No te necesito, Imbécil.

Capítulo 7 — El Territorio Prohibido.

La llave giró en la cerradura con un chasquido metálico que sonó demasiado fuerte en el pasillo vacío. Empujé la puerta y el aire del apartamento me golpeó de frente: olía a Haku. A esa mezcla inconfundible de detergente barato, libros viejos y el toque cítrico de su desodorante.

Sentí un apretón en el pecho que me dejó momentáneamente sin aliento. Me obligué a sacudir la cabeza. Cero cursilerías, Hana. Esto es una misión de rescate. Consola, planta y el cajón secreto.

Caminé por la sala con pasos sigilosos, como si el propio Haku fuera a saltar desde detrás del sofá. Estaba exactamente igual a como la dejamos: un caos de ropa olvidada y objetos fuera de lugar.

Antes de ir por mi botín principal, me desvié hacia la cocina buscando pruebas. Abrí el refrigerador con fuerza, y ahí estaban. Bebidas a medio terminar, algunos condimentos solitarios y, en un tupperware que reconocería en cualquier parte, una porción de estofado casero.

Abrí la alacena y mis sospechas se confirmaron con una bofetada de realidad: sobres de sopa instantánea, snacks coreanos y ese arroz de grano corto que mi madre siempre compraba en oferta.

— ¡Traidores! — susurré al vacío de la cocina.

Así que mi supuesta madre y su “no-hijo” favorito tenían su propia red clandestina de tráfico de comida. Me invadió una mezcla de rabia fingida y un pinchazo de soledad real que me obligué a tragar. Ver la comida de mi casa aquí, en este apartamento frío y extrañamente quieto, me hizo sentir fuera de lugar.

Cerré la alacena de golpe, sintiéndome de pronto como una intrusa.

Volví a la sala. Sobre la repisa de la ventana, bañada por un rayo de sol de la tarde, estaba la plantita de Haku. Me acerqué con el ceño fruncido. Sus hojas estaban increíblemente verdes, sanas y brillantes, y a su lado descansaba una botella de agua pequeña, lista para ser usada.

— Increíble... — murmuré, mirándola con recelo— . ¡El maldito cuidaba a esta planta mejor que a mí!

Le dediqué una mirada gélida al vegetal y me alejé. Ya vendría por ella luego.

Mis ojos se clavaron entonces, casi magnéticamente, en la puerta del cuarto de Haku. Estaba entreabierta, dejando ver un trozo de su escritorio cubierto de cables y libros de texto. La habíamos dejado así durante la locura de empacar maletas, un naufragio de intimidad expuesta.

El silencio que emanaba de esa habitación era una invitación prohibida. Un desafío que me quemaba la piel.

“No entres. dijo que no entraras”, me advirtió una vocecita sensata en mi cabeza.

Di un paso hacia el umbral. Mi conciencia me gritaba que agarrara la consola de la sala, la estúpida planta y saliera de allí disparada, pero mi curiosidad — esa maldita chispa que siempre terminaba por incendiarlo todo en mi vida — había tomado el control absoluto del sistema.

— Solo voy a revisar un poco... — me susurré, apoyando la mano en el pomo de madera fría— . No es que me interesen sus cosas, es solo una inspección técnica de seguridad. Por si dejó algo encendido. Mi madre me mataría si este lugar se quema por su culpa.

Empujé la puerta con la punta de los dedos. El chirrido de las bisagras cortó el silencio del departamento como una navaja. El cuarto estaba en penumbra, con solo un rayo de luz naranja colándose por las persianas a medio cerrar, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Estaba tal cual lo recordaba: su cama deshecha con el edredón por el suelo, sus posters de bandas raras pegados con cinta adhesiva y su escritorio — un campo de batalla de papeles, componentes electrónicos y cables enredados.

Me detuve en el límite de la alfombra. Sentí que estaba pisando terreno sagrado o, peor aún, un campo minado. Si el idiota me pillaba revisando su santuario, la lista de diecisiete puñetazos acumulados se iba a quedar corta para lo que él me haría a mí.

Empecé a escanear la mesa. Había guías de estudio, bocetos de circuitos y un par de diagramas que definitivamente no eran de la escuela. Me negué a tocar su computadora; no tenía ninguna intención de descubrir qué clase de tonterías consumía en su tiempo libre. Mi curiosidad tenía límites éticos, después de todo.

Pero entonces mis ojos bajaron al cajón del escritorio. El “Cajón Libre de Hanas”. El que siempre protegía con alguna excusa barata o con su propio cuerpo cuando yo intentaba acercarme. El maldito cajón feo de madera desgastada que desentonaba con el resto del mueble.

Me senté en su silla giratoria, sintiendo cómo el resorte crujía bajo mi peso, y me envolvió su olor con una fuerza que me hizo cerrar los ojos un segundo. Al abrirlos, me incliné para inspeccionar el objetivo. Tenía un seguro metálico, un candado de combinación de cuatro dígitos.

— ¿Cuatro dígitos, Haku? ¿En serio? — murmuré, con una sonrisa desafiante— . Eso es casi una invitación.

Acerqué la mano al candado, mi mente empezando a barajar fechas de cumpleaños, números de serie o cualquier estupidez que su cerebro de aceituna pudiera usar como clave...

¡BZZZZZZ! ¡BZZZZZZ!

Salté de la silla como si me hubieran dado una descarga eléctrica, con el corazón martilleando contra mis costillas. Por un segundo, juré que el idiota me estaba observando por una cámara oculta y que el teléfono era su forma de decir: “¡Te atrapé, Generala!”

Mamá: Hana, ¿dónde estás? Ya llegué a la casa.

Casi me muero del susto, pero mis dedos volaron sobre la pantalla para responder antes de que su radar maternal detectara algo turbio.

Hana: Estoy en el departamento de Haku, mamá. Ya voy para allá, solo vine a buscar la consola que me prestó.

Mamá: Ah, está bien. Vuelve pronto, ¡y no andes husmeando entre sus cosas!

Hana: No me interesan sus cosas... Por cierto, prepárate, porque en cuanto llegue vamos a hablar de tu “sociedad gastronómica” secreta con él. Sé lo del estofado, mamá. Te tengo vigilada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.