarla. Una situación familiar normal, Amy. Nada de conspiraciones.
— Qué mal... — murmuró ella, y por un segundo vi una chispa de empatía real en su cara, algo que me hizo sentir aún más incómoda que sus locuras—. ¿Es eso o... sospechas que lo han extraído para algún experimento de reubicación social? El tiempo de desaparición coincide con un patrón que he estado rastreando.
— Es eso — la interrumpí, apretando los puños debajo del pupitre— . Yo misma lo dejé en la terminal de buses. Vi cómo se iba. No hay extraterrestres involucrados, te lo juro.
— Ah... bueno. Entonces espero que su madre se mejore pronto — dijo ella, recuperando su tono monocorde y distante— . Si necesitas algo... o si notas que te siguen hombres de negro porque ahora estás sola, me avisas. Tengo equipo de interferencia en mi casillero.
“Porque ahora estás sola.”
La frase se me clavó en el pecho como una aguja helada. Odié que tuviera razón. Odié que hasta la chica que creía en hombres lagarto se diera cuenta de lo obvio.
— Gracias, Amy... — logré decir, obligándome a soltar aire— . Lo tendré en cuenta.
Se dio la vuelta hacia su asiento con un murmullo incomprensible sobre frecuencias de radio, dejándome a solas con mis pensamientos. Unos minutos después, el profesor entró al salón. El ruido habitual se apagó y, cuando el pase de lista llegó a la letra que no quería escuchar, los músculos de mi cuello se tensaron como cuerdas de piano.
Para mi sorpresa, el profesor explicó la ausencia de mi vecino de forma breve y profesional. Resultó que el muy cretino, en medio de su caos de maletas, dramas hospitalarios y despedidas de último minuto, sí se había tomado el tiempo de avisar al instituto y tramitar su permiso de forma impecable.
Una parte de mí sintió alivio al no tener que dar explicaciones frente a treinta personas, pero la otra... la otra estaba hirviendo de rabia.
¿Así que tuviste tiempo para el papeleo oficial de secretaría pero no para decirme la verdad de tu viaje con anticipación, estafador? ¿Para el colegio eres un ciudadano modelo y para mí eres un cobarde mentiroso?
Noté que varios compañeros giraban la cabeza disimuladamente hacia el pupitre vacío, con la curiosidad brillando en sus ojos como buitres esperando ver los restos del desastre. Me bastó con clavarles una mirada de hielo y fruncir el ceño con mi mejor expresión de “no respires cerca de mí si valoras tu integridad física” para que los murmullos murieran antes de nacer.
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Editado: 15.05.2026