No te necesito, Imbécil.

Capítulo 9 — Protocolo de Contacto Humano.

Tomé a Amy del brazo antes de que pudiera arrepentirse y salimos del colegio a paso firme.

—¿Qué quieres hacer, Amy? ¿Te vas a ir a encerrar a tu casa como una rata de laboratorio o vamos a aprovechar el viernes como gente normal? Pero te advierto: tenemos un trato. ¡Nada de hablar de hombres ni de frecuencias alienígenas hoy!

Amy se dejó arrastrar, ajustándose las gafas con la mano libre.

—Bueno, lo de la rata de laboratorio no sonaba tan mal para mis planes de fin de semana —murmuró, casi para sí misma—. Pero como estoy intentando asimilar el protocolo de “buena amiga”, te acompañaré.

—Más te vale. Tienes que ganarte ese título, sobre todo considerando que no empezaste muy bien vendiéndome a las garras del chico nuevo.

—Ah, eso... —Amy soltó una risita nerviosa, encogiéndose de hombros—. Fue solo un experimento de reacción táctica. No esperaba que los resultados fueran tan... explosivos. ¡Perdón! ¿Fue mi culpa que tú y el Ruidoso se pelearan?

Caminamos en silencio. El sol de la tarde nos daba de frente, pero yo sentía un frío extraño en el pecho.

—No, no fue tu culpa, Amy... no fue culpa de nadie —suspiré, pateando una piedra suelta en el pavimento—. Pero creo que lo herí un poco. Es que... estaba enojada. Y todo esto de su viaje, su mamá y el colegio me tiene los nervios destrozados.

Llegamos a la plaza del barrio y encontramos una banca vacía bajo la sombra de un árbol. Me dejé caer pesadamente sobre la madera y apoyé la cabeza en mis manos. Amy se sentó a mi lado, inusualmente quieta, observándome con una atención clínica pero llena de empatía.

El silencio duró un par de segundos. Intenté pensar en otra cosa. En los videojuegos de esta noche, en la revancha que Amy me debía, en cualquier cosa que no fuera el chat cortado y la despedida seca de Haku.

No funcionó.

—Es que toda la semana ha sido rarísima, Amy —estallé de pronto, incapaz de contener la frustración que me quemaba la garganta—. Y justo cuando por fin podía actuar normal, cuando empezaba a sentir que todo estaba un poco mejor y que podía manejar la situación... ¡llega ese cretino con su cara boni...! —¡Su cara idiota! —corregí nerviosamente, agitando una mano en el aire—. ¡Y su maldito estuche ordenado a sentarse en SU silla!

Amy me miró fijo un segundo, procesando mi “desliz”, pero decidió dejarlo.

—La silla de Haku —puntualizó, asintiendo con gravedad militar—. Sí... y con su estúpida cara de idiota. —Añadió la frase en un tono completamente monótono, solo para apoyarme en mi indignación territorial.

—¡Sí! Con su estúpida cara... —Apreté los puños sobre mis rodillas, sintiendo que la vista se me nublaba por la rabia y el cansancio—. ¡Aggg, me molesta tanto no estar con Haku!

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas o morderlas. El silencio en la banca se volvió espeso de golpe. Tragué saliva, sintiendo que me faltaba el aire, y me obligué a toser fuerte, como si un estornudo pudiera borrar lo que acababa de decir.

—¡Olvida lo último que te dije! ¡Es una orden! —exigí, hundiendo la cara entre mis brazos cruzados sobre las rodillas—. No sé qué me pasa hoy.

Me escondí en la oscuridad de mis brazos, sintiéndome estúpida y vulnerable. De pronto, sentí unos golpecitos rítmicos, secos y mecánicos sobre mi espalda. Uno, dos, tres.

Levanté la cabeza despacio, mirándola de reojo.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.

Amy tenía la mano suspendida en el aire, dudando antes de dar otra palmada robótica.

—Creo que esto es lo que se hace para consolar a las amigas en crisis —respondió, completamente seria—. Es parte del protocolo de contacto humano. ¿Lo estoy haciendo bien?

Solté un bufido que rápidamente se transformó en una carcajada limpia y liberadora.

—Eres rarísima, Amy. Pero sí, sigue así. Funciona —admití, secándome el rabillo del ojo con la manga y recomponiéndome en la banca—. Bueno. Ahora sí, cambio de fase. Desde este segundo, nada de chicos. Están prohibidos.

—Afirmativo. Nada de chicos repulsivos —asintió ella, acomodándose las gafas—. Son idiotas, malhumorados y, aparte, nos enredan las cabezas con cosas tontas y frecuencias confusas... Bueno, eso creo en teoría. La verdad es que no conozco a ningún chico aparte de mi hermano pequeño, pero a él solo lo ocupo para experimentos sociales de obediencia.

Ambas estallamos en una carcajada que espantó a un par de palomas cercanas. El nudo en mi estómago por fin cedió.

—¡Deja a tu pobre hermano tranquilo! —le dije, dándole un empujón suave con el hombro—. Cuéntame de ti, Amy. ¿Por qué no has hecho más amistades en el colegio? Eres muy buena escuchando... y dando palmadas roboticas.

Amy parpadeó, apuntándose a sí misma con el dedo índice, completamente desconcertada por mi pregunta. Bajó la vista hacia su libreta amarilla y empezó a pasar las páginas rápidamente, como si buscara información clasificada sobre su propia vida.

—¿De mí? —preguntó, todavía sin encontrar la página correcta—. ¿De dónde salí?

—Sí, Amy, de ti. De dónde saliste.

Ella levantó la vista del cuaderno, empujándose las gafas por el puente de la nariz con total seriedad.

—Salí del útero de mi madre. De eso estoy científicamente segura.

Me reí a carcajadas, tapándome la boca para no hacer un escándalo en medio de la plaza.

—¡No me refería a eso, tarada! —logré articular, negando con la cabeza—. Me refiero a tu historia. Bueno, yo... la verdad es que tú siempre has sido así.

—¿Rara? —sugirió ella, sin una pizca de ofensa.

—Sí, exacto. Rara. Pero a tu manera.

—Me siento cómoda así, no me molesta en lo absoluto —dijo Amy, cerrando su libreta con un golpe suave sobre las rodillas—. Pero sí sé que, estadísticamente, debería tener más amigos. Una resistencia de una sola persona no es suficiente para repeler una invasión a gran escala. —Me miró de reojo y esbozó una sonrisita—. Bueno... ahora somos dos personas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.