No te necesito, Imbécil.

Capítulo 17 - No es mi problema.

Me senté en el suelo, apoyada contra los pies de la cama, y empecé a pasar las fotos de mala calidad en la pequeña pantalla de la cámara digital.

Siempre nos sacábamos fotos con este trasto viejo. Debía ser porque mi madre se la había regalado a Haku cuando era más pequeño, y él se negaba a dejar de usarla, aunque nuestros teléfonos tuvieran cámaras mil veces mejores.

Al pasar la cuarta o quinta imagen borrosa de nosotros dos haciendo caras estúpidas, me di cuenta de mi craso error. La pantalla se nubló. Me toqué la mejilla y descubrí que estaba llorando como una niña pequeña.

Ya habían pasado varios días desde que se fue y todo había sido un desastre. Bueno, él también era un problema, pero era mi problema. Yo sabía cómo manejarlo. Y si no sabía, simplemente le daba un golpe en el brazo y él se quedaba tranquilo.

—Debo recomponerme... —murmuré para la habitación vacía, limpiándome la cara con la manga de la sudadera—. Solo son unos días más. Un par de semanas. Puedo hacerlo.

Me sequé las últimas lágrimas rebeldes y dejé la cámara sobre la mesita de noche. Tenía que despejarme, o me iba a volver loca encerrada en esta casa. Tomé el celular que había ignorado hace un rato y, al desbloquearlo, la cascada de notificaciones de Amy me golpeó de frente.

Amy: ¿Cómo te fue con el sujeto?
Amy: Tengo anotadas algunas variantes tácticas que podrían ocurrir durante una tutoría a solas. Las podríamos analizar si me pasas el reporte de la misión.
Amy: ¿Hana, sigues en la frecuencia?
Amy: ... Amy: Lo siento mucho, Hana. Todo lo que pasó hoy fue culpa mía. No debí meterme en asuntos que no son de mi incumbencia con el guiño ni forzar la interacción. Seguramente estás súper enojada conmigo.
Amy: Soy una pésima amiga. Está bien si ya no me quieres hablar más.

Me reí un poco, sintiendo que la ternura torpe de Amy disolvía el nudo que tenía en el pecho. Sí, estaba un poco molesta; al fin y al cabo, ella solo me había causado vergüenza tras vergüenza durante todo el día, pero era mi amiga. Ya le daría una golpiza más adelante para cobrarme las deudas.

Hana: No seas tonta, Amy. No estoy enojada contigo. Solo... pasó algo en la biblioteca.

Amy: Me siento mucho más aliviada. No quiero perder a mi única amiga en esta galaxia por mis errores de cálculo social. Y si no me quieres contar lo que pasó, está bien. Respetaré tu privacidad.

Pasó exactamente un segundo. Ni uno más, ni uno menos.

Amy: Cuéntame.

Me eché a reír de nuevo. Esta chica era un caso perdido.

Hana: Ya, te contaré. ¡Pero no anotes nada en tu estúpida libreta amarilla!
Amy: Entendido. Sin registros escritos. Soy una tumba.

Me dejé caer en la cama y empecé a escribir. Le conté todo lo que había pasado en la biblioteca: el roce accidental, la cercanía asfixiante, el olor a suavizante de Ryusei contrastando con el de Haku, y la peor parte... mi descarada mentira por chat.

Le expliqué que, al final, el chico había entendido la situación, que aceptó cambiarse de puesto el lunes y que por fin me dejaría tranquila.

Durante mi largo descargo, Amy solo respondía con "ajá", "mmm", "interesante variante". Pasaron los minutos y, cuando finalmente terminé de soltar todo el peso que traía cargando, ella dio su veredicto.

Amy: Está complicado el escenario. Pero no te preocupes, ya mañana será un día diferente... Aunque el sector donde se sentará mañana está ocupado por sujetos con altos niveles de agresividad. Son bastante bruscos.

Sentí un pequeño pinchazo de culpa en el estómago, pero me obligué a sacudírmelo de encima.

Hana: No es mi problema, Amy. Él aceptó. Bueno... iré a buscar algo de comer y luego me acostaré.
Amy: Está bien, Generala. Nos vemos mañana.

Me reí al leer la pantalla. ¿Conque "Generala", eh? Se lo había copiado a Haku.

Me levanté de la cama y bajé a la cocina a buscar algo que engañara a mi estómago. Mientras calentaba algo de comida rápida, abrí el chat de Haku. Su último mensaje seguía ahí: una de sus pesadas quejas sobre su estado, seguida de un estúpido chiste que me hizo reír un poco.

Luego de eso... silencio absoluto.

No quería hablarle ahora. No quería enfrentarme a la culpa de mi mentira ni a la tristeza de su lejanía. Bloqueé la pantalla, me comí la cena en silencio y me fui directo a acostar, rogando que el martes en el colegio fuera un día verdaderamente aburrido.

Al día siguiente me levanté y me duché en tiempo récord. Bajé las escaleras en silencio. La casa se sentía inmensa y vacía. En el perchero de la entrada solo estaban la chaqueta y el bolso de mi madre; debía haber llegado de su turno tarde en la madrugada o hace apenas un par de horas. No quería molestarla ni hacer ruido. Ya era lo bastante grande como para arreglármelas sola.

Agarré un paquete de galletas de la alacena y salí rumbo al colegio, masticando de camino.

Justo cuando me acercaba a las rejas de la entrada, sentí una vibración en el bolsillo de mi sudadera. Saqué el teléfono. Era Amy.

Amy: El sujeto ya llegó. Está en posición. Tuvo algunos problemas, pero finalmente se sentó en el sector tres, con los chicos problemáticos. Situación inestable.

Guardé el teléfono y aceleré el paso sin darme cuenta. Me apresuré a cruzar los pasillos para ver si todo estaba bien, sin darle explicaciones a mi propio cerebro de por qué estaba agitada.

Al llegar a la puerta del salón, me detuve en seco.

Lo vi de inmediato. Estaba en el fondo, con los hombros encogidos sobre su cuaderno, intentando ocupar el menor espacio posible. Como si pudiera hacerse invisible a fuerza de buena postura y silencio.




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