No te necesito, Imbécil.

Capítulo 15 - Punto de no retorno.

El timbre anunció el final de la jornada. Ryusei se puso de pie primero.

—Nos vemos en la biblioteca, Hana —me dijo, con esa formalidad suya tan estirada.

Al girarse para salir, su cadera chocó torpemente contra el respaldo de mi antigua silla. Se recompuso al instante, apretó la mandíbula y salió del salón caminando muy rápido, sin mirar atrás.

Yo bajé la cabeza, hundiendo la cara entre mis manos.

Amy se paró a mi lado y se colgó la mochila.

—Yo también me retiro a la base, Hana. Me avisas si notas algo raro o alguna interferencia indebida —dijo, dándose la vuelta.

Antes de que pudiera dar un paso, le agarré la muñeca con la fuerza de una tenaza. La miré con los ojos desorbitados, en modo de pánico total.

—Tú no vas a ningún lado —le ordené.

Amy soltó su risita nasal de cerdito, sin inmutarse. Ya no me tenía miedo.

—¡Por favor, Amy, ve tú! —le supliqué en un susurro desesperado, sacudiéndole el brazo—. Dile que me tuve que ir por una emergencia. ¡Dile que tengo amnesia selectiva y que no recuerdo nada por un golpe en la cabeza! ¡Inventa algo!

Amy se ajustó las gafas empujándolas por el puente de la nariz con el dedo índice, evaluándome críticamente.

—Negativo, Hana. La amnesia selectiva es inducida por trauma que generalmente ocurre como un mecanismo de defensa de la psiquis humana ante situaciones de estrés extremo, no por un simple traumatismo craneoencefálico. La excusa carece de viabilidad médica.

Me quedé helada. Me dio tanto terror preguntarle por qué demonios manejaba términos neurológicos con tanta naturalidad, que decidí ignorarlo por el bien de mi propia cordura. Me puse de pie y le agarré ambos hombros.

—Vamos, amigui... —intenté convencerla, forzando una sonrisa dulce y haciendo un gesto de ternura que en mi vida me había salido natural.

Por la expresión de horror absoluto que apareció en la cara de Amy, mi intento de ser adorable debió parecerse más a la sonrisa de un asesino en serie a punto de atacar.

—Hana... sé fuerte. Te irá bien —dijo Amy, zafándose de mi agarre con mucho cuidado, como si tratara con un animal salvaje—. Y acuérdate...

Volví a mi expresión habitual de "pocos amigos", sintiendo un alivio tonto al pensar que mi amiga conspiranoica me iba a dar un consejo táctico brillante para sobrevivir a este encuentro no deseado en territorio hostil.

—¿De qué me tengo que acordar? —pregunté, acercándome un poco.

Amy se inclinó, se ajustó las gafas y me susurró al oído con máxima seriedad:

—Si el sujeto acorta la distancia a menos de medio metro... o si detectas alguna fluctuación extraña en su comportamiento... quiero un reporte detallado de los hechos esta misma noche. No omitas ningún dato, por más "romántico" o insignificante que te parezca. Necesito actualizar mis archivos.

Me aparté de golpe, mirándola indignada. ¡Solo quería el maldito chisme!

Pero la muy traidora ya se había dado la media vuelta y salía casi saltando por la puerta, dejándome completamente sola y a merced de mi inminente condena académica en la biblioteca. Lo único que pude hacer fue ver cómo Amy desaparecía por el pasillo, dejándome a solas con mi miseria.

Solté un suspiro de derrota, me colgué la mochila al hombro y salí del salón. Al pisar el corredor principal, una ráfaga de viento helado se coló por las ventanas abiertas. El invierno ya estaba encima de nosotros. Me abracé a mí misma, frotándome los brazos, y empecé a caminar con una lentitud patética hacia la biblioteca.

Cada paso resonaba en mi cabeza. Cada baldosa del suelo era un recordatorio de que estaba a punto de encerrarme a solas con Ryusei. Al pasar por las puertas principales que daban a la calle, el impulso de arrancar a correr hacia mi casa, meterme bajo las mantas y encender la consola fue casi abrumador.

Pero tragué saliva, me obligué a tomar valor y giré hacia el pasillo este.

Al llegar a la biblioteca, empujé la puerta de cristal pesado. El olor a papel viejo y cera para pisos me recibió de inmediato. Y ahí estaba él.

Ryusei ya estaba sentado en una de las mesas apartadas del fondo. Había alineado sus libros, su estuche y sus apuntes en un orden casi milimétrico. Al escuchar la puerta, levantó la vista. Cuando me vio, sus facciones se relajaron en una sonrisa tímida, casi aliviada.

Le sostuve la mirada un segundo con mi mejor cara de póker, caminé hacia él y me senté enfrente, sin decir una sola palabra.

Ahí quedamos los dos, separados solo por la madera de la mesa, un cuaderno abierto y una hilera de lápices perfectamente ordenados. El silencio de la biblioteca era sepulcral. Treinta segundos enteros pasaron en los que ninguno movió un músculo.

Finalmente, él rompió el hielo.

—Grac... gracias, Hana —dijo en voz baja, aclarándose la garganta—. Por esto. Por todo. Sé que no quieres estar aquí.

Me tensé en la silla.

Él lo sabía. Este chico siempre lo sabe. Su capacidad para leer el ambiente y mis emociones me aterraba más que cualquier otra cosa. Si le daba un milímetro de ventaja, si dejaba que mi cerebro analizara que él me estaba agradeciendo algo que yo estaba haciendo casi obligada, mi coraza se iba a romper.

Antes de que pudiera pensar en algo más profundo o bajar mis defensas, ataqué primero.

—Te dije que vendría, así que aquí estoy —le solté con voz áspera, cruzándome de brazos y apoyándome en la mesa—. Vamos, rápido. ¿Qué necesitas entender? No tengo toda la tarde.

Ryusei parpadeó ante mi tono cortante, pero asintió rápidamente, como si ya estuviera acostumbrado a mis modos. Deslizó su cuaderno impecable hacia el centro de la mesa.

—Es el balanceo de ecuaciones por el método Redox —murmuró, señalando un bloque de letras y números que parecía haber sido borrado y reescrito al menos tres veces—. El profesor lo explicó hoy, pero me perdí en la parte de la transferencia de electrones y... ya no supe cómo seguir.




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