No te necesito, Imbécil.

Capítulo 10 — Los Onigiris.

Al llegar a casa, sentí el cuerpo un poco más liviano. El eco de las risas con Amy en la plaza todavía me flotaba en la cabeza, empujando hacia un rincón oscuro la asfixia de los últimos días.

Saludé a mi madre, que estaba trajinando en la cocina, y antes de que pudiera empezar con su interrogatorio habitual, subí las escaleras de a dos hacia mi cuarto.

Tiré la mochila al suelo y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Me quedé mirando el techo, dejando que los eventos del día me cayeran encima de golpe: el chico nuevo, el asiento sagrado ocupado, mi primer abrazo real con Amy... y la pelea con Haku.

Me di la vuelta en el colchón con un gruñido de frustración y saqué el celular del bolsillo de la sudadera, desbloqueando la pantalla casi por instinto.

Ahí estaba su último mensaje, frío y tajante como un bloque de hielo.

Haku: Hablamos después. Iré a dormir un rato.

—Ese estúpido... me dejó hablando sola —murmuré contra la almohada.

¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? ¿Esperar a que despertara y se dignara a hablarme? ¿O mandarle un insulto para recordarle que no podía dejarme en visto?

—Debe estar durmiendo de verdad... —suspiré, frustrada—. Mejor esperaré a que me hable él.

Cerré los ojos, pero a los dos segundos los abrí de golpe.

—¡O no! ¡Me da lo mismo su estúpido orgullo!

Me levanté de la cama de un salto y lo primero que vi fue la planta, juzgándome en silencio desde el alféizar. Estaba recibiendo el sol anaranjado del atardecer a través de mi ventana, instalada ahí, mirándome como si supiera exactamente lo patética que me veía peleando con un teléfono móvil.

—Debí dejarte en su departamento para que te secaras —le siseé a las hojas verdes.

Pero la culpa me ganó. Me acerqué, tomé la botellita de agua que había robado de su casa y le rocié un poco sobre la tierra y las hojas con extremo cuidado.

—Que te marchites en mi guardia sería lo peor que me podría pasar en este momento —admití, secando el borde de la maceta—. Ese tarado no me lo perdonaría nunca.

Mientras miraba las gotas brillar sobre las hojas, tuve una idea.

Caminé rápido hacia mi mochila y rebusqué en el fondo hasta que mis dedos rozaron el plástico frío y gastado. Saqué la vieja cámara digital que Haku me había dejado antes de irse. “Si el mundo se vuelve insoportable, úsala”, me había dicho.

Encendí la cámara. El lente zumbó al abrirse. Encuadré la planta — perfecta y ridículamente verde contra la luz de mi ventana — y apreté el disparador.

¡Click!

Conecté el cable, transferí la foto a mi móvil con movimientos rápidos y la dejé lista en la galería. Se la mandaría en cuanto despertara. Era mi bandera blanca, mi forma de decirle que, aunque fuera una dictadora, estaba tratando de cuidar su territorio.

Bajé a la cocina arrastrando los pies, guiada por un olor delicioso que inundaba el pasillo. Mi madre ya tenía algo preparado sobre la mesa. Sonreí al ver una bandeja rebosante de onigiris recién hechos, crujientes y perfectos.

Me acerqué frotándome las manos, pero justo cuando iba a tomar el primero, mi madre se interpuso en mi camino y tosió exageradamente para obligarme a mirarla.

—Y bien... ¿pasó algo interesante en el colegio hoy? —preguntó, con un tono sospechosamente casual.

Me quedé con la mano en el aire. Había algo raro aquí.

—No, mamá. Todo normal —respondí, estrechando los ojos—. Solo que hice una amiga, aunque te cueste creerlo después del mensaje de esta tarde.

Mi madre soltó una risita suave mientras se cruzaba de brazos.

—La verdad es que sí cuesta creerlo, Hana. Pero te felicito. Muy bien por ti.

—¡¿Por qué lo dices así?! —exclamé, ofendida, retirando la mano del onigiri—. ¡Lo dices como si yo no tuviera absolutamente ninguna técnica básica para sociabilizar!

—No es por nada, hija. Sé perfectamente que eres un sol radiante de sociabilidad —se burló, dándose la vuelta hacia el fregadero para ocultar su sonrisa.

Agarré el onigiri más grande de la bandeja y le di un mordisco con auténtica rabia.

—¡Ja! —le solté, asegurándome de que me oyera bien claro por encima del ruido del grifo.

Me senté a la mesa, dispuesta a aprovechar que el idiota de Haku no estaba para acaparar todos los onigiris. Empecé a masticar con fuerza, disfrutando de mi victoria territorial, cuando la voz de mi madre volvió a flotar desde la cocina.

—¿Y has sabido algo de Haku hoy?

Me detuve a mitad de masticar.

—Sí... hablamos igual que todos los días —respondí, intentando sonar indiferente mientras me tragaba el arroz—. Está más cansado. Me dijo que su madre despertó, pero que está muy decaída. Pudieron hablar un poco.

—Sí, sí... algo de eso me contó también —respondió mi madre, secando un plato con lentitud.

Mierda, susurré para mis adentros, sintiendo que un sudor frío me bajaba por la nuca.

Mi madre también hablaba con el inutil. ¡Por supuesto que hablaban! ¿Cómo pude ser tan estúpida de olvidarlo?

—Aaaa... ¿y qué más te dijo? —pregunté, alargando la vocal en un intento patético de sonar casual.

Ojalá que no le haya contado lo del estúpido chico nuevo, recé internamente. O me tendrá interrogándome bajo la luz de una lámpara hasta la madrugada.

—Solo eso, que está muy agotado —respondió ella, dándose la vuelta por fin con un suspiro pesado—. Le dije que intentara dormir y que nosotros nos encargábamos de la casa. Y de su planta.

Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo y le di otro mordisco al onigiri, mucho más relajada. Mi secreto del “intruso” seguía a salvo de la Inquisición Materna. Al menos por hoy.

—Le pregunté si estaba comiendo bien —añadió mi madre, apoyándose contra el fregadero con el ceño fruncido—. Me dijo que sí. Pero, la verdad, no confío mucho en el papá de Haku. Ya sabes cómo es... un poco distraído. Y un tanto irresponsable para estas cosas.




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