No te necesito, Imbécil.

Capítulo 14 - La culpa y la desconexión de Amy.

A

my y yo nos quedamos mirando en silencio. Incluso ella, con todo su desapego de la realidad, supo de inmediato que habíamos hecho algo malo sin quererlo.

—Amy... —susurré, sin apartar la vista del chico sentado a lo lejos.

—Sí... —respondió ella, con la voz extrañamente plana.

—¿Qué hacemos? —le pregunté. Sentía que mis pies empezaban a bailar un zapateo nervioso y descontrolado bajo la mesa.

—No lo sé —admitió, y por primera vez la vi genuinamente desorientada.

—¡¿Cómo que no lo sabes?! ¡Busca en tus apuntes! —le exigí en un susurro desesperado.

Amy no perdió ni un segundo. Sacó su libreta amarilla con una urgencia casi militar y empezó a pasar las páginas a toda velocidad. Yo la observaba con el corazón latiendo a mil por hora; se la notaba tan nerviosa como a mí.

—¡Aquí! Encontré algo —anunció de pronto, deteniendo el dedo sobre una línea.

—¿Qué dice? ¡Habla ya!

—Dice que, si la persona se siente rechazada y solitaria, deberíamos incluirlo en el grupo.

—A ver, pasa para acá... —Le arrebaté la libreta y leí la frase a la rápida—. Mierda, eso está mal... pero tiene razón. Mira, Amy, esto es lo que tienes que hacer: vas a ir allá y...

Antes de que pudiera terminar de darle la orden, Amy realizó un gesto literal de desconexión. Cerró los ojos, dejó caer los brazos y se desplomó de bruces sobre la mesa con un golpe seco. Se quedó allí, completamente inmóvil, fingiendo un fallo en su sistema para evadir toda interacción humana.

—¡Amy Despierta! —siseé, mirando a mi alrededor—. ¡Voy a terminar pensando que de verdad eres un maldito robot!

Me aclaré la garganta con fuerza, sintiendo que el nudo de los nervios se me subía hasta las orejas. Estaba sola en esto. Miré a Amy, "apagada" sobre la mesa, y luego miré a Ryusei, que seguía comiendo su almuerzo en silencio, con la vista fija en su bandeja.

Me aclaré la garganta. Nada. Tosí un poco más fuerte, un sonido áspero y forzado, pero el muy sordo ni se inmutó; seguía concentrado en su bandeja de comida, masticando en soledad.

Miré la mesa. Amy seguía "muerta" a mi lado, sin mover un solo músculo. Mi vista se fijó en su recipiente de plástico abierto. Sin pensarlo dos veces, agarré uno de esos extraños bollos de semillas de girasol, calculé la trayectoria y se lo lancé al tonto nuevo.

El proyectil voló por el aire y le dio justo en la espalda con un golpe sordo.

Ryusei parpadeó, reaccionando con esa lentitud suya tan desesperante. Se giró despacio, buscando al culpable con cara de confusión, y sus ojos se encontraron directamente con los míos.

Sentí que la cara me ardía. Con una mano me apreté la rodilla por debajo de la mesa con todas mis fuerzas para controlar los nervios, y con la otra le hice un gesto seco y autoritario, indicándole que viniera a sentarse en el espacio libre al lado de Amy.

Él no dudó. Tomó su bandeja, se levantó con su postura impecable y caminó hacia nosotras. Al llegar al borde de la mesa, se detuvo en seco. Su mirada bajó hacia Amy, que seguía desparramada sobre la madera, inerte.

—¿Ella... está bien? —preguntó, con una preocupación genuina que me dio todavía más vergüenza.

¡Qué horrible! Todo este escenario era un desastre de proporciones épicas.

—Eh... sí. Ella es así. Se... desconectó —logré articular, frotándome la nuca. De la nada, una risa nerviosa se me escapó de los labios al darme cuenta de lo absurdamente surrealista que era toda la situación: la falsa muerta, el chico de catálogo golpeado por un bollo de girasol y yo, la anfitriona más torpe del mundo.

Ryusei me miró un segundo, pareció aceptar esa explicación sin hacer más preguntas, y se sentó por fin a nuestra mesa.

—Gracias, Hana —dijo, en voz muy baja, pero con una sinceridad que me desarmó.

Los segundos pasaron. Nadie hablaba. La tensión era tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Rompí el silencio tomando mi sándwich de mala gana y dándole un mordisco seco.

Frente a mí, el chico nuevo comía en silencio su almuerzo: una caja bento perfectamente organizada con tamagoyaki, arroz y vegetales que se veía deliciosa. Pero entonces, sacó un recipiente más pequeño, levantó la tapa y el olor me golpeó de inmediato, inundando mis sentidos con un recuerdo que me quemó la garganta.

—¿Quieres takoyaki? —me preguntó, ofreciéndome la cajita con esas bolitas de pulpo que yo odiaba con toda mi alma.

—No. No me gustan los pulpos —respondí, con la voz más áspera de lo que pretendía.

—Sí... a mí tampoco —confesó él, mirando el recipiente con resignación—. Pero mi madre insiste en mandarlos de todas formas.

La imagen de Haku devorando esos mismos takoyakis en mi cocina, las lágrimas camufladas por el ají picante, el abrazo en la terminal de autobuses... todo se me vino a la mente como una avalancha. ¿Por qué el muy idiota aún no me ha mandado ni un solo mensaje?

—Son asquerosos —dijimos los dos, exactamente al mismo tiempo.

Me quedé congelada. La sincronía fue tan perfecta que sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Me tapé la boca con ambas manos, sintiendo cómo el calor del sonrojo me subía hasta las orejas por haber coincidido con el intruso.

El me miró, sorprendido, y soltó una carcajada suave, genuina y torpe.

Y justo a mi lado, la supuesta "muerta" de Amy no pudo contenerse y soltó un ruidito de cerdito ahogado contra la mesa. ¡La muy traidora se estaba riendo de nosotros!

Agaché la cabeza rápidamente, evitando la mirada del chico, y di un sorbo larguísimo a mi jugo, intentando que el frío de la bebida apagara el incendio de mi cara y el nudo de mis pensamientos.

Él también se puso nervioso. Se le notó de inmediato en la forma en que los hombros se le tensaron. Buscando desesperadamente una vía de escape, y para disimular la tensión, se giró hacia el bulto inerte que tenía a su lado.




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