No te necesito, Imbécil.

Capítulo 8 — El Intruso

Al día siguiente, no desperté; resucité.

Abrí los ojos con la sensación de tener arena bajo los párpados y un zumbido en los oídos. Me había quedado hasta altas horas de la madrugada exprimiendo la consola secuestrada de Haku. Resulta que Amy no solo sabe de conspiraciones gubernamentales — en los videojuegos de pelea es una máquina de matar despiadada y sumamente competitiva.

Jugamos en línea un buen rato, y para colmo de males, el muy desgraciado de Haku no dejaba de mandarme mensajes al celular dándome “indicaciones estúpidas” desde el hospital para que no me humillaran.

“¡No debiste ocupar ese personaje, reacciona más rápido, pásame el control!”

Después de perder mi quinta partida consecutiva, le escribí a Haku que se fuera al diablo, lo silencié sin piedad y apagué la maldita consola.

Me arrastré hasta el espejo del baño y casi pego un grito al ver mi reflejo: cara de muerta en vida, pelo revuelto y los ojos rojos con ojeras. Me duché en tiempo récord, usando el agua helada para volver en sí, no funciono. Traté de ponerme el uniforme dando saltitos en un pie por la habitación, pero la maldita calceta del colegio se negaba a subir. Terminé tirándome de espaldas sobre la cama, gruñendo mientras obligaba a la tela a ceder a la fuerza bruta.

—¡Hana! —el grito de mi madre cruzó la casa desde el primer piso—. ¡Mira la hora!

Bajé las escaleras saltando los escalones de dos en dos, abrochándome la blusa a la carrera. Mi madre estaba en la cocina, apoyada en la encimera, mirándome con los brazos cruzados. Sabía perfectamente que me había desvelado, y no precisamente por mis ojeras, sino por los gritos histéricos que pegué a las dos de la mañana cuando Amy me hizo su tercer Fatality.

—Buenas noches —me saludó, con un sarcasmo tan afilado que cortaba el aire.

—Hola, mamá... —murmuré, encogiéndome de hombros con una sonrisa culpable.

—Ya, trágate algo rápido y vete al colegio. Y escúchame bien: no quiero escuchar un solo grito más a esas horas de la madrugada o la que se va de esta casa eres tú, junto con esa estúpida maquinita de Haku.

—Sí, mamá. Entendido.

Agarré una tostada, le di un mordisco enorme y salí a la calle. Era viernes. El último día de mi primera semana de supervivencia sin el idiota mayor. Mientras el aire frío de la mañana me golpeaba la cara para terminar de despertarme, me di cuenta de algo extraño: quería que el día pasara rápido. Quería volver a casa, encender la consola, jugar con Amy y seguir peleando por chat con Haku.

Había encontrado un nuevo equilibrio. Mi ecosistema estaba funcionando perfectamente de nuevo. Nada podía arruinar mi día.

Llegué al colegio arrastrando los pies y, al mirar el reloj de la entrada, confirmé mi tragedia: diez minutos tarde. Me escabullí por el pasillo como una sombra, rogando que nadie me viera en este estado de degradación humana, y me colé en el salón de clases. Me desplomé en mi asiento con la esperanza de pasar desapercibida, mientras el profesor seguía concentrado en unos papeles en su escritorio, ignorando al mundo.

Amy se giró de inmediato, observándome con una intensidad quirúrgica.

—Hana... te ves horrible —susurró, sin anestesia.

—Cállate... —mascullé, apoyando la frente en la mesa—. Pero tú... ¡¿qué rayos?! Amy, ¿por qué no te ves de la mierda como yo?

Amy soltó esa risita de cerdito, tapándose la boca con elegancia conspiranoica.

—Eres una novata, Hana. Yo apenas duermo, mi sistema ya se adaptó a la falta de luz solar.

—No es justo —protesté en voz baja—. Tú te ves como una persona normal y yo parezco un experimento fallido.

—No te preocupes —respondió ella, con una chispa de diversión en los ojos—. Estás en modo “zombie kawai”. Aparte, el Ruidoso no está aquí para burlarse de tus ojeras, así que... —Hizo una mueca extraña, señalando con el labio hacia mi derecha.

—Sí, bueno, al menos eso es un alivio —dije, cerrando los ojos—. Por cierto, eres una maldita por no decirme que eras una profesional. Mi madre casi me deshereda.

—Mi padre me enseñó —dijo Amy con orgullo—. Es un instructor muy estricto, incluso en el mundo virtual.

Nos reímos un segundo, pero Amy seguía haciéndome señas desesperadas con los ojos. ¿Qué le pasaba? ¿Tenía un insecto alienígena en el hombro? Amy insistió, moviendo la cabeza hacia el asiento de Haku.

Giré la cabeza lentamente con los ojos entrecerrados y la imagen me golpeó con tanta fuerza que me olvidé de respirar.

—¡¡¿PERO QUÉ MIERDA?!! —mi grito rasgó el silencio del salón y debió escucharse hasta el extremo del país.

—¡Señorita Nakamura! —bramó el profesor, golpeando la mesa con un libro—. ¡Si no puede llegar a tiempo, al menos tenga la decencia de guardar silencio!

Me tapé la boca con ambas manos, roja de la vergüenza, mientras mi corazón intentaba salirse de mi pecho. Había un chico ahí. Un chico de carne y hueso, sentado en el pupitre sagrado, ocupando el espacio que Haku había dejado apenas hacía unos días.

—¡¿Tú?! ¡¿Cuándo llegaste?! ¡¿Por qué estás sentado ahí?! ¡Responde! —le siseé, ignorando por completo el protocolo de “no ser una loca”.

El chico se sobresaltó visiblemente. No fue un movimiento discreto — su codo chocó contra el estuche, que salió disparado al suelo con un estruendo metálico que hizo girar varias cabezas. Se agachó a recogerlo con una rapidez torpe, se golpeó la cabeza contra el borde del pupitre al levantarse y soltó un sonido ahogado que intentó disfrazar tosiendo.

Con la frente levemente enrojecida, se compuso como pudo y me miró. A primera vista era todo lo contrario a lo que acababa de hacer: cabello perfectamente peinado, uniforme sin una sola arruga, facciones ordenadas. El tipo de chico que parece salido de un catálogo escolar. Pero sus manos todavía sostenían el estuche con demasiada fuerza y sus orejas estaban ligeramente coloradas.

—Perdón —dijo, con un tono más suave y educado de lo que esperaba—. No quise asustarte... el profesor me indicó que este asiento estaba libre cuando llegué temprano.




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