El resto del fin de semana se me escurrió entre los dedos en un borrón de normalidad que me sorprendió hasta a mí misma.
La tarde del sábado me encerré en mi cuarto con la consola secuestrada de Haku y dejé que Amy me destrozara en los videojuegos de pelea unas diez veces más. El domingo transcurrió casi igual: dividí mis horas entre estudiar un poco, ver mis series (sola y sin interrupciones odiosas) y dejar que mi nueva amistad con la Agente de las Conspiraciones se solidificara a base de chistes malos y teorías absurdas.
¿Y Haku? Obviamente el idiota no se quedó callado. Me rendí el sábado por la noche y le mandé la foto de la planta iluminada por mi ventana, esperando un "gracias" o al menos un comentario sarcástico. En su lugar, el muy ingrato me devolvió una clase magistral de biología de doce párrafos sobre la fotosíntesis y el nivel exacto de humedad que necesitaba la tierra, amenazando con denunciarme a los servicios de protección vegetal si se le caía una sola hoja. Desde cuando sabe tanto de plantas.
Nos pasamos el domingo peleando por cosas triviales. Esa rutina de insultos a distancia me devolvió la energía. Menos mal que se retractó de todo el drama de la madrugada. Al menos en la superficie.
Y así, el lunes llegó tan rápido que apenas me di cuenta.
A diferencia de la semana pasada, me obligué a dormir temprano el domingo. No pensaba volver a pisar los pasillos del colegio con cara de zombie y el pelo revuelto. Había recuperado mi estatus de "Generala" y esperaba que el tonto chico nuevo hubiera captado la indirecta y se hubiera buscado otro asiento lejos de mi radar.
Al entrar al salón de clases, busqué a mi súper amiga de inmediato. Caminé hacia el pupitre de Amy y, a modo de saludo, le di un palmetazo suave en la cabeza. Ella se sonrió, ajustándose las gafas, y empezó a darme instrucciones no solicitadas sobre cómo tenía que mejorar mis tácticas de bloqueo en el juego.
Se calló de forma misteriosa cuando empecé a apretarle el hombro con un poco más de fuerza de la necesaria.
-Entendido -dijo Amy, soltando una de sus risitas nasales-. Cambio de tema. ¿Cómo dormiste? ¿Has sabido algo del Ruidoso?
Le conté que seguía en el hospital y que estaba insoportable con el cuidado de sus plantas. Por supuesto, no le conté todo como lo de los sueños para mayores de 18 o la cuenta de golpes en mi cuaderno o que mi madre ya quiere nietos, porque sabía que la muy espía podía usar mis palabras en mi contra en cualquier momento.
Mientras hablábamos, me giré hacia la derecha para sentarme y solté el aire contenido.
El asiento de Haku estaba vacío.
Respiré tranquila por primera vez en toda la mañana, sintiendo que había recuperado el control de mi territorio. Me giré hacia Amy, apoyando un codo sobre la mesa.
-Oye, ¿y el chico nuevo? -le pregunté, bajando la voz.
-Aún no entra en mi rango de radar -respondió Amy, revisando su reloj-. Pero según mis cálculos de probabilidad, debería llegar en cualquier momento. Si es que no fue extraído durante el fin de semana, claro.
Me quedé mucho más tranquila tras sacar mis cosas y colocar mi propio estuche sobre el escritorio. Me había jurado a mí misma que jamás volvería a dejarlo en casa; no pensaba pasar por otra situación de riesgo biológico y vergüenza pública.
Ya estaba casi a punto de empezar la clase cuando el chico apareció en la puerta, visiblemente apurado. Se detuvo un segundo en el marco para arreglarse la corbata y ajustarse las correas de la mochila, y luego entró al salón con pasos lentos y calculados.
Dio unas cuantas vueltas buscando un asiento vacío. Lo vi preguntar en un par de mesas, pero todos le indicaban con gestos secos que los lugares estaban "ocupados". En este colegio, las jerarquías territoriales se respetan, y Ryusei se veía cada vez más desesperado por encontrar dónde sentarse.
-Hana... el chico está buscando un asiento -me susurró Amy por encima de su hombro.
-Sí, lo vi, Amy -respondí, alternando la mirada entre la cara de pánico contenido del chico y el pupitre vacío de mi derecha.
La promesa que le hice a Haku y el instinto de conservación se apoderó de mí. Me giré hacia mi amiga con una idea desesperada.
-¡Amy, siéntate conmigo! ¡Dale tu asiento a él!
-¿Estás loca? -me soltó de inmediato, ajustándose las gafas con indignación-. Ya te dije la semana pasada que no me voy a sentar en una silla impregnada de energía residual de chico. Aparte, tengo información muy delicada desplegada en mi puesto y no puedo comprometer la misión.
-¡Cambiemos de puesto entonces! -le sugerí de forma amistosa. O al menos, intenté que sonara amistoso, pero por la forma en que Amy retrocedió un milímetro, supe que mi cara de pocos amigos no me había ayudado mucho a convencerla.
-Negativo, Hana -sentenció ella. Se dio la vuelta con un movimiento robótico y me dio la espalda, dejando claro que el plan desesperado había sido cancelado.
Solté un gruñido ahogado y agaché la cabeza, escondiendo el rostro entre mis brazos cruzados sobre la mesa.
Si no lo veo, no es mi culpa. Si no lo miro, no es mi problema, me repetí como un mantra, cerrando los ojos con fuerza.
Pero apenas pasó un minuto cuando escuché un carraspeo nervioso justo al lado de mi banco. El roce inconfundible de unos zapatos contra el suelo me avisó que alguien acababa de detenerse frente a mí.
-Hola, Hana... -escuché una voz suave sobre mi cabeza.
Mierda.
Me hundí un poco más en mi asiento, pegando la barbilla al pecho. El intruso carraspeó con más fuerza, y de reojo alcancé a ver la estúpida sonrisa de Amy. A esa idiota le encantaba verme sufrir.
Me levanté despacio, fingiendo esa distracción torpe de quien acaba de notar que hay alguien parado a su lado.
-Ah... hola, Ryusei. No te había visto. ¿Qué pasa?
-No hay asientos libres -dijo él, rascándose la nuca.
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Editado: 31.07.2026