No te necesito, Imbécil.

Capítulo 19 - Amy.

La risa se apagó lentamente, dejando un ambiente mucho más ligero en la mesa. Mordí otro pedazo del sándwich que él me había regalado, masticando despacio, hasta que la curiosidad me ganó.

—Oye, y por qué ese estúpido nombre... o sea, Ryusei —le solté de la nada—. Me da curiosidad.

Él se echó a reír. Se veía muy cómodo, relajado, como si mis preguntas bruscas no fueran nada nuevo para él.

—Ese nombre es bastante popular, Hana. Significa "estrella fugaz".

—No lo había escuchado en mi vida —respondí, encogiéndome de hombros.

—Bueno... mis amigos me dicen Ryu —aclaró él, restándole importancia con un gesto de la mano—. Es más corto y más normal.

Entrecerré los ojos, escaneando el patio vacío a nuestro alrededor con una lentitud exagerada.

—¿Qué amigos? —le pregunté, clavándole una mirada cortante.

A mi lado, sentí cómo la mano de Amy se cerraba sobre mi brazo como una garra, dándome un apretón silencioso que gritaba "¡Cállate, lo estás asustando!". La ignoré por completo.

Ryu se quedó congelado con la comida a medio camino de la boca. Se dio cuenta de inmediato de que lo que acababa de decir era estúpido; aquí no tenía a nadie que lo llamara de ninguna forma.

—Es verdad, Hana —admitió, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo antes de darle un pequeño bocado a su sándwich para ganar tiempo—. Bueno... ustedes me pueden decir así.

Me quedé mirándolo. Pudo haberse ofendido o haber inventado una mentira sobre los amigos que dejó atrás, pero simplemente aceptó su realidad y nos ofreció el apodo.

Suspiré, rindiéndome ante su estúpida amabilidad.

—Es mejor así —concedí finalmente, dándole otro mordisco al katsu sando que él me había dado—. "Ryu". Es menos agotador de pronunciar.

Nos quedamos en silencio otra vez. Ya no sabía qué más decir, pero, extrañamente, tampoco teníamos que decir mucho más. El ruido del viento y el murmullo lejano de otros estudiantes llenaron el hueco en nuestra mesa. Me crucé de brazos, todavía masticando, y me di cuenta de algo que me descolocó por completo: me sentía acompañada.

Luego de un rato de masticar en silencio, Ryu nos apuntó con su sándwich.

—Y ustedes... ¿siempre han sido amigas? Se ven inseparables —preguntó, intentando mantener la conversación viva.

Me di cuenta de la apertura. Estaba intentando conversar, integrarse.

—Desde hace una semana y media, solamente —respondí rápido, apoyando los codos en la mesa y acercándome hacia él con curiosidad—. ¿Y tú, Ryu? ¿Por qué te cambiaste de ciudad? ¿Por qué te transfirieron a esta escuela exactamente? ¿Hace cuánto tiempo llegaste?

Ryu se echó hacia atrás, pegando la espalda al asiento. Parpadeó un par de veces, visiblemente abrumado. No sabía por qué reaccionaba así; para mí eran preguntas completamente normales, aunque supongo que la intensidad de mi cara y el tono de interrogatorio policial no ayudaban mucho a relajar el ambiente.

Ryu abrió la boca, justo cuando iba a responderme...

—¿Sabes, Hana? ¡Mi madre te quiere conocer! —soltó Amy de la nada, poniéndose de pie y tocándome el hombro con firmeza para cortar en seco mi momento de locura interrogativa.

Me giré hacia Amy, frustrada por la interrupción. Pero al hacerlo, vi de reojo cómo Ryu bajaba los hombros de golpe y soltaba un suspiro profundo, silencioso y lleno de alivio. Evitó mi mirada, concentrándose de repente en cerrar su tupper. Escondía algo, y acababan de salvarlo por la campana.

—¿De verdad, Amy? —le pregunté a mi amiga, olvidándome del chico por un segundo.

—¡Sí, sí! —asintió Amy con rapidez—. O sea, si tú quieres, claro.

—Mi mamá ayer me dijo que te quería conocer también —le confesé, recordando la charla de anoche.

Amy se inclinó sobre la mesa, mirándome con esos ojos enormes que se veían absurdamente adorables detrás de sus gruesos lentes.

—¡¿De verdad, Hana?! ¡No me mientas!

—Sí, es verdad. Podemos pasar por tu casa hoy a la salida, y mañana a la mía.

—¡Sí, sí, sí! ¡Estoy emocionada! —Amy dio un pequeño saltito en su lugar, aferrando su mochila con fuerza.

—Yo igual, Amy —le sonreí de verdad, sintiendo que esa pequeña chispa de emoción me distraía del misterioso suspiro de Ryu y, aún mejor, del fantasma del idiota de Haku.

Cuando el timbre marcó el fin del almuerzo, volvimos a clases. El resto del día, Amy no dejaba de mirarme de reojo con una emoción que le brillaba detrás de las gafas. Se acercaba tanto a mi brazo que tenía que empujarla con el codo cada cinco minutos para que no me dejara sin oxígeno.

Ryusei, por su parte, caminaba a nuestro lado por los pasillos con su tranquilidad habitual. Al llegar al salón, cada uno tomó su nuevo puesto y la tarde fluyó dentro de una "normalidad" que todavía se me hacía extraña, pero que ya no me daba asco.

Finalmente sonó la campana de salida.

—Bueno, le avisaré a mi madre que iré a tu casa un rato —le dije a Amy mientras guardaba mis cosas en la mochila de un tirón.

—¡Sí, sí, sí! Yo igual le avisaré a la mía para que inicie los preparativos de recepción —respondió ella, tecleando furiosamente en su teléfono.

Salimos del instituto caminando los tres juntos. Ryusei nos acompañó en silencio hasta que llegamos a la bifurcación principal de la calle. Se detuvo, se ajustó la mochila y nos dedicó una pequeña sonrisa a modo de despedida.

—Nos vemos mañana —dijo suavemente.

Amy le hizo un saludo militar con dos dedos, y yo simplemente gesticulé algo vago con la mano que apenas pareció un saludo antes de darme la vuelta. Él pareció darse por satisfecho con eso y siguió su camino en dirección contraria.

Me quedé mirando su espalda un segundo. No sabía qué era exactamente lo que estaba mirando. Solo que tenía el ceño fruncido y no recordaba haberlo puesto así. La voz de Amy me sacó del trance antes de que pudiera darle nombre.

—Mi base de operaciones está cerca del parque —anunció, señalando hacia el sur—. Ruta despejada.




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