No te necesito, Imbécil.

Capítulo 16 - Necesito un abrazo.

Haku me seguía hablando por chat, contándome lo bien que se llevaba con su primo. Yo me quedé ahí, de pie en el pasillo de la biblioteca, respondiéndole de forma casi automática mientras el peso aplastante de mi mentira se asentaba en el fondo de mi estómago.

Hana: Entre idiotas se entienden. Oye, Haku, mi madre me está llamando para comer. Te dejo.

Él se despidió rápido, seguramente con alguna burla sobre mi apetito insaciable que ni siquiera me molesté en leer bien. Bloqueé la pantalla y hundí el teléfono en el fondo de mi bolsillo, como si así pudiera ocultar lo que acababa de hacer.

Me asomé por el borde de la estantería y miré al culpable de todos mis nuevos problemas.

Ryusei seguía ahí, con el ceño fruncido, concentrado exactamente en el ejercicio que le había dejado marcado. Se le veía tan pacífico, tan ajeno al drama. Estaba ahí sin saber (o tal vez sí) que acababa de empujarme a romper la promesa de honestidad más importante de mi vida.

Regresé a la mesa con una lentitud que me delataba.

notó mi presencia de inmediato. Levantó la vista y su rostro se iluminó con una sonrisa que no supe cómo clasificar.

—Mira, Hana... creo que ya lo entendí —dijo, girando el cuaderno hacia mí con evidente alivio—. No sé por qué me costaba tanto, en realidad era bastante lógico. Gracias, Hana. De verdad, esto me ayuda muchísimo.

Me quedé de pie, mirándolo desde arriba. Toda la tensión acumulada de los últimos diez minutos amenazaba con salir de mi boca en forma de grito. Tragué saliva, endurecí mis facciones y apoyé las manos sobre la mesa.

—Tenemos que hablar —le solté, con mi mejor voz de Generala.

Él no se inmutó. La sonrisa de alivio desapareció, pero no pareció sorprendido. Se separó un poco del borde de la mesa, dándome espacio. Me senté frente a él, cruzando los brazos sobre el pecho, dispuesta a exigirle que se buscara otra silla para el lunes.

Pero antes de que pudiera articular la primera sílaba de mi discurso territorial, él se me adelantó.

—Es por el dueño del asiento, ¿verdad? —preguntó en voz baja, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Por Haku.

—¿Qué...? —Me quedé ahí, congelada.

Me sentí desarmada de un segundo a otro. Yo solo quería gritarle, exigirle que desapareciera de mi espacio, pero no pude. Él lo sabía todo.

—Cómo... —fue lo único que logré articular.

—La verdad, Hana, fue muy fácil deducirlo —dijo con una sonrisa triste, bajando la voz—. Nadie cuida un asiento vacío con tanta fiereza como lo haces tú. Además... la forma en que miras el teléfono cuando no estás copiando. Y bueno, los comentarios crípticos de Amy tampoco ayudan mucho a mantener el secreto.

Mi corazón dejó de latir por un segundo. Él lo había notado todo.

—Pero no te preocupes —continuó, antes de que yo pudiera intentar defenderme—. Ya no te ocasionaré más problemas. El lunes buscaré otro asiento.

Un balde de agua helada me cayó encima. Me sentí increíblemente culpable, con el corazón encogiéndose hasta el tamaño de una nuez. Él lo sabía desde el principio. Tal vez por eso su nerviosismo constante, su torpeza desmedida en clases... era porque sabía que estaba invadiendo un territorio ajeno y sentía que me estaba haciendo daño con su sola presencia.

—Yo... no quería que esto pasara —le confesé, bajando por completo mi armadura de Generala, sintiéndome una basura—. Es que... él es muy posesivo. Y está pasando por un momento muy difícil ahora mismo. No quiero que se preocupe.

Ryusei asintió con una comprensión que me dolió.

—Lo entiendo, Hana. Tu novio debe estar muy preocupado por ti.

Novio. Novio. Novio.

La palabra me rebotó en la cabeza como una pelota de goma contra las paredes de mi cerebro. El sistema hizo cortocircuito.

—¡Él no es mi novio! —le grité sin pensarlo, subiendo el tono de voz más de lo debido en una biblioteca—. Solo es... un amigo. Uno muy desesperante, terco y orgulloso. Pero... esto no es tu culpa. O... bueno, sí lo es un poco, porque llegaste justo ahora que él no está para ocupar su espacio.

Soltó una pequeña risa nerviosa y se pasó la mano por la nuca.

—Lo siento de verdad. No quería complicar más las cosas. Creo que dos filas más atras hay un asiento libre... no me dejaron usarlo hoy, pero insistiré el lunes.

—Está bien... —murmuré, mordiéndome el labio—. Esos chicos... no son muy agradables.

Me sentí cien veces peor. Lo estaba enviando a sentarse en la zona de los pesados de la clase, el rincón donde nadie quería estar, solo para proteger la sombra de un chico que ni siquiera estaba en la ciudad. El nudo de culpa en mi estómago se apretó un poco más.

—Bueno... gracias por avisar —fue lo único que pude decir, bajando la vista.

—Al contrario, Hana. Gracias a ti por la Química —dijo él, recogiendo sus cuadernos y sus lápices perfectamente ordenados—. Y no te preocupes por el asiento. Ya no sabrás más de mí.

Me regaló una última sonrisa pequeña y amable, se colgó la mochila al hombro y salió de la biblioteca en completo silencio.

Lo vi cruzar las puertas de cristal y desaparecer por el pasillo. Y ahí, sentada en la mesa doble, con los ecos de mis mentiras y mi territorialidad flotando en el aire... nuevamente me quedé completamente sola.

Me quedé unos minutos congelada en la silla de la biblioteca, procesando todo lo que acababa de pasar. Cuando por fin reaccioné, vi la hora en mi reloj. Mierda. Tomé mi mochila de un tirón, me la colgué al hombro y partí corriendo hacia mi casa antes de que mi madre empezara a sospechar por qué me había demorado tanto sin tener a Haku para usarlo de excusa.

Al pasar por las rejas de la entrada del colegio, lo vi de reojo. Ryusei caminaba a paso lento por la acera de enfrente, con los hombros un poco caídos, en dirección contraria a mi ruta. Clavé la vista al frente de inmediato, acelerando el paso. Ya no me podía sentir peor conmigo misma, y ver su figura solitaria no ayudaba en nada.




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