Ryusei dejó su mochila en el suelo y se sentó en la silla frente a mí, en el antiguo lugar de Amy. Se giró a medias, con esa postura rígida que parecía dolerle en el cuello. Nos miró a las dos.
—Gracias —dijo en voz baja, mirándome primero a mí y luego a ella—. De verdad. A las dos.
Amy se quedó callada, un poco sonrojada. Me miró a mí y, acercándose, me susurró al oído con desesperación:
—¡Díselo tú, Hana!
La miré, enarcando una ceja, y la muy cobarde empezó a negar con las manos antes de esconderse tras su libreta amarilla. Suspiré. Si alguien tenía que poner las reglas sobre la mesa, esa era yo.
—Está bien, chico nuevo. Escúchame bien —le advertí, cruzándome de brazos—. Por ahora estás a salvo. Pero en cuanto vuelva Haku, tendrás que salir de ahí de inmediato, y te juro que entonces ya no serás mi problema.
Ryusei me sostuvo la mirada, asintió en silencio y se giró hacia el frente.
Nos quedamos todo el recreo en un silencio denso. Amy intentaba hablarme haciendo ruiditos o señas con la libreta, pero no podía articular palabra por los nervios, y yo simplemente decidí ignorarla cruzándome de brazos. Este par de tontos me va a volver loca, pensé.
Al iniciar la siguiente clase, el efecto de mi grito funcionó mejor que cualquier amenaza de suspensión. Los idiotas del fondo ni siquiera miraron en nuestra dirección. Si alguno se atrevía a girar la cabeza buscando problemas, se topaba de frente con mi mirada de asesina a sueldo y volvía a concentrarse en la pizarra como por arte de magia.
Al estar sentada justo detrás de él, noté cómo empezó a respirar con más normalidad. Sus hombros perdieron esa rigidez de maniquí de vitrina. Seguía siendo un desastre ansioso —ya se le había caído la goma y el lápiz un par de veces, y yo solo me limitaba a pateárselos más cerca para que los recogiera—, pero esta vez nadie en el salón soltó ni una sola risita.
Estaba a salvo. Al menos por ahora.
Cuando por fin sonó la campana del almuerzo, mi estómago rugió, exigiendo comida de verdad. Me acordé de golpe que solo había traído un patético paquete de galletas para pasar el día, y al recordar la mezcla de semillas y algas de Amy, me dio un escalofrío de terror gastronómico.
Empecé a guardar mis cosas. Amy ya tenía su mochila lista y su recipiente de Combustible de Resistencia apretado contra el pecho. Ryusei también guardó sus útiles con su habitual orden milimétrico, pero se quedó de pie junto a su pupitre, aferrando las correas de su mochila. Nos miraba con esa expresión de cachorro perdido que no sabe si tiene permiso para seguir a la manada.
Solté un suspiro exasperado, rodando los ojos.
—¿Qué esperas? —le pregunté, colgándome la mochila al hombro y pasando por su lado sin detenerme—. ¿Una invitación formal escrita en una carta sellada? Camina. En la mesa del patio hay más espacio para que se te caigan las cosas.
Los ojos se le iluminaron de una forma casi patética.
—Sí. Voy.
Y así, flanqueada por la Agente de las Conspiraciones a mi izquierda y el Desastre del Este a mi derecha, salí del salón rumbo al patio, sintiendo que mi vida se había convertido oficialmente en un circo que yo ya no controlaba.
Al llegar a nuestra mesa en el patio, Amy se sentó tan pegada a mí que casi estábamos compartiendo el mismo oxígeno. Ryusei se sentó enfrente, colocando su almuerzo sobre la madera con su habitual pulcritud. Yo le daba discretos empujones a Amy con el codo para que me diera espacio, pero ella estaba tan nerviosa que parecía haberse atornillado a mi costado.
Saqué mi triste paquete de galletas y empecé a comérmelo de un solo bocado. No me duró ni treinta segundos.
Me quedé mirando a la nada, con el estómago exigiéndome comida de verdad, hasta que mi mirada empezó a desviarse peligrosamente hacia el panecillo con semillas de girasol de Amy. De repente, ya no me parecía tan asqueroso. De hecho, se estaba empezando a ver sospechosamente apetitoso.
Amy estaba concentrada masticando su mezcla vegana cuando se inclinó y me susurró al oído.
—¿Solo vas a comer esas galletas?
—Sí, Amy. No tengo mucha hambre —mentí de forma descarada—. Y por favor, deja de hablarme en el oído, que me pones nerviosa.
Amy y su nula empatía social ni se percataron de que me estaba muriendo de inanición, así que simplemente asintió y siguió comiendo. Estaba a punto de rendirme y pedirle un pedazo de ese pan con alpiste, cuando me giré hacia el frente.
Ryusei me estaba ofreciendo un pequeño tupper transparente.
El olor me golpeó de inmediato. Era la mitad exacta de su almuerzo: un par de porciones gruesas de Katsu Sando —un sándwich de cerdo empanizado que se veía jugoso y perfecto— acompañadas de una pequeña ensalada.
Mi estómago gruñó con una fuerza traicionera que hizo eco en toda la mesa.
—Toma, Hana —dijo él, empujando el recipiente hacia mí con una pequeña sonrisa—. Por todas las molestias que te he ocasionado hoy.
Me quedé mirando el cerdo empanizado como si fuera el Santo Grial. El orgullo me decía que lo rechazara, que le dijera que no necesitaba su caridad. Pero el gruñido de mi estómago fue mucho más convincente.
Lo acepté sin decir una sola palabra, agarrando el recipiente con rapidez antes de que se arrepintiera. Me devolvió una sonrisa suave y satisfecha, y volvió a concentrarse en la otra mitad de su comida.
Por primera vez desde que lo conocí, no me importó que fuera tan ordenado. Si ese orden venía con comida así de buena, tal vez sobrevivir a esta tutoría no iba a ser tan miserable después de todo.
Miré a Amy y luego a Ryusei. En ese momento estábamos los tres comiendo en absoluto silencio. Era raro. Todo esto era muy raro.
Hacía apenas una semana y media que Haku se había ido, dejando un cráter de ansiedad en mi vida, y ahora, de repente, tenía una amiga oficial y un tipo sentado enfrente que me ofrecía comida en vez de robármela. Un tipo al que no tenía que golpear cada cinco minutos para que se quedara quieto.
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Editado: 31.07.2026